viernes, 5 de marzo de 2010

A partir de la tempestad, el cambio

El Informador, Tertulia, sábado 6 de marzo, 2010.


(Helen Mirren como Próspera en La tempestad , una película que dirigió Julie Taymor y que estará en cartelera este año). Frente a los sucesos que modifican la vida de un día para el otro, frente al exilio y los cambios forzosos o frente a los planeados, no se me ocurre nada mejor que resumir, en esta tertulia, algunos descubrimientos que he tenido de una obra que inicia con la sensación de naufragio, de quedarnos sin nada para empezar desde cero a aceptar los cambios que se necesitan.

La tempestad es la última obra escrita en su totalidad por Shakespeare (1611) donde podemos conocer los factores que intervienen en el cambio y el papel que juega su arquitecto, así como, la transformación que es necesaria cada vez que entramos a una nueva etapa de nuestra vida.

Todo empieza con el caos de la tempestad y la angustia que expresan sus víctima peleándose y culpando a quien pueden. Se tiene la sensación de haber perdido todo y sólo se escucha —como lo escuchamos en tiempos de crisis—, el grito de ¡ya nos llevó...!1

Los pasajeros hacen un balance y están listos para aceptar el cambio que los salve de esa situación. Al mismo tiempo, Próspero hace otro tipo de balance y le cuenta a su hija lo que pasó hace años cuando los metieron a un barco, los adentraron en el mar para pasarlos a un bote medio roto y en tan mal estado que hasta las ratas lo habían abandonado... ¿me estás escuchando Miranda?

Pero en esas circunstancias Miranda fue como un querubín que le sonreía inspirada por una especie de fuerza celeste mientras su padre bañaba el mar con su llanto y gemía por su angustia, pero la sonrisa de su hija le daba el coraje necesario para soportar el incierto porvenir.

Ahora era é el que provocaba la tempestad y el cambio para recuperar su ducado y que las nuevas generaciones mejoraran su calidad de vida. Sabía de la angustia que se vive en el cambio, la separación, el derrumbe, pero también sabía su meta: provocar un mágico accidente y que la Fortuna le traiga a sus enemigos a la isla para arreglar cuentas, ahora que podía leer el futuro y que sabía que con el cambio, sobreviviría la nueva generación.

Miranda y el joven Fernando tendrían, sin duda, un mejor futuro aunque el viejo rey renegara de lo perdido y Gonzalo, su asesor, disminuía la angustia contando sus sueños alrededor de una utopía.

Una vez más, puede ponerse en el lugar de los que sufren del cambio y puede uno entender la resistencia que se ofrece, así como, poder reconocer que los viejos sólo sueñan que todo pasado fue mejor y los jóvenes enamorados, en que todo futuro será mejor.