lunes, 25 de enero de 2010

El piano es mi universo: Chopin

Día Siete, Cuarto de Estudio, No. 491 del domingo 24 de enero, 2010.

El invierno de 1810 fue tremendo, como el que ahora se sufre en Europa y, en especial en Varsovia, Polonia, pero en ese entonces Nicolás Chopin consideró la situación y sabiendo que su esposa era una mujer muy saludable —tenía razón, viviría hasta pasados los ochenta años—, decidió que no habría ningún problema si daba a luz en el campo, en Mazovia, que estaba a unos 60 km. de Varsovia, en una pequeña finca propiedad del conde Skarbek, parte del Gran Ducado de Varsovia.

Para el viernes 1º de marzo de 1810, salía del vientre un niño que tomó la partera de las patas, lo colocó bocabajo y así dio su primer berrido, vaya usted a saber en qué tono, sobretodo después de recibir una nalgada bien dada como le hacen las parteras para que expulsara lo que le estorbaba en las vías respiratorias y empezara a funcionar en la vida.

Para el 23 de abril, el abate Duchnowski de la iglesia de Brochow, lo bautizaría como Federico Chopin, mientras la condesa Skarbek, su madrina, le sostenía la cabecita para que corriera un poco del agua fría bautismal sobre su frente, mientras que pronunciaba sus abluciones.

Polonia estaba en peligro. Dos años después, en 1812, Napoleón le había declarado la guerra al zar Alejandro I de Rusia y los polacos, entre otras cosas, creyeron que esa sería una gran oportunidad para volver a ser libres e independientes. Nada. Gracias al carisma que tenía el emperador francés, logró embaucar a más de cien mil polacos para que formaran una brigada bajo las órdenes del capitán José Poniatowski, antes de lanzarlos al combate en las heladas regiones de Smolensk, Borodino y Berzina. Los polacos vieran caer a sus batallones, uno tras otro, junto con la brutal derrota de Napoleón y los rusos volvieron a ocupar Varsovia. Les había salido el tiro por la culta y el 26 de septiembre de 1812, Polonia sufrió, por cuarta ocasión, una nueva división: el antiguo ducado de Varsovia lo habían recortado y quedaba en manos de los rusos; Cracovia era una ciudad libre y, por otra parte, se constituiría una Polonia austriaca y otra prusiana.

Alrededor de la cuna de Federico sus padres tarareaban la polonesa, esa danza como si fuera el himno nacional y, por eso, años después, no nos asombraríamos al ver cómo el músico convertiría esta melodía en una de sus obras inolvidables, como si volviera a escuchar las canciones de cuna a los que le agregaba los deseos de poder desquitarse un día de esos.

Siempre me he preguntado ¿cómo es posible descubrir y respetar a un niño que tenga talento para la música? He conocido algunos que muestran un talento especial y en cada ocasión me brinca el corazón de gusto, como me brincaba cuando era editor de libros de literatura mexicana y cada vez que recibía un manuscrito, me pasaba los mismo pues me imaginaba que a lo mejor tenía entre mis manos a un futuro Premio Nobel.

Los padres de Chopin supieron qué hacer con ese niño dotado y desde que tenía siete años le pusieron al maestro Adalberto Ziwini para que estudiara piano por lo menos tres horas diarias. Ahí se la pasaba feliz, sentadito en el banco tocando —como podía— las Sonatinas de Mozart o los Preludios y fugas de Bach. Fricek, como le decían sus hermanas, se encontraba a sus anchas y nunca olvidaría —bendita memoria—, a ese maestro que fue quien cimentó la columna vertebral de su genialidad.

Ningún músico ha recibido una educación tan refinada como Federico Chopin y por eso, la imagen de este joven como un príncipe se justifica, aunque no dejó de ser un niño de naturaleza impulsiva, amante de las farsas que se reía sin motivos y hacía bromas con sus hermanas Luisa, Isabel y Emilia que lo trataban con cierta consideración, pues sabían de sus dotes que, en cualquier momento, sin mayores trámites, les demostraba encantado de la vida.

Pianista nato, superó con facilidad las dificultades del teclado y su memoria musical no lo traicionaría jamás, como tampoco lo haría su obsesión inventiva que le permitió ofrecer piezas de su propia creación como la Polonesa que le dedicó a la joven condesa Victoria Skarbek, la hija de su madrina de bautizo.

El maestro Ziwni dejó de darle clases cuando su alumno tenía doce años de edad: ¡ya no tengo nada que enseñarle! —decía su maestro mientras suspiraba y reía. Chopin no volvió a tener otro maestro, pues, como recordaba con cariño a su maestro, decía que él le había enseñado todo.

La primera de las piezas que ha llegado hasta nosotros es la Polonesa en la bemol mayor escrita en 1821. ¿Cómo podemos juzgar esta pieza? Bueno, pues como podemos imaginarnos que es la obra de un niño de 11 años pero, en donde encontramos una redacción con un sentido natural en sus proporciones, como las que tendrá su obra después, durante toda su vida, escrita con un instinto que demuestra la seguridad que tenía frente a la armonía. Desde esa primera pieza, parece que las bases estaban puestas en su lugar y los cimientos listos para resistir la construcción de una obra genial, gracias a la obsesión que le tuvo al piano.

El piano es mi universo —decía—, pero ese universo estaba en expansión y lo estaba de tal manera que, poco a poco, se salió de sus límites y su horizonte se fue ampliando a la medida de sus sueños. Bien podemos pensar que es el primero de los compositores del piano moderno y el parteaguas —entre el antes y el después— de ese instrumento, pues trabajó todos los días de su vida hasta el de su muerte sobre el teclado tratando de descubrir los misterios y queriendo que sonara como él quería para que, de alguna manera, pudiera expresar sus emociones, deseos, angustias, placeres y amores.

La música de Chopin tienen un trazo personal que le da vida propia, además de tener destino. Es original y, lo más importante es que inventa un lenguaje que fluye desde su interior, como si cantara y, cantando, nos describiera las emociones —como los gestos que expresan sus sentimientos.

Su música tiene esencia y flota entre sus ritmos y entre el color de sus armonías: es posible que no exista en el mundo una música tan nueva y satisfactoria como ésta —decía Bernard Gavoty—, no hay música más audaz que propague un universo tan sensible y punzante. No hay música que haya sido traducida por medios tan puros y, por eso, se le considera un representante del romanticismo con el rigor de los clásicos.

Sin duda, la mejor manera de celebrar el bicentenario de su nacimiento es escuchando su música y experimentando, en primera persona, esa flotación de los sentimientos si nos dejamos llevar por un momento por el universo de su invención.