Vicente Rojo: el circo luminoso de su vida

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 2 de junio, 2010.


(Sombrero 3) Dicen que cada quien habla del circo según le fue y por eso creo que a Vicente Rojo le fue de maravilla porque nos ofrece una de sus caras más luminosa como es la de los payasos del circo que apenas salen a escena y nos estamos carcajeando porque exageran y hacen travesuras —que se nos antoja imitar— sorprendiéndonos cuando lanzan un balde que, en lugar de agua helada, tiene confetis de todos colores, antes de perseguirse con sus zapatones, intentando darle en las nalgas con un palo al otro hasta que uno de los enanos le mete zancadilla pues son más audaces que los gigantones y así, sucesivamente, los vemos hasta destornillamos de risa.

Por los Payasos habla la verdad
como escribió Freud, la broma no existe:
todo se dice en serio.

Sólo hay una manera de reír:
la humillación del otro. La bofetada,
el pastelazo o el golpe
nos dejan observar muertos de la risa
la verdad más profunda de nuestro vínculo.


Como escribió a propósito José Emilio Pacheco en su Circo de noche.

Todo el mundo es un circo y todos los hombres y las mujeres simples cirqueros que tiene sus entradas y salidas; un hombre en su tiempo, hace mucho circos y dependiendo de sus habilidades anda todo el tiempo por la cuerda floja o sale disparado como bala o es malabarista y los más audaces, hacen acrobacia por el aire y confiados dan un salto mortal antes que lo rescaten y lo pongan a salvo.

Ahora Vicente Rojo es el que ha dado un salto desde las alturas de su arte, tal como lo podemos ver en la Galería de López Quiroga —Aristóteles 169 en Polanco—, donde nos sorprende, como los payasos, porque desconocíamos esta faceta como artista y nos recuerda a aquel incansable e introvertido artista que, de pronto, decide vestirse de payaso, recorrer la pista de la galería con su nariz y uno de los sombreros que usan, calzarse sus zapatones y preparar cincuenta gouaches sobre papel y varias maquetas de su Circo dormido como si hubiese estado en las tres pistas, mientras escucha satisfecho a su público que levanta las cejas asombrado de ver cómo ha podido este artista destilar la esencia y el colorido de la vida con tan buen sentido del humor.

El recuerdo de la infancia —tal vez del Circo Atayde Hermanos— o de haberlo imaginado o estado algún día en la vida en medio de ese sufrir tan disparejo como es la adrenalina al ver los que arriesgan la vida y el desahogo cuando salen los payasos y entre ese vaivén, pasamos del susto a la carcajada, desahogándonos de las fatigas o que nos libera de la carga de ser, la imposible costumbre de estar vivos, como escribió el poeta.

Rojo se ha puesto a jugar con la misma seriedad con la que lo hacen los payasos cuando ensayan sus rutinas hasta que nos sorprenden, como logra hacerlo en casi todos sus gouaches alrededor del Circo dormido y que al verlas, se nos antoja ponernos el sombrero, la nariz y hacer reír a los nietos que nunca se imaginaron a su abuelo de esa manera.

Disfrutamos del factor sorpresa, del colorido y del buen humor de un Vicente Rojo que dejó de ser aquel introvertido, aunque sigue trabajando como lo hacía en la otra vida cuando diseñaba en la Imprenta Madero hasta las tres de la tarde para irse a su estudio y seguir ensayando con sus geometrías, lluvias secas o volcanes amenazantes y ahora, mejor se planta en la pista, se pone su nariz roja, se calza sus zapatones y nos regala la luz como la que nos puede regalar un artista en plenitud de sus funciones.