Se trata del amor, la separación y la muerte

El Universal, La Guía dl Ocio, viernes 18 de junio, 2010.


(Christopher Plummer como el conde León Tolstoi). Y todo esto sucede en el último año de la vida de Tolstoi (1828-1910), según la versión de Michael Hoffman y su más reciente película, La última estación, con Christopher Plummer como el conde ruso y autor de La guerra y la paz, Ana Karenina, Los cosacos y La Sonata de Kreutzer entre otras, quien a los 82 años de edad andaba por la vida con sus largas barbas encanecidas e hirsutas, convertido en un especie de santón ruso, con todo y feligreses como los que habitaron una comuna cerca de Yasnaya Polina donde buscaban la paz y el amor —disociado al sexo—, eran vegetarianos, evitaban matar a los animales de la naturaleza, cuidando el ambiente y estaban en contra de la militarización.

La comuna la dirigía Vladimir Chertkov (Paul Giamatti), el Vicario sobre la Tierra quien fue la cuña que abrió hasta los cimientos la grieta que se había formado en los muros de la vida amorosa del conde con su esposa Sofía Andreyevna Bres (Helen Mirren), quien desde jovencita se había entregado en cuerpo y alma a su marido que, a su vez, le exigió desde siempre cumplir sus obligaciones: concebir y dar a luz a sus hijos (13); trabajar como secretaria y pasar en limpio los extensos manuscritos —copió hasta seis veces La guerra y la paz, una obra que es tan grande que, si bien nos va en esta vida, la leemos una sola vez—; ser su agente y negociar con el Zar el permiso para que se publicara en Rusia La Sonata de Kreutzer, la obra reciente en donde Tolstoi abandona la escritura panfletaria y desea demostrar —como parte de su locura senil— que todas las mujeres casadas son putas. La condesa también era responsable de la casa —la ambientación no puede ser mejor— y, en su tiempo, darles de mamar a los trece hijos según iban naciendo y conforme crecían, vestirlos, educarlos y darles de comer y de beber tanto a ellos, como los seguidores de su marido que pululaban como moscas en el verano.

Valentín Bulgakov (James McAvoy) fue su secretario —y es el autor de El último año de Tolstoi—, un joven parroquiano emocionado de estar cerca del maestro —hasta el estornudo—, que actúa como triple agente dividido entre la fidelidad con el conde, la condesa y el Vicario, quien lo había recomendado. Masha (Ferry Condon) lo inicia en los ritos de amor sexual y esa relación ilumina la trama, que, por el otro lado se oscurece desde antes que el viejo conde decida irse de su casa y separarse hasta el día de su muerte.

En su senectud renunció a los derechos de autor —más de un millón de rupias—, para donarlos a los pobres a través del Vicario. La condesa trató de impedirlo hasta el último momento, pero el viejo paranoico abandona su casa —como el rey Lear, abandonó la suya— para irse a viajar en tren hasta que llegan a Astapovo —la última estación—, para morir ahí, reconciliándose con la condesa mientras boqueaba.

Esa muerte pudo haber sido parte de una novela de Dostoyevski. Agotado de escribir esas obras de arte como La guerra y la paz, se dedicó a escribir panfletos y tratados para sus seguidores hasta que volvió a La Sonata en donde defiende a un enloquecido misógino —espejito, espejito— que ha matado a su mujer —o sus deseos inconscientes— por celos infundados —un Otelo de la estepa rusa—, culpando a Sofía de ser la causa de todos sus males. Finalmente —no lo vimos—, fue enterrado en Yasnaya Polina en medio de un bosque de abedules, cerca de la tumba de su hermano en donde León creía que estaba enterrado el secreto para que los hombres dejaran de pelear y pudieran vivir en una hermandad per secula seculorum, amén.