viernes, 5 de febrero de 2010

¡Qué difícil es servir a la patria!

El Informador, jueves 4 de febrero, 2010.

(Teatro de la República en Querétaro, donde se firmó la Constitución en 1917) Podemos leer en el Artículo 135 de la Constitución, que ésta puede ser reformada con el voto de las dos terceras partes de los individuos presentes. El problema es que llevamos años tratando de hacer varias reformas que nos permitan caminar con una mayor liviandad, pero que, hasta la fecha, no ha sido posible lograr que haya dos terceras partes del Legislativo que se pongan de acuerdo. Mañana viernes 5 de febrero celebramos el 93o. aniversario de la Constitución de 1917, cuando Venustiano Carranza estaba al frente del Gobierno, y ésa es la que nos ha regido desde entonces.

La que nos regía hasta esas fechas era la de 1857 que, la verdad de las cosas, había sido un parteaguas en nuestra historia. Empezaba la segunda mitad del siglo XIX, ese siglo donde hubo todo clase de guerras: la de Independencia, de 1810 hasta 1822, el año que fuimos Imperio, como la obra de teatro donde vimos cómo Agustín I se indigestó con unos chiles en nogada que le prepararon las monjitas; luego llegó Santa Anna, el gran seductor de la Patria —como le llamó Enrique Serna—, quien le escribió a su mujer en 1835 diciéndole que nada le gustaría más que volver a la Manga de Clavo para estar al pie de su lecho, pero que tenía la desgracia de gobernar un país sin pies ni cabeza, donde nadie sabe dar un paso sin su aprobación... todos acuden a él para tratar los asuntos del Estado y ninguno tiene los pantalones para tomar una decisión. Los generales no dejaban de importunarlo con sus intrigas y el clero lo abrumaba, sólo para concluir: ¡Dios mío, qué difícil es servir a la patria!

¡Qué lástima que la Iglesia no comprendió que esa Constitución fue la base del México moderno y civilizado! Sin duda, fue el cimiento de nuestra vida social. En la de 1917 podemos leer cómo es que todos gozamos de los mismos derechos, tal como la Constitución lo garantiza, y cómo se prohíbe la esclavitud y toda clase de discriminación: desde las de origen étnico, género, edad, hasta por discapacidades o religión, opiniones, preferencias o por el estado civil o cualquier otra cosa que atente contra la dignidad humana y que tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

Lejos está 1846, cuando los norteamericanos — green goes the grass— nos invadieron y entregamos los territorios al norte del Río Bravo, como lejos está también 1857, cuando Juárez proclamó sus reformas, mismas que provocaron la guerra de los Tres Años, mientras que Napoleón III entronizaba a Maximiliano en México, hasta que lo fusilaron en 1867.

Hoy celebramos la Constitución de 1917, y sólo nos queda que un día de estos brindemos por la aprobación de las reformas que tanta falta nos hacen para poder caminar ligeros y montarnos, de manera civilizada, a la modernidad, sin necesidad de enfrentamientos armados, sino con toda libertad de pensamiento y de acción como la que gozamos.