La mujer en la ventana y las camisas al aire

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 9 de julio, 2010.


(Molinos de viento en La Mancha). Han terminado las clases y los jóvenes se preparan para disfrutar de sus vacaciones al mismo tiempo que el abanico de las posibilidades y de los bolsillos se abren o se cierran y los especialistas del entretenimiento, como esta guía del ocio, hacen su verano.

Amos Oz es un escritor israelí que, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias en el 2007, habló de La mujer en la ventana donde nos propone que leamos novelas sobre los países que vamos a visitar. Seguramente —decía— cuando lleguemos visitaremos los palacios, plazas y museos, disfrutaremos del paisaje y conocemos los sitios históricos. Si tenemos suerte, platicaremos con algunos de sus habitantes antes de regresar a casa con fotos, regalos y algunos kilos de más. Pero, si hubiésemos leído una o varias novelas sobre el país que visitamos, tendríamos otra clase de boleto, uno que seguro nos permitiría llegar a lugares íntimos: leer novelas sería la invitación para entrar a sus casas y saber lo imaginan y lo que sueñan. Por ejemplo, si un día vamos caminando y volteamos a ver una casa vieja, a lo mejor vemos a una mujer recargada en la ventana mirando fijamente. Lo normal es que saquemos una foto y sigamos caminando. Pero, si hemos leído una novelas, vemos a esa mujer recargada en la ventana y podemos estar con ella dentro de su habitación, imaginando todo aquello que le da de vueltas en su cabeza o que sueña.

Sin saber lo que proponía Amos Oz, hace años leí El Quijote de la Mancha antes de viajar por España con mis hijos. Ahora lo vuelvo a leer para acompañar a Don Quijote en su segunda salida, ahora acompañado de Sancho Panza su escudero que parece que sólo piensa en la isla prometida o en lo que le prometió la princesa Micomicona antes de salir de la Sierra Morena y se convirtiera en la bella Dorotea, para que en La Venta reencontrara a don Fernando, mientras el Caballero de la Triste Figura dormía a pierna suelta después de haber hecho pedazos los cueros donde guardaba el ventero su vino tinto —pensando que era un gigante— y que Cardenio se encontrara con Luscinda y los cuatro amantes se reconocieran, antes de volver a ver al caballero cómo repartía o recibía a diestra y siniestra y confirmar que, efectivamente, qué falta nos hace en este mundo que haya alguien como él que deshaga los agravios, enderece entuertos y enmiende las sinrazones, mejore los abusos, satisfaga deudas y todo esto lo haga en honor de la sin par y hermosa Dulcinea del Toboso, flor de la fermosura.

Hace años que pasamos un verano en España y de Madrid viajamos a Córdoba y Sevilla y de ahí, hasta la Costa del Sol para quedarnos en Almuñecar, donde vimos a una mujer en su ventana y nos imaginamos perfecto lo que le daba de vueltas a su cabeza y a su corazón. Ahí, veíamos a los títeres en el malecón y nos sentábamos con los hijos a reírnos, antes de tomar camino, atravesar La Mancha y cruzáramos Extremadura, seca pero llena de fantasías, una tierra, pensamos, que abandonaron los conquistadores para mejor irse a buscar sus reinos en el Nuevo Mundo, como leemos en el Quijote que haría el oidor Juan Pérez de Viedma, hermano menor de Ruy, el que estuvo preso en Argel después de la batalla de Lepanto y quien vio asomada detrás de la celosía a Lela Zoraida, para imaginar lo que pensaba, rescatarlo y llevársela a tierras cristianas.

La recomendación de Amos Oz es buena y la hago extensiva a sus mercedes, pues ya inició el verano y es tiempo que los deberes y las obligaciones se compensan con esos otros días, cuando podemos andar con la camisa al aire.