viernes, 5 de marzo de 2010

Nine, Fellini al estilo del Folis Bergère

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 5 de marzo, 2010.


Nine es el título de esta versión cinematográfica del musical de Broadway con el mismo título: ¿será nueve por las marcas de cigarros que fuma Guido Contini (Daniel Day-Lewis) coleando sin parar? ¿O será por el medio punto que le faltaba al 8 1/2 de Fellini para redondearlo? ¿O por las nueve musas que lo rodean, como las nueve que engendró Zeus en nueve noches de amor con Mnemósine, personificadas por Penélope Cruz, la amante; Sofía Loren, “la mamma”; Marion Cotillard, la fiel esposa; Kate Hudson, la reportera del Vogue; Stacy Ferguson, Fergie o Saraghina, la prostituta de la infancia de Fellini; Nicole Kidman, la actriz preferida o Judi Dench, la vieja amiga confidente, encargada del vestuario o la bella Martina Stella?

En realidad no lo sabemos, pero lo que sí sabemos es que es un musical circular que recuerda al número redondo en la parte superior que de pronto baja como el rayo de alguna de las nueve esferas celestes o de los nueve los círculos infernales.

No tiene relación alguna con la simbología azteca y con las nueve etapas del alma antes de alcanzar su eterno reposo, pero, ¿habrán conocido los dos guionistas, Michael Tolkin y Anthony Minghella del festivo símbolo maya donde nueve era la cifra sagrada de diosa luna, Bolon Tiku, la diosa de la luna llena, como el rostro de Luisa (Marion Cotillard) Contini cuando aparece al final del film que, en realidad, es el principio del mismo?

Nos envolvemos entre la melancolía de Guido Contini que rebota entre los muros de la famosa crisis de los cincuenta años y de una aparente falta de creatividad o de sexualidad, deseando devorar a todas y cada una de las musas más o menos al mismo tiempo, como uno de los viejos sueños de Fellini, esos que dibujaba todos los días y que luego los convertía en escenas de sus películas como es el encuentro con Saraghina —para ser castigado como Joyce en el Retrato del artista adolescente (1916)—, donde va Guido-Fellini corriendo de niño por la playa con sus amigos para ver a la prostituta que, por unas cuantas liras, les muestre a los chiquillos boquiabiertos sus abundantes pechos o cuando están en la sala de proyección como era en Cinema Paradiso.

Las nueve secuencias musicales, unas mejores que otras, todas en el espíritu del Folies Bergère, el famoso cabaret de París que estaba en su esplendor hasta antes la segunda Guerra Mundial, en donde las musas de Guido pasan a un primer plano a bailar: Penélope, abriendo las piernas; Judi Dench, como conductora del show cabaretero, con muy buen humor, rodeada de las piernas largas y desnudas, como el coro de bailarinas que giran a su alrededor, mientras ella canta lo que podría hacer su amigo Contini, para salir de la depresión y volver a dirigir su película.

Así nos la pasamos entre la depresión y sus evasiones, entre la realidad y la fantasía escenificada con los musicales envueltos en la magia de un mundo que tiene como medida los nueve días y las nueve noches, como las que dicen que separan al cielo de la tierra y a ésta, del infierno o, a lo mejor, como eran los años de castigo como el que recibían los dioses perjuros del Olimpo o aquí Cine Cittá de Roma.

Las pasiones de la vida de Guido-Fellini, los momentos de lucidez mientras vemos cómo pasa el tiempo donde parece que el pasado había sido mejor, sobre todo ahora que vive esa falta de creatividad y del fuego divino de la inspiración o de la musa de fuego que siempre aparece entre los musicales, rodeado de mujeres impresionantes, como esas que sólo existen en los sueños o las películas de Fellini de los años sesentas o en el Folies Bergère de Paris.