La línea de sombra

El Informador, Tertulia, sábado 27 de febrero, 2010.


No puedo olvidar la sonrisa de Jenny, no puedo evitar asociar su historia —en realidad la de Lynn Barber—, con la vida de algunas de esas jóvenes que íbamos a ver a la salida del Sagrado Corazón, montados en nuestras bicicletas mostrando lo mejor de nuestras habilidades sólo para verlas y que nos vieran: ellas en sus uniformes con las medias caídas, los cuellos no tan blancos de sus blusas desabrochadas y las faldas, no tan cortas, pero lo suficiente como para disfrutar imaginarlas, mientras que, inocentes, buscábamos encontrar la mirada de quien más nos gustaba, aunque nos temblaran las rodillas.

Jenny (Carey Mulligan (Londres, 1985-) tiene 17 años y va en la prepa. Vive con la sonrisa de su inteligencia que le sale por todos lados y, por supuesto, va acompañada del buen humor, la gracia, la mentirilla piadosa y una realidad que hace a un lado por esas ganas de descubrir el mundo, la música de Ravel en un concierto, los pubs y el jazz y qué mejor descubrir Oxford o París y, de una vez por todas, saber qué es eso de hacer el amor a los diecisiete años recién cumplidos.

Traducida como Enseñanza de vida cuando en el original es An education —sí, la educación, La línea de sombra de Conrad, el paso del adolescente y su inocencia, a la madurez y las huellas en el rostro.

Está basada en las memorias de Lynn Barber —como pudo ser la de alguna ex alumna del Sagrado o de las Mercenarias— que interrumpieron el flujo de la vida, dejando caer por los suelos sus deseos de hacer una carrera para entregarse a la deliciosa frivolidad y a la farándula, en manos de un seductor sin dejar que se convirtiera en tragedia, sino en un melodrama, en donde confiamos que la sonrisa y su inteligencia la saquen de la barranca, aunque con todo y sus raspones que luego se curan, aunque queda huella.

Jenny cumple 17 años cuando vivía tranquila, oyendo y cantando las canciones de Juliette Greco, en uno de los suburbios londinenses, hasta que de pronto su mundo se tambalea cuando conoce a David (Peter Sarsgaard, 1971) un extraño comerciante mafioso de 35 años, que la corteja como todo un profesional con cenas elegantes, clubes y viajes, cigarros rusos, poniendo en peligro no tanto su honor —como le decían antes—, sino su futuro en la Universidad de Oxford y ahí estamos tensos, con ganas de advertirle. Por la sonrisa vale la pena ver esta historia tan cercana, ahora que Carey se está preparando para hacer My Fair Lady en el papel de Eliza Doolittle.

Pongo mi mano a fuego por esa joven actriz que viene sobre la ola de las actrices brit