La mascarada vienesa

El Informador, jueves 7 de enero, 2010.


(Los amantes amanecen después de estar una noche juntos: La Mariscala, Renée Fleming y Octavian, Susan Graham) Tal como propone Nancy J. Adler de la Universidad de McGill en Canadá en su ensayo sobre Arte y Liderazgo que ya es tiempo para que haya una doble fertilización entre el liderazgo y las artes, les propongo que este próximo sábado disfruten de la producción del Metropolitan Opera House cuando van a transmitir El caballero de las Rosa (1910) de Richard Strauss (1854-1949) en vivo y en directo desde el MET de Nueva York en la pantalla HD del Teatro Diana en Guadalajara y del Auditorio Nacional en la ciudad de México, entre otras ciudades del mundo.

Tal vez en esta obra podamos observar los contrastes que existen en esta vida, evaluar los temas opuestos y complementarios como se presentan en esta mascarada vienesa, entre la farsa y los enredos del Barón Ochs (Kristinn Sigmundsson, bajo) y la nostalgia por el silencioso paso del tiempo que experimenta Maria Teresa, la Mariscala (Renée Fleming, soprano) entre la pasión con su joven amante y el ejercicio de sus deberes y obligaciones.

El Barón es un macho chauvinista de los que todavía abundan en este mundo que visita a su pariente la Mariscala para seleccionar al caballero que lleve la Rosa de plata para cumplir con ese ritual y ceremonia equivalente a la pedida de mano de su reciente prometida Sofía Faninal (Cristine Schäfer, soprano), hija de un nuevo rico vienés.

Cuando llega a la recámara de la Mariscala donde los amantes han pasado la noche juntos, Octavian (Susan Graham, soprano), el joven amante de la Mariscala, decide disfrazarse como Mariandel, la recamarera. El Barón intenta seducirla, como buen chauvinista o como esos políticos encumbrados en el poder que cantan cuando encuentran una piedra en el camino, pero que, de todas maneras “siguen siendo el rey.” En contraste con este macho, vemos la elegancia de pensamiento y la soledad de la Mariscala, prácticamente abandonada por un marido, ausente en escena, pero presente como fantasma.

Para complicarnos un poco más con los símbolos, Strauss decidió que el amante de la Mariscala fuese una soprano que, por supuesto, sale disfrazado de joven que, a su vez, se disfraza de sirvienta —como en las comedias isabelinas— y, para colmo, la obra empieza con los dos amantes —ellos o ellas, según se vea— en la cama, después de haber pasado la noche juntos.

Entre el que se siente que es el rey y el silencioso paso del tiempo, hay momentos de melancolía —como en el final, casi eterno, de dúos y tríos—, que nos hace reflexionar sobre el trote del tiempo y el vacío que queda cuando los amantes dejan de serlo ya sea porque no se soportan la culpa o porque naturalmente el joven se empata con una jovencita para procrear, tal como lo descubre Darwin.

La producción de cuatro horas nos permite revivir el paso del tiempo y cómo tratamos de aferrarnos a la nada, viendo cómo se escapa y se desvanece la vida como las sombras o los sueños y, aunque nos duela, transferir el amor a quien corresponde.