Eurídice: una obra con humor y calidad escénica

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 4 de junio, 2010.


(Las tres piedras o los demonios del Averno). Sara Ruhl (1974-) escribió la nueva versión del mito de Orfeo y Eurídice (2003) y Otto Minera la tomó en sus manos para traducirla, adaptarla, dirigirla y ponerla en escena en el Teatro Helénico. Se llama Eurídice y ese papel lo hace la deliciosa e inocente Ana Serradilla quien, recién casada con su Orfeo —(Luis Gerardo Méndez), el rockero obsesivo donde todo en su vida tiene que ver con la música—, pierde la vida en Nueva York cuando estaba recién casada, seducida nada menos que por el Señor del Inframundo (Arturo Barba) a quien lo sigue hasta el penthouse de uno de los rascacielos, antes de caer hasta el fondo del Averno.

Ahora Eurídice es la que tiene el micrófono y no aquella campesina que no hablaba ni decía nada y a las dos las intenta rescatar su marido, pero ahora es ella la que reconsidera su destino y aprovecha la ocasión infernal para reencontrarse con su padre (Luis Calva), con quien vuelve a sentirse en casa, feliz de ser como ella es y de poder quejarse de su marido que tal parece, todo lo que le interesa es que ella lleve bien el ritmo.

En la sección del Averno, padre e hija vuelven a estar juntos como lo estuvo el rey Lear con Cordelia su hija cuando los hicieron prisioneros: solos los dos cantaremos como pájaros en su jaula... y así viviremos, rezando, cantando y riéndonos al ver las áureas mariposas... platicaremos con quien nos visite para saber quién gana y quién pierde, quien entra y quién sale, penetrando en el misterio de las cosas como si fuésemos los espías de los dioses...

Padre e hija arman su espacio-hogar a pesar de que Las tres piedras (Luis Villanueva, Ramón Barragán e Isabel Aerenlund) o los demonios, se opongan a que lo hagan: ahí, aprovechan para recordar y jugar todo el tiempo mientras el músico convence a los dioses que le permitan sacarla a la luz para volver con ella a la orilla del mar, cosa que le autorizan, siempre y cuando no volteé a verla. Eurídice provoca con premeditación, alevosía y ventaja que Orfeo volteé a verla y ella —feliz—, regresa al Averno con su padre.

La escenografía refinada es de Philippe Amand con unas cortinas que caen a diferente profundidad reflejando imágenes que sugieren dónde se encuentran los actores: Nueva York o el Averno o la playa,en donde los dos tórtolos se había revoloteado. El vestuario es de María y Tolita Figueroa y en la boda, le dan su toque de los roaring twenties.

La obra está hecha con humor como el que pulula a todas horas en esta versión más ligera que el mito. Como paloma, vuela entre los infiernos y resulta entretenida, como las buenas obras de teatro, esas que están bien dirigidas, actuadas para que podamos interiorizarlas y bebamos de esa fuente para refrescarnos.

Vemos en el espejo reflejado el amor del padre con su hija, una Electra de nuestro tiempo, hasta que los dos se hunden en las aguas del Aqueronte. Por eso, sufrimos de los trámites infernales y vemos cómo logran sacudirse a las tres piedras que hablan y que disfrutan ser los guardianes del infierno, tal como lo que son, pero que nada tienen que ver con los que Dante conoció cuando se perdió a la mitad del camino de su vida en una selva oscura, salvaje, áspera que, sólo pensar en ella, temía hasta sus propios pensamientos.

Estoy seguro que Otto Minera disfrutó de esta aventura tan exitosa, pues la obra está hecha de tal manera que permite que brote el agua del buen gusto, en medio de la tragedia de ese mito, para que trascienda las fronteras y nos llegue a fondo con muy buen humor y una gran calidad escénica.