No es música: es el sonido de la Naturaleza

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 30 de julio, 2010.


(See-Villa donde pasó Mahler algunos veranos). Es algo indescriptible que nos envuelve y llega hasta cada uno de los posibles rincones donde están agazapados los sentimientos; nos hace pensar en los seres queridos y en la emoción de encontrarlos; en el amanecer o en eso de ver llover y no mojarse; es una obra pausada, la más pausada de sus sinfonías con un largo movimiento que nos pone en paz con el mundo, como si no tuviéramos prisa de acabar con los recuerdos y la nostalgia, ni con lo que acabamos de escuchar que ya pasó, como pasa la vida y así, esperamos a que llegue la voz de la contralto y nos sacuda con su reclamo y nos diga O, Mensch!, que nos detiene por un momento al corazón y sabemos que Mahler nos vuelva a quebrar sin que nos importe que este hombre no haya podido ser feliz excepto cuando componía en el verano sus sinfonías.

¿Ves mi amor, como siempre se cruza la misma sombra en la encrucijada del camino entre mis deseos y mis esperanzas? Me preocupo sin cesar y no veo solución alguna. Sé que cuando estoy feliz, destruyo para siempre la felicidad de otra persona —ya sabes a quien me refiero. Soy tuyo en todos los sentidos, como mi capacidad de darte aquello que es mío... —así le escribió Gustav Mahler a Anna von Mildenburg en 1896 después de haber compuesto su Tercera Sinfonía en el verano que pasó en Steinbach, uno de los más creativos de su vida, encerrado y exigiendo silencio absoluto.

Esto no es música —decía—, esto es el sonido de la Naturaleza que hay que dejarlo se vaya despertando (poco a poco) por completo. Ninguna otra de las obras de Mahler hace este tipo de exaltaciones a la Naturaleza como lo hace en el tercer movimiento de su Tercera Sinfonía que empieza con trinos de pájaros y un especie de Eco, la amante de Narciso, al otro lado del bosque.

Lo imaginamos con ese amor desesperado por la cantante incapaz de ser feliz en esta vida, preocupado de serlo porque alguien más iba a sufrir, si es que él es feliz por un tiempo con Anna von Mildenburg.

Mejor deja que la Naturaleza explote pausadamente y que todo se llene de olores y colores como esos que intuimos disfrutó durante el verano al mismo tiempo que se sentía solo y su alma. Por eso se le ocurre una triste melodía con un violín y un corno antes que entre toda la orquesta y llegamos a la voz —como la de Anna—, para que nos cante el despertar a la vida, aprovechando lo que decía Zaratustra y lo haga de manera lenta y misteriosa: O Mensch! ¡Hombre! ¡Préstame atención! ¿Qué dijo la profunda medianoche? “Yo dormía, yo dormía... y de un sueño profundo me desperté: el mundo es profundo, más profundo de lo que el día pensaba. Profunda es su pena y la dicha más profunda que la pena de su corazón. La pena dijo: ¡muere! Pero la dicha sólo desea la eternidad, sólo quiere una profunda, profunda eternidad!

La magia de los contrastes en esta la Tercera Sinfonía que empieza con la marcha de la Naturaleza, con las flores, los animales, las aves que vuelan o bajan y beben un poco de agua en el arroyo y, aunque usted no lo crea, con ese buen humor como el que tenemos cuando salimos a caminar por el campo.

Mahler pasa de la grandeza a la humildad y de pasada le declara su amor a Anna y le pide que no lo deje. Mientras escucharemos este fin de semana en la Sala Nezahualcóyotl, a la Orquesta Sinfónica de Minería con Carlos Miguel Prieto a la batuta, esos sonidos de la Naturaleza y los sentimientos encontrados entre el deseo, la nostalgia y la esperanza.