jueves, 20 de mayo de 2010

La Eurídice de nuestro tiempo

El Informador, Tertulia. El Sonido y la Furia, sábado 22 de mayo, 2010


Otto Minera adaptó y dirigió la versión de Sarah Ruhl sobre el mito de Orfeo y Eurídice para hacer una versión moderna, elegante, divertida y brillante, con una asombrosa escenografía de Philippe Amand y un reparto de primera con Ana Serradilla como la bella e inocente Eurídice, Luis Gerardo Méndez como Orfeo y Arturo Barba como el Señor del Inframundo, además de «Las Tres piedras» que le dan su toque de humor negro, además del vestuario diseñado por María Y Tolita Figueroa.

Eurídice está en la cartelera del Teatro Helénico en la ciudad de México y es una obra en donde Sarah Ruhl le quitó el peso de encima del mito original para hacer una obra ligera como una paloma, como es la joven Eurídice que, en esta versión, es la protagonista principal que muere el día que se casa con Orfeo, un músico obsesivo que, atormentado por el suceso, convence a los dioses para que pueda entrar por ella al inframundo, siempre y cuando no volteé a verla antes de salir a la luz del día.

Ruhl le da la vuelta al mito y ahora es Eurídice la que tiene el micrófono: adorable, frívola, sin habilidades musicales por lo que Orfeo se queja y le agregó al mito, al padre de la joven que la extraña como al demonio allá en el inframundo. Por eso, cuando ella llega y se reencuentran, están felices: vuelven a jugar, a gozar con buen humor de sus recuerdos y de su amor —como buena Electra—, contándose cuentos y recordando cuando eran felices sin dejar de reír.

Cuando Eurídice decide salir con su marido del inframundo, su padre se hunde en el Aqueronte para convertirse en piedra —como si fuera una segunda muerte—, pues no puede soportar su ausencia después de haber cantado como pájaros enjaulados y de haber vuelto a reír de las mariposas de colores.

Las buenas obras de teatro son espejos y nos podemos poner en el lugar de los demás. Tal vez por eso no pude dormir pensando en el reencuentro entre Eurídice y su padre y sin querer me puse en el lugar de uno de mi amigos que, estoy seguro, extraña a su hija como loco —la Eurídice de nuestros tiempos.

Toda la noche recordé la felicidad con la que nos contaba las mil y una peripecia desde que era una niña e iban los dos por el mundo riendo, jugando y contándose cuentos para sobreponerse al miedo de los demonios con las que competía.

Toda la noche ví reflejado en el espejo de Eurídice a la hija de mi amigo y a su padre en el inframundo, mientras sucedía la trama, sólo para comprobar que una obra como esta, nos permite ponernos en el lugar de los demás.