El pequeño Pavarotti

El Informador, Tertulia, sábado 5 de junio, 2010.


(Un Jilguero como el pequeño Pavarotti). Hace más de un mes que llega un amigo a visitarme al amanecer y a la puesta del sol. Cuando llega, se posa en una de las ramas más altas de la Jacaranda que cubre la terraza de mi casa en Tlalpan y desde ahí empieza a cantar sus melodías, una y otra vez. Es el pequeño Pavarotti y suponemos que se trata de un jilguero.

Por las tardes, cuando lo oigo, salgo a platicar con él —me cuesta trabajo encontrarlo— con mis chiflidos más simples y menos adornados que su melodía, antes de que responda intercalando algunas notas.

Como buenos jazzistas improvisamos e inventamos nuevas melodías y así nos quedamos un buen rato los dos felices y entretenidos con nuestro modesto concierto. El sábado pasado tuvimos invitados que se quedaron hasta tarde. Cuando me di cuenta, el pequeño Pavarotti había llegado a su cita puntual pero a mí me dio pena salir a chiflar como lo hago todos los días. Podrían pensar que estoy medio loco. Esa tarde cantó solo y su alma.

La inglesa Len Howard escribió Los pájaros y su individualidad (FCE, Breviario 102, México. 1953), un delicioso tratado donde podemos entender todo sobre los pájaros. Dice que lo más prodigioso de ellos es su canto. Cuanto más se escucha su música, mayor es la belleza que se encuentra en ella. La canción es un desahogo emocional y su corazón se vierte en esa música, así que, apreciando con plenitud e intimidad su canto, podremos llegar a comprender mejor su naturaleza.

Por eso mantengo mi amistad —aunque efímera— con el pequeño Pavarotti durante esta primavera: ya tarde, espero su llegada y escucho con atención su canto imaginándome lo que quiere expresar ese día. Luego, le contesto con mis chiflidos para que sepa que lo he escuchado y que conozca también mi estado de ánimo y el gusto que me da que haya llegado, pues sé que son impresionables y fácilmente excitables y por eso comparto mis emociones.

Son sensibles al ambiente —dice Len Howard—, en especial cuando la luz que marca el tránsito entre el día y la noche induce al pájaro a expresarse plenamente por medio del canto. Cuando empiezan las estrellas a desvanecerse, se inicia el coro al amanecer y, cuando el sol trata de ocultarse, vuelven de nuevo con su canto.

El pequeño Pavarotti se posa en lo más alto de la Jacaranda para observar mejor la puesta del Sol mientras canta en un tono más sereno, acorde con la belleza y la paz que impregna a la naturaleza a esa hora y, de esta manera, revelamos nuestros sentimientos en esto que ha resultado ser una amistad única, entrañable y efímera.