Otro Sherlock Holmes y otro Watson

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 29 de enero, 2010.

(Robert Downey Jr. como Holmes). Así como Sir Arthur Conan Doyle (1859–1930) revivió a Sherlock Holmes después de haberlo desbarrancado por un precipicio sin testigos oculares y sin que hubiese manera de rescatar su cadáver, tuvo que resucitarlo porque se quejaron los millones de lectores que no aceptaron su muerte —así era la popularidad del detective—, para que lo volviéramos a ver en acción a este hombre elegante, enjuto y seco, de rostro aguileño con una tonalidad mortecina, con lo que uno se daba cuenta que su vida era poco propicia para mantener una buena salud, pero que seguía dominando el razonamiento deductivo y la observación detallada, como era Joseph Bell, el profesor de la Universidad que le sirvió de modelo original.

Por eso, no entiendo varias cosas: uno, por qué los productores del nuevo film de Holmes lo presentan como una persona tan diferente al original y, dos, por qué ese Londres donde ahora se mueven es tan gótico como ciudad azolada por la maldad en el ámbito de Batman o, en su caso, en el segundo piso del periférico en la ciudad de México—, y tres, por qué nos muestran a dos hombres de acción (Robert Downey Jr., como Holmes con un Globo de Oro y Jude Law, como Watson, con este actor que, hace poco, hacía Hamlet en Broadway) que, efectivamente, dominan el baritsu —como lo confesó el resucitado Holmes—, pero que ahora pelea full-contact por placer o por dinero y aplica toda clase de artes marciales, en una película de pura acción y docenas de efectos especiales de sonido.

Doyle lo resucita en La reaparición de Sherlock Holmes y, tal parece que los actuales productores lo hicieron a su manera, sin respetar la personalidad elemental del original, tal vez pensando en las nuevas generaciones que desean la acción en la pantalla y no el pausado caminar de las tramas y alternativas de este excéntrico y reflexivo detective.

Es posible que siga una segunda y tercera parte de este nuevo Holmes, pues quedó pendiente la posibilidad de apresar al malvado Moriarty que, como vimos al final, se escapó con uno de los secretos de la máquina destructora, gracias a la asistente Irene Adler, la doble agente, que anda entre el bien de Holmes y el mal de Moriarty.

En cualquier momento, el extraño y misógino Holmes seguirá la pista de Moriarty y su amigo, el querido doctor Watson, que pronto se aburre de ejercer la medicina familiar, regresará de su luna de miel para seguir compartiendo las aventuras con su amigo, aunque el precio sea el de abandonar la cama calientota, donde duerme una bella inglesa.

En la reaparición de Holmes, Doyle nos narra la caída de Moriarty por el precipicio y como los nuevos productores conocen este final, tal vez sólo esperan recuperar su inversión para continuar con estas aventuras:

—No Watson, no caí al precipicio —le cuenta Holmes a su amigo Watson cuando reaparece—, la carta que dejé era auténtica... Cuanto descubrí la figura siniestra del difunto profesor Moriarty, estando de pie en el estrecho sendero que me condujo a mi salvación, leí en sus ojos su determinación inexorable conseguí su permiso para escribir la breve carta que más tarde recibió usted antes de avanzar por el sendero. Moriarty me siguió y no sacó arma alguna, sino que se abalanzó contra mí, intentando agarrarme. Él sabía que su carrera había terminado y sólo quería vengarse de mí. Nos tambaleamos agarrados el uno al otro, al borde de la catarata, el conocimiento del baritsu me fue de mucha utilidad y el profesor sólo dejó escapar un horrible alarido, pataleó durante unos segundos locamente, y se aferró con ambas manos en el aire, sin poder equilibrarse para caer por el precipicio.

Pero esto queda pendiente y los productores tendrán la retroalimentación de los lectores de Doyle hasta llegar a este punto.