viernes, 12 de marzo de 2010

El regreso de Alicia a un país surrealista

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 12 de marzo, 2010.


Tal vez se deba a la incapacidad que tengo para seguir con interés todas y cada una de las aventuras de Alicia en el país de las maravillas como no hace falta con otros cuentos, populares o de hadas, como los de Perrault o los hermanos Grimm que conocemos desde la infancia donde mantenemos el interés hasta el final, sin importar la versión que estemos viendo, pues todas nos conmueve: Pretty Woman (1990), la Cenicienta en la versión Julia Roberts, con un guión de J.F. Lawton, cuando, sin hermanastra alguna, pasa de ser una prostituta muerta de hambre, a la compañera de un ejecutivo (Richard Gere) que, como el príncipe del cuento, la rescata y se la lleva a su palacio o Disney o la versión en la ópera de Rossini (1817), como la que disfrutamos el año pasado con Elina Garanca como Cenicienta, en la versión del MET.

Cada tanto, alguien acepta el reto de hacer una nueva versión de Alicia en el país de las maravillas como ahora fue Tim Burton, que dirige su versión con un reparto de primera: Mía Wasikowska, como Alicia; Johnny Depp, como el Sombrerero loco; Helena Bonham Carter, la excéntrica esposa del director, como la Reina de corazones y Anne Hathaway como la Reina blanca. Tal parece que esta producción enloquecedora ha tenido mucho éxito, acompañada de una buena campaña publicitaria.

La versión la pusieron en manos de Tim Burton que es un director considerado como genio, que ha trabajado en Disney en proyectos tan exitosos como El zorro y el sabueso. ¿Cómo no la voy a recordar si cuando llevé a mis hijas lloré, como ellas no lo hicieron, cuando el sabueso tiene que ir tras el zorro, su amigo de la infancia, porque sus instintos borran la memoria?

La trama de Alicia es complicada y, en esta versión regresa a los 19 años al mundo mágico que conoció cuando era niña, para volver a reunirse con sus amigos: el Conejo Blanco, Tweedledee y Tweedledum, el Lirón, la Oruga y, por supuesto, el Sombrerero loco y la Reina de corazones. Envuelta en la nostalgia infantil como la que tuvimos aquellos que nos alejaron de nuestro paraíso.

La gente se sorprende al ver estas historias inmersas en el surrealismo, como esos sueños extraordinarios donde las cosas se aparecen al azar y se trata que captemos el meollo de los asuntos tal como los diseñó su autor.

Entender esta historia con tantas sorpresas, nos puede llegar a cansar: se hace chiquita y se hace grandota —como el chorrito de Cri-Crí—, hay un maldito conejo que pasa corriendo con prisa sin qué sepamos por qué; a pesar de que vamos aceptando algunas convenciones, de pronto, parece que éstas pierden el hilo conductor y la historia se difunde como la bruma en los sueños.

Escrita por un matemático, sacerdote anglicano, el fotógrafo y escritor británico Charles Lutwidge Dodgson, o Lewis Carroll como firmaba sus obras, éste tenía una cierta obsesión por las púberes —tal vez, en los límites de la pedofilia. Alicia era un cuento que les contaba a estas chiquillas mientras las paseaba en lancha de remos, antes de invitarlas para que aceptaran posar frente a su cámara.

Satiriza a sus amigos, alude a la educación que, seguro, se les hacía gracioso a las chiquillas; caricaturizaba al gobierno y al sistema político con aquello de la Reina de corazones.

Sí, en general se trata del país de las maravillas de Carroll, complicado y parece que popular entre los autistas, los nerds y los matemáticos, pero el hecho es que es difícil terminar de leerla y entender los juegos de lógica. A fin de cuentas, prefiero ver esas otras historias lineales que, sin tanto rollo, nos mantienen en vilo como la Blanca de las nieves y sus siete enanos o la adorable Cenicienta.