jueves, 1 de abril de 2010

Orozco y la soledad en llamas

El Informador. Tertulia, sábado 3 de abril, 2010.


(El hombre en llamas de José Clemente Orozco. Cúpula del Hospicio Cabañas, Guadalajara). Cada día de su vida demostró ser libre y eso está explícito en su pintura, en su autobiografía, en sus cartas, en su existencia —decía el crítico de arte Luis Cardoza y Aragón quien conoció a Orozco en vida. Por mi cuenta y riesgo, recuerdo haber visto, una y otra vez, el retrato de su madre que destilaba puro amor: era una viejita arrugada y apacible que, como veremos, no tiene nada que ver con el resto de su obra.

Implacable en su violencia y en las ráfagas de ternura que zigzaguean sus palabras. ¡Se antoja tímido frente a sus propios sentimientos! Escribe como dibuja, la línea crea el volumen, obseso por la precisión y la concisión. En sus profundas negaciones, profundas afirmaciones. En sus cartas, su rectitud es notable. Se propuso esclarecer una época y deseaba servirla, como lo hizo siempre con su genio creativo, su amor hirsuto, tierno y con una lucidez que no tenía piedad. Su verdadero espacio natural, natal, vital, frontal fueron los muros, las naves y las cúpulas —recordaba Cardoza y Aragón.

Genial, austero, siempre preocupado por el dinero, parecía que era un hombre incapaz de disfrutar la vida, o que la pasaba mal, estuviese donde estuviese o con quien estuviese, como lo recuerda Alma Reed cuando lo acompañó a Filadelfia en 1929, ese día cuando tuvo su primera exposición en Estados Unidos y que tanto su voz como sus movimientos, traslucían ese impulso de quien se imagina que sus pocas esperanzas se pueden convertir en una realidad.

El gobernador Topete le dio chamba en los treintas. Fue una buena chamba aunque mal pagada, como se estila en Guadalajara o como dicen en Tepa: no importa cuánto ganes, con tal de que no lo gastes...

Pintó de 1935 a 1939 tres obras geniales trepándose hasta la cúpula del Cabañas y con esa obra, asegurando su entrada a la historia del arte. Fueron años que vivió en esa graciosa y culta ciudad que tanto amaba.

La cúpula con el Hombre esclavizado por sus temores, caminando por los cielos en etérea libertad; el Hombre y su apego a la tierra; el Hombre consumido en las llamas de su energía creadora —como escribió Alma— o como luego imaginé en Las batallas del General cuando José María Reyes estaba viendo al Hombre en llamas y sintió la presencia de una mujer: “tal vez es mi imaginación —pensó—, pero mejor se hizo a un lado para dejarle un lugarcito y que se pudiera recostar a mi lado”... ¡Oh inteligencia, soledad en llamas! que, bajo el peso de la cúpula, pemites que los hombres leviten.

Por todo esto, digo que son muy afortunados en Guadalajara los que podrán ver la exposición de Orozco: pintura y verdad, tal como María Palomar lo comentó en la tertulia del domingo pasado.