Volver al canto y a contemplar las flores

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 14 de mayo, 2010.

El 30 de diciembre de 1976 inauguraron la Sala Nezahuacóyotl en el Centro Cultural Universitario de la UNAM. Desde entonces, hemos asistido —casi religiosamente— a la temporada de la Orquesta Filarmónica de esa Universidad y, durante el verano, a la de la Orquesta Sinfónica de Minería. Hoy podemos regresar una vez que han terminado de darle una muy buena “mano de gato.” Cada vez que asistimos, nos trasladamos a otro mundo por estar en esa sala que acústicamente es perfecta como si fuera "otro instrumento musical”, tal como decía Christopher Jaffe, el experto en acústica que fue invitado por Eduardo Mata para que diseñara las tripas corazón.

Pablo Espinosa escribió sobre la Sala Nezahuacóyotl y cuenta cómo esa noche, ”después de dos años de hormigueo... apareció entre la lava volcánica y el fondo de los volcanes, una nave polígona de concreto con su alma acústica que hoy, por vez primera, laten sus afanes filarmónicos... Es la Luna anterior al año viejo y la nave tiene grabada una estela de piedra al pie de su entrada con cuatro líneas del poeta Nezahuacóyotl, mismas que fueron traducidas por Miguel León Portilla y que dicen:

Por fin lo comprende mi corazón:
escucho un canto, contemplo una flor:
¡Ojalá no se marchiten!


Y así nos ilustra este poeta que nuestro corazón —por fin— ha comprendido cuál ha de ser su camino y, por eso, desea que los cantos y las flores no mueran.

El poeta no tiene dudas y estamos seguros que en su corazón encontró las flores y los cantos tanto con vida como con sus raíces —sí, las alas y raíces, como dicen por ahí que hay que promover. Tal vez por eso escribió un día esta reflexión:

No acabarán mis flores,
no cesarán mis cantos.
Yo cantor los elevo,
se reparten, se esparcen.
Aun cuando las flores
se marchitan y amarillecen,
serán llevados allá,
al interior de la gran casa
del ave de plumas de oro.


Espinosa nos cuenta cómo, durante la noche de diciembre del 76, la flor y el canto cobraron sentido, pues “la poesía de Nezahualcóyotl reverberaba en el eco que se anida entre los pliegues de la lava volcánica, asomándose al Iztaccíhuatl y al Popocatépetl —pálidos y blancos en esas fechas—, que supieron de los afanes del poeta, arquitecto y sabio en las cosas divinas, como fue el señor Nezahuacóyotl (1402-1472) que, además de dejarnos su poesía era un tlamatini o el que sabe algo, el que medita y discurre sobre los antiguos enigmas del hombre en la tierra, en el más allá y en la divinidad, el que nos legó varias maneras de imaginar la flor y el canto, ese hombre que durante su largo reinado de más de cuarenta años, fue protagonista de una de las épocas de mayor esplendor, como resulta cuando florecen las artes y la cultura.”

Esa noche de diciembre, la Orquesta Filarmónica de la UNAM colocó en sus atriles las partituras del concierto que habían programado para que Eduardo Mata dirigiera unas fanfarrias, breves poemas de Silvestre Revueltas, antes de los tres movimientos de la Sinfonía india (1936) de Carlos Chávez, una obra que marca, con su clima arcaico y austero, más que la reconstrucción arqueológica —como decía Yolanda Moreno Rivas—, un eco del nuevo esplendor cinco siglos después y que han sido, sin duda, los cimientos y la raigambre de esa nave poderosa que emprendió su vuelo.

Ahora, con la comodidad de sus butacas, la acústica perfecta y las diferentes ópticas para disfrutar los conciertos, son un nuevo homenaje al tlamatini, y podremos regresar después de esa “mano de gato” que le dieron, para que volvamos aquellos que nos quedamos huérfanos del canto y de las flores, para volver a escuchar la música que retumba en centro de esta sala recién maquillada.