La Utopía frente al desastre

El Informador, martes 19 de enero, 2010.


(Venencia, óleo de Turner No cabe la menor duda que el hombre echa a andar ciertos mecanismo de defensa frente al desastre para librar, con la imaginación, la brutalidad del terrible azar del que podemos ser víctimas, pues ¿quién resiste los embates del destino, quién los ultrajes y los desdenes del mundo, o la injuria del opresor, la afrenta del soberbio, las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones del paciente meritorio por un hombre indigno?, como se preguntaba el príncipe de Dinamarca.

Mejor crear un mundo hipotético, como lo hizo Tomás Moro en el XVI, cuando estuvo en Amberes y pudo platicar largo y tendido con el Cardenal Morton sobre las causas de la miseria y el crimen, la administración de la justicia y las ventajas de los diferentes sistemas de gobierno para, con esas ideas, empezar a escribir su Utopía.

Frente a la tragedia de Haití, impotentes, vemos los efectos en una sociedad primitiva y poco civilizada, la más pobre de toda la región que ha estado en manos de unos gorilas, más que gobernadores, en donde más que cooperar —como en México en el 85—, la gente se queda impávida, papando moscas, atacando con violencia aquello que haya a los alrededores.

Mejor imaginar la ciudad de esa Utopía —es decir, donde no hay tal lugar—, en donde nos dice Moro que se parecen unas a otras, si es que la naturaleza lo permite, como esa de Amauroto, la más digna de todas las ciudades que conoce, porque ahí se reúne la Asamblea y ahí vivió cuando el jefe de Gobierno era Ademo —es decir, el sin pueblo.

Vamos reconociendo los parecidos entre una y otra ciudad, como esta que se extiende hasta el río Anhidro —es decir, el sin agua—, como sucede en estos rumbos.

La Utopía parece una broma pero es, al mismo tiempo, una obra genial y disparatada, como pensaba John Ruskin de esas ideas cuerdas y sensatas, donde la sabiduría de Moro parece que se transforma en locura y desatino.

El cielo fue la primera de las utopías que concibió el hombre —dice Felipe Fernández-Armesto en el TLS sobre La Utopía de Tomás Moro, al inicio de la Europa modernay, como todas las utopías, es lúgubre hasta para el más tímido de los pecadores.

Qué aburrido será no tener nada que hacer, excepto contemplar y adorar por tiempo indefinido y, para los recién llegados, la música de la arpas los van a hartar, pues desearían escuchar a las bandas de «rap».

Es más fácil creer en el purgatorio —dice—, pues nadie estará a tono el día de su muerte como para pasar directo y sin escalas al cielo. Tal vez por eso Satanás se escapó, pues, como las utopías de Moro, la del cielo es, en el mejor de los casos, aburrida y empalagosa sin dejar de ser una tiranía donde sólo escucharemos la monótona armonía de las cadenas de la conformidad.