Xavier Pizarro y la energía del jardín

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 21 de mayo, 2010.


Sin duda, Oaxaca es un buen lugar para que trabajen los pintores. Es posible que se deba a la luz que es diferente en esa región y les permite ver las cosas de otra manera, como si de pronto, todo se aclarara para que descubran, por primera vez, el color de las cosas y de la naturaleza: Tamayo enloqueció con ella y se puso a pintar unas sandías tan rojas como nunca las hemos visto; Toledo, imagina a unos bichos y crea toda una fauna uno tras el otros, en fila india, haciendo el amor sin pena alguna, resguardados por la sombra de la paleta del artista, como si eso fuese suficiente para ocultar lo que hacen.

Hace un par de años Xavier Pizarro decidió irse a trabajar a Oaxaca y, entre otras cosas, ahora, las pinceladas que ha dado las expone en la ciudad de México para que las podamos ver —y comprar—, pues sólo estarán un día, el martes 25 de mayo de las 19:30 a las 22:00 horas en los Talleres Barragán de la calle del Gral. Francisco Ramírez número 17 en Tacubaya.

Esta exposición ha generado sus expectativas, pues queremos ver cómo es esta obra, queremos celebrar con el artista la vigencia de su oficio y ser testigos de los efectos primarios en su obra de esa nueva vida, después de irse a vivir a esa ciudad envuelta por una luz como nunca he vuelto a ver, una luz como la que hablábamos al principio y que tan bien les viene a los que ejercen ese oficio, sobre todo si se mezcla con un poco de soledad y el deseo de mostrar una nueva faceta de las cosas reales o imaginarias dentro de una nueva perspectiva.

Volcán, flor, galaxia, la misma materia y energía, es una obra prima del otro volcán con blanco en la cumbre poniente que nos permite asomarnos, como seguramente lo hizo cuando sobrevolaba rumbo a Oaxaca, hacia el oriente y ver el valle hasta el horizonte.

Desde Oaxaca Xavier ve las cosas de otra manera: el paisaje es nítido, como lo podemos constatar cuando viajemos —la vida como viaje—, pues bien sabemos que la única manera de poseer a la belleza es dibujándola —como sugiere John Ruskin—, y por eso, debemos detenernos en el camino, sacar la libreta y observar con cuidado los detalles. Pero si uno es artista, como lo es Pizarro, entonces, puede interpretar ese ámbito de la belleza, trazando con puntos suspensivos todo lo que se imagina está detrás o alrededor de lo que está viendo, como lo hizo con la belleza y el contraste del volcán y el valle, desde la altura rumbo al Sureste mismos que, en otros tiempos, eran paisajes que pertenecía a la región más transparente del aire o al territorio de la águilas.

Depurada su técnica, ha recortado a su modelo como si fuera una escultura, haciendo pequeñas rebanadas, una tras otra, mismas que se van trepando hasta las nubes, hasta donde se frunce la boca del volcán, sin humaredas, como vemos desde nuestra ventana en Tlalpan al amanecer, cuando nos asomamos, antes de que otra cosa suceda para disfrutar de su majestuosidad.

Ahora Xavier también enfrenta otro tipo de ruptura. Es culpa de la claridad con la que se ven las cosas cuando se asoma al valle de Oaxaca para incluir en la oscuridad a Monte Albán y asegurar que no existe pruebas de la existencia de un ser superior... y menos, que sea absolutamente poderoso, como no sea el universo en sí mismo... y, sin mayores especulaciones, se concentra a pintar La energía del jardín, en donde reverbera el color y la luz que lo ilumina en esta etapa de su vida que ha pasado del blanco y negro a la paleta completa de colores.