miércoles, 21 de julio de 2010

Dos farsas de Rossini y otros enredos

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 23 de julio, 2010.


No cabe la menor duda que Venecia tuvo fama de ser liberal, por eso los ingleses prohibían a sus hijos que viajaran a esa ciudad, cuando era toda una República, por aquello de que sabían que un inglese italianato, demonio incarnato. Las dudas que sembró Yago en el Moro sobre el campo de la fidelidad de la veneciana crecieron, pues sabían de la fama de las venecianas destrampadas tanto en el Carnaval como bajo la luz de la luna navegando por los canales, en las góndolas cubiertas.

Domenico Barbaja (1778-1841) fue un empresario que tuvo tres teatros: el de San Carlo en Nápoles, otro en Milán y el de San Moisés en Venecia, donde uno podía escuchar una ópera o una farsa, jugar en el casino, beber spumanti en el bar, comer como gourmet y escoger a una de las tantas cortesanas que asistían cotidianamente.

Al italiano le gustaba jugar y por eso permitía que los banqueros hicieran negocios y la caja del teatro registrara buenas utilidades, tal como escribió Stendhal a principios del XIX.

En 1810 Barbaja contrató a Gioachimo Rossini (1792-1868), que sólo tenía dieciocho años de edad, para que compusiera cuatro farsas entre ellas, La escalera de seda y La ocasión hace al ladrón, obras en un solo acto con un reparto entre cinco y siete cantantes, entre ellos un par de amantes y, por lo menos, dos escenas cómicas.

El estilo exigía que los cantantes fuesen buenos cómicos y mostraran esas habilidades. Como se pueden imaginar, la gente que iba al teatro y se divertía de lo lindo, pues el plan implicaba ver una farsa —con todo y sus enredos—, seducir a alguna de las bellas venecianas disponibles, jugar un rato a la ruleta, cenar y seguir la parranda hasta el día siguiente. Noche completa.

Por todo esto, estamos encantados de disfrutar por lo menos dos de las farsas de Rossini en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario con Rodrigo Macías como director musical; Ragnar Conde, director de escena; Miguel Peregrina, escenógrafo y Gabriel Ancira con el vestuario y un elenco con Rebeca Olvera, Josué Cerón, Guadalupe Paz, Daniele Zanfardino, Óscar Roa y el buen amigo Charles Oppenheim, desde el sábado 31 de julio a las 18:00 horas o el martes 3 y jueves 5 a las 20:00 horas, terminando el sábado 7 de agosto a las 18:00 horas.

En La escalera de seda, Dormont es el guardián de Julia y ha decidido que debe casarse con Blansac. En realidad Julia ya estaba casada con Dorvil, el amigo de Blansac y subía todas las noches a verla gracias a la escalera de seda que colocaba ella bajo su ventana para poder disfrutar del amor toda la noche. Las cosas se complican y se van haciendo varios nudos que sólo Dios o Rossini sabrían cómo desanudarlos o cómo cortarlos si resultaba gordiano.

Las farsas las pudo haber tomado Rossini de la vida real: desde que conoció a la cantante Isabel Colbran (1785-1845) esta mujer se convierte en su musa y en su pareja pues decía que traía su voz en el corazón, cuando componía sus obras. Era una soprano sfogato —pariente de la contralto, de timbre oscuro y registro amplio—, que había sido la amante de Barbaja, un hombre muy importante en la carrera de Rossini y, un poco antes o al mismo tiempo, era la querida del rey de Nápoles, tal vez de Joaquín Napoleón (1808-1815) y aunque vivió con Rossini desde 1815 hasta que murió en 1845, no le importó que el compositor tuviese su propia amante como era Olympe Pélissier, con quien se casó el año que enviudó. Por todo esto, las farsas y los nudos de las comedias de enredos tal vez sean una descripción grotesca de esa vida en Venecia.