Los fantasmas de Ugarte en la Casa Barragán

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 5 de febrero, 2010.



(Taller en la Casa Barragán) Hace una década conocí la obra de Francisco Ugarte (1973-) en la Galería de Arte de Enrique Guerrero de la ciudad de México y, desde entonces, cada vez que hace algo estoy seguro que me vuelve a sorprender, como ahora que ha intervenido la Casa Luis Barragán.

En aquella ocasión me equivoqué de todas, todas, con la obra que ocupaba un muro de tres metros de ancho por cinco de altura, con unos cuadros de colores tenues. Era una composición abstracta y el título era algo como: Madona con el niño de Boticcelli. Después de leerlo, solté la carcajada, pues cualquiera podría llamarle a eso como se le antojara, total, los cuadritos de colores, podían ser de una madona o cualquier otra cosa o persona.

Al rato llegó Francisco con sus veintiocho años de edad y me explicó, con calma y la modestia de los buenos artistas, para aclararme que se trataba de una foto digital de la Madona con el niño de Boticelli, a la que simplemente la había amplificado para que ocupara el muro, así que, los cuadritos eran los pixeles gigantes. El factor sorpresa y la realidad convertida en arte abstracto: los pixeles guardaban en su seno, de alguna manera, a la Madona cargando a su hijo.

Ahora ha intervenido la Casa Luis Barragán (Gral. Fco. Ramírez 14, Col. Ampliación Daniel Garza, 5515-4908) bajo la curadoría de Viviana Kuri que nos explica cómo de un tajo desvanece la carga emocional y física de los contenidos de la casa y ahora es otro lugar, pero, al mismo tiempo, es el lugar profundo que subyace detrás de las apariencias inmediatas.

¿Cómo podríamos cambiar los objetos reales para convertirlos en fantasmas? ¿De qué manera podríamos maquillar al padre de Hamlet o al Invitado de Piedra de Don Giovanni en la obra de Mozart?

Una posibilidad es hacerlo con una varita mágica y después de hacer los conjuros necesarios, que queden pálidos como los muertos una vez que les deja de circular la sangre roja que nos hace sonrojarnos cuando nos emocionamos.

Ahora Francisco Ugarte se ha convertido en brujo y ha llegado a la Casa Barragán con su varita mágica para desaparecer los objetos reales y, en su lugar, dejar a sus fantasmas que sean los que adornen el interior de la casa catalogada por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Ahora sí podrán decir que la casa está encantada y si se escuchan voces por la noche, tal vez sean los efectos secundarios de esta intervención y conjuro de esta obra de arte que, seguramente, va a lograr un mayor flujo de visitantes como lo hizo Maggie Smith en una obra de teatro en Londres, cuando la nombraron encargada de un castillo al norte de Inglaterra, al que llegaban poca gente y, para aumentar el flujo de visitantes, sacó de su cosecha historias que agregó así como cuentos de fantasmas y anécdotas que, con el tiempo, le dieron tanta fama al castillo que se convirtió en el más visitado del Reino Unido.

Con su intervención, Ugarte seguro que va a provocar un mayor flujo de visitantes curiosos que serán testigos de la transformación de una realidad en algo más complejo y que, en contraste con lo que hace Christo en el exterior de los edificios, Ugarte lo hizo en el interior, como para que un día volvamos a tener una mirada más fresca sobre las cosas, una vez que volvamos a vestirlas o desvestirlas —según se vea—, y la memoria recupere aquello que, por culpa de los conjuros de Ugarte, había quedado en el olvido.

Los visitantes echarán a andar su imaginación, los fantasmas se sentirán como en su casa y los que conocíamos a Ugarte nos volveremos a asombrar con sus propuestas y estos fantasmas estáticos, brillantes y silenciosos que han sufrido su cambio, ocultando su desnudez frente a los que pasan para conservarlos.