Resurrección de Mahler o la segunda oportunidad

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 16 de julio, 2010.


(Komponierthäuschen en See-Villa, Woerthersee). Nos enfrentamos, una vez más, a varias preguntas aterradoras —escribió Mahler a propósito del segundo movimiento de su Segunda Sinfonía— y luego, una voz se oye que grita: "llega el fin del mundo y el Juicio Final está a la mano"... entonces tiembla la tierra, las tumbas se abren y los muertos se levantan en una procesión interminable.

Se trata de la resurrección de los muertos o de la sensación que experimentamos cuando vivimos un cambio en donde asociamos aquello que muere (el pasado) con lo que se renueva (el futuro). Tal vez por eso, Ariel —el espíritu del cambio en La tempestad de Shakespeare— consolaba al príncipe de Nápoles cantándole unas canciones alegres para que aceptara la posible muerte de su padre en el naufragio y que pensara que ahora estaría convertido en corales y sus ojos serían como unas perlas, gracias al mar, donde todo es más hermoso.

Si algo ha muerto, algo surge de nuevo embellecido —como sucede entre el invierno y la primavera— o como Mahler estructuró esta Segunda Sinfonía conocida como la Resurrección que empieza con un alegro maestoso y luego baja de intensidad para fluya una melodía nostálgica, con un solo de violín acompañado por un lejano corno, como si recordáramos de pronto los momentos de alegría que tuvimos en la edad de la inocencia.

Esta Segunda Sinfonía se interpretará este fin de semana con la Orquesta Sinfónica de Minería en la Sala Nezahualcóyotl, bajo la batuta de Carlos Miguel Prieto que lo encuentro en el apogeo de su carrera y que ha dirigido la Primera de Mahler como pocas veces la he oído en vivo.

Es el deseo de volver a la vida, de renacer, de tener una segunda oportunidad como cuando nos levantamos de la lona —donde nos daban por muertos— para volver a volar, gracias a las alas construidas con el ferviente anhelo amoroso y el deseo de volar hacia la luz prístina, como sugieren las voces del último movimiento.

Mahler la estrenó en diciembre de 1895, el mismo año que Otto, su hermano menor se había suicidado. Aunque era un bueno para nada, un mitómano galopante, flojo y caprichoso, de todas maneras le pesó a Mahler como hombre sensible que era, a pesar de ser grave y ligero; sublime y grotesco; nocturno e inocente, que con todo eso compuso diez sinfonías de primera en donde nos muestra estas dualidades, además de buscar el absoluto y los significados de la vida, como sucede en esta Segunda Sinfonía que empieza con una marcha fúnebre, donde tal vez recordaba esos juegos prohibidos que hacía su hermanita Justine o el pánico que le dio cuando creyó que él era el difunto, rodeado de flores en su camerino.

En el entierro de Hans von Bülow escuchó la versión de la oda a la Resurrección de Klopstock y, desde ese momento, decidió terminar su sinfonía con esa musicalización. Este fin de semana vamos a ver cómo interpretan algunos de esos momentos felices con el andante moderato, que imaginamos como las vacaciones de verano que disfrutamos con una vida sencilla, esperando que llegue el temido juicio final y nuestra segunda oportunidad.

Después de los timbales, fluye la música como los arroyos en Steinbach donde se refugió ese verano para componer esta obra disfrutando de lo efímero de la vida, las maravillas de la Naturaleza y el pasado, soñando que renacemos bajo la luz prístina —Urlicht— que tanto nos conmueve cuando llega la voz de soprano que canta la soledad del hombre frente al universo y cuando escuchamos esa voz angelical —como lo pedía—, cantando al final de esta obra, nos viene a la memoria los momentos felices de nuestra vida, como aquellos cuando nos hemos podido levantar de la lona para tener una nueva oportunidad.