Llueva o no llueva es tiempo de aguas

El Informador, Tertulia sábado 12 de junio, 2010.


Desde siempre la gente asocia a los fenómenos de la Naturaleza con los santos y los dioses, tal vez por eso el 15 de mayo —en plena época de secas— resulta que es el día de San Isidro Labrador y la letanía de quita el agua y pon el sol, es como los deseos de los agricultores que siembran de temporal y se sorprenden con los aguaceros de mayo que este año fueron muy esporádicos.

Ellos saben que el 10 de junio, llueva o no llueva, es tiempo de aguas, aunque otros aseguran que es el 24 en pleno verano el día que señalan en el Más Antiguo Galván como el día de San Juan Bautista, cuando sus aguas bautismales en Jordania se convierten en baldes con los que la gente se empapa en la calle.

En la antigüedad creían que el clima dependía del estado de ánimo de esos dioses representantes de las fuerzas elementales de la Naturaleza, como son Titania y Oberon, fuerzas que la gente de campo conoce como la palma de su mano y que saben bien que, cuando discuten y pelean, se desata el caos y empiezan a caer unos chubascos como esos que recordamos caen en Guadalajara o en Chapala —hace años que los disfruté—, sin aceptar que se originan gracias a las tormentas tropicales, huracanes o ciclones gestados en el Caribe, Pacífico o Atlántico y contabilizadas alfabéticamente que, cuando son tantas que no les alcanza, le dan otra vuelta a la tuerca: Ágata fue la primera tormenta que se originó en el Caribe este año y que barrió en el Sureste, empapando desde Guatemala hasta “Guatepeor”, incluyendo las blancas playas de Cancún en Quintana Roo. Son ellas las que arrastran las negras nubes cargadas de agua que tanto deseamos caigan para que se apacigüe el calor que este año pegó de frente.

Titania sabía lo que pasaba cuando se enojaba con Oberon: los aires, llamándonos en vano con sus flautas del mar, en venganza, absorben contagiosas nieblas, las cuales, se precipitan sobre la tierra, para volver a los humildes ríos en orgullosas corrientes que luego se desbordan de sus riberas.

En medio de nuestro sueño de una noche en el verano, nos levantamos para cerrar la ventana y escuchar sonámbulos el trueno profundo, ronco y largo que se extiende zigzagueando por el horizonte hasta sentir las primeras gotas que caen y que van formando una corriente que cae del Poniente al Oriente, rumbo a la Calzada Independencia —bicentenaria— con la que jugábamos, en los años cincuenta, nadando en la empedrada López Cotilla casi con Tolsa, felices de que se hubiese terminado el insoportable calor de mayo.