miércoles, 6 de enero de 2010

El caballero de la Rosa: la mascarada vienesa

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 8 de enero, 2010.


(Escena de El caballero de la Rosa). Mi querido Hipólito, ¡mira cómo me has dejado, ahora me veo más vieja! —le dice la Mariscala a su peinador, antes de quedarse sola y ver cómo sale caminando el Barón Ochs, un macho chauvinista por excelencia, vanidoso y presumido que de tanto abarcar poco aprieta, quien cree tener el derecho de poseer a todo lo que se mueva y use falda. Nostálgica Maria Teresa, nos canta cuando ella también era jovencita, cuando recién salió del convento sólo para marchar rumbo al matrimonio... ¿Dónde está? ¡Hay que buscarla entre las penas del año pasado! ... Ha pasado tanto tiempo que me he convertido en una vieja: ‘Miren —dice ahora la gente— ¡ahí va Resi, la vieja princesa!’ ¿Cómo es que pasó esto? No lo sé, pero yo me siento la misma, pero y si así fuese, ¿qué estoy haciendo aquí, ahora, recordando y viendo todo esto tan claro? Es un misterio, sí, es un misterio por el que vivimos para descubrirlo... sí, pero, ¿”cómo” descubrirlo? —esa es la diferencia.

Y con estas reflexiones de María Teresa, la Mariscala (Renée Fleming, soprano) esboza los dos temas de El caballero de la Rosa (1910) de Richard Strauss (1864-1949) que este sábado a las 12:00 horas pasarán en vivo y en directo desde el Metropolitan Opera House en la pantalla del Auditorio Nacional de la ciudad de México y en la del Teatro Diana de Guadalajara, entre otras ciudades del mundo.

La Mariscala amanece con su amante, el joven Octavian (Susan Graham, soprano), conde de Rofrano, Quinquin como él le dice de cariño y a ella le dice Bichette en la intimidad. Cuando entra en la recámara el Barón Ochs (Kristinn Sigmundsson, bajo), el joven Octavian mejor se disfraza como Mariandel, la recamarera, para que siga la comedia o mascarada vienesa, ambientada en el XVIII, pero que la vemos desde la perspectiva del XX, pues no hay censura con la infidelidad de la Mariscala ni porque tenga a un amante, ni la hay con el sarcasmo y la brutalidad del Barón Ochs que viene para casarse con Sofía Faninal (Christine Schäfer, soprano), la hija de un nuevo rico, sin que por eso deje de tirarle a todo lo que se mueva con falda.

El día que Octavio le lleva a Sofía la Rosa de plata, como símbolo, rito y ceremonia que sellaría el compromiso, los jóvenes se enamoran, pues ¿quién que haya amado, no lo ha hecho a primera vista? —como decía Rosalinda en otra comedia.

Der Rosenkavalier combina varios temas, opuestos y complementarios: la farsa y los enredos del Barón, con la nostalgia y el paso del tiempo de María Teresa; la pasión de los amantes y los deberes y obligaciones de la Princesa, o el vulgar humor del lujurioso y primario Barón de Ochs, con el elegante pensamiento de la Mariscala, su feminidad, refinamiento, inteligencia y madurez.

Todo esto, sucede sin que desaparezca la sensación de soledad que puede haber entre los amantes, como lo escribió Sabines a pesar de que él no lo sabía de cierto, pero suponía que una mujer y un hombre se van quedando solos, poco a poco, cuando un día se quieren.

El libreto es de Hugo von Hofmannsthal y del mismo Strauss que evocan la obra plástica de Marriage à-la-mode de William Hogart. Cuando se estrenó en 1910 el público estaba escandalizado, no tanto por el inicio de la obra con los dos amantes en la alcoba de la Mariscala después de hacer el amor toda la noche, sino por el papel del amante Octavio que lo hace una mujer y, por eso, la escena nos confunde un poco por ser entre dos mujeres en la cama un poco más ambigua, pues, en realidad, sabemos, que se trata de una mujer que se disfraza de conde, para volver a disfrazarse de recamarera muy al estilo de las comedias isabelinas.