Un esfuerzo inútil, pero válido

El Informador, Tertuila, sábado 1 de mayo, 2010.














(Humberto Solórzano y Muriel Ricard en el Mambo de Oz). Una y otra vez compruebo que los tapatíos cuando viajan a la ciudad de México, lo único que desean es regresar lo más pronto posible a su casa para levantarse el sábado y mantener a raya la rutina.

En cambio, cuando los chilangos van a Guadalajara, lo que desean es prolongar su estancia: desayunar los chilaquiles del Hotel Isabel, volver a ver el Hombre en llamas en el Hospicio Cabañas, almorzar las tortas ahogadas que apaciguan los demonios y si se puede comer la carne en su jugo de la calle Garibaldi o irse por la laguna de Chapala para tomar la birria de Jocotepec.

Por eso, el esfuerzo que se haga para convencerlos y que se queden el fin de semana en “Tenochtitlán de la tunas”, es inútil pero creo que es válido: no hay pretexto que los pueda convencer, menos si se trata de algo cultural —música, teatro o artes plásticas—, menos todavía, si el argumento tiene que ver con una obra de teatro que se presenta en un espacio alternativo como lo acostumbra hacerlo Rodrigo Johnson que, hace años, puso Cartas a Mamá, un programa radiofónico de Harold Pinter adaptado por David Olguín, en su departamento de la Roma, con un estrado, el permiso de sus vecinos y, dos días a la semana, asistían 30 personas para ver esa obra en la sala de su departamento, tal como lo hacía Nacho Arriola en su casa de las Colonias allá en Guadalajara.

Ahora reestrena Mambo de Oz, una obra escrita por el venezolano Luis Selkovich que Rodrigo la ha montado en las bodegas del teatro El Milagro (Milán 24, sábados y domingos a las 13:00 horas), un escenario alternativo que le permite darle un tono especial al extraño desarrollo de esta historia en donde el público se enfrenta a lo inesperado:

Alberto (Humberto Solórzano) había sido un galán de telenovela que ahora lucha para mantener a Beto (Diego Sosa) su hijo adolescente que nació con una extraña lesión cerebral y que está al cuidado de Magda (Muriel Ricard), una vecina que lo hace con gusto mientras el padre sale a trabajar.

La vida es una rutina: Alberto entretiene a su hijo actuando —mentiras piadosas— como le hubiese gustado hacerlo. Siempre le trae un regalo para que se entretenga. Magda, que está enamorada del papá, decide educar sexualmente al adolescente como atajo para despertar el interés y agradecimiento del padre.

Nadie se puede imaginar lo que sucede con el despertar sexual del hijo discapacitado ni como sale de su somnolencia disfuncional para que fluya la pasión desenfrenada, obsesiva y posesiva y, el público, quede atrapado en el espacio alternativo en donde lo inaudito es parte de lo cotidiano.