jueves, 26 de agosto de 2010

Estremecerse con el adagietto de Mahler

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 27de agosto, 2010.

Nada como el cuarto movimiento, el adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, un movimiento que Luchino Visconti utilizó en Muerte en Venecia (1971) y que, desde entonces, no podamos escucharla sin recordar la escena cuando llega Gustav von Aschenbach a esa ciudad y piensa... ¿quién no experimenta cierto estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez, o tras larga ausencia, en una góndola veneciana?, tal como lo escribió Thomas Mann en su novela que sirvió para esa película. El adagietto lo he escuchado solo, una y otra vez, sin el contexto de los tres movimientos anteriores, ni entre la secuencia de su desarrollo, insertado en una de las más grandes sinfonías de este compositor en donde, una vez más, expresa sus dualidades como esas que tenía dentro de su alma y que tan bien conocieron sus amantes como Natalie Bauer-Lechner, Anna von Mildenburg o Alma Mahler quien después escribió en su diario que la felicidad de Gustav, que debería de ser alegre y relajada, siempre está llena de ansiedad y de tormentos, como lo había notado durante su noviazgo.

Cuando ya lo conoció mejor, Alma pensó que esa actitud reservada era por falta de experiencia sexual; luego, imaginó que tenía miedo de involucrarse con una mujer tan joven y amorosa como era ella, aunque ella sabía que jugaba con él, mostrándole sólo una de sus caras: la que él soportaba.

El 5 de enero de 1903 esta Alma impulsiva, cachonda y coqueta registró y dejó rastro de esa obra en su diario: ayer me trajo su Quinta Sinfonía y hoy la tocamos completa; la encontré emocionante y me gustó mucho. Ahora, habla todo el tiempo de preservar su arte... Pero yo no puedo hacerlo —y nosotros pensamos, ¡pues no!, ¿cómo se atrevía a compararse con Mahler? ¿Quién se creía que era?—, en cambio —escribió— sí lo puedo hacer con (Alexander von) Zemlinsky, con él era posible, pues comparto los mismos sentimientos con su arte... es un genio. Pero Gustav es pobre, es tan miserablemente pobre... que estoy segura que si supiera lo pobre que es, escondería su rostro de vergüenza... Siempre tengo que mentirle... le miento constantemente y tendré que mentirle toda mi vida; con él lo puedo hacer, pero con su hermana Justi... ¡con esa vieja!... tengo la impresión de que siempre me está espiando... pero yo tengo que ser libre, ¡absolutamente libre!

Mahler aguantó todo eso y más o, más bien, aguantó hasta que el cáncer se lo permitió, para morir en 1911 a los 51 años de edad, después de haber compuesto todo un acervo musical, como pocos los han hecho en este mundo: enamorado de su Alma, al mismo tiempo era tan exigente de sí mismo y de los demás, que rayaba en ese perfeccionismo de los neuróticos. Era prisionero de sí mismo y de sus ideales —Visconti adaptó al personaje de Mann y de ser escritor lo convierte en un compositor que se estremecía cuando llegaba a Venecia en góndola para morir después de haber encontrado “La Belleza” en el joven Tadzio.

Este artista era incapaz de tolerar la debilidad de los demás y mucho menos de Alma, esa mujer tan ligera e impetuosa; tan caprichosa, frívola y, al mismo tiempo, tan calientita, ingeniosa, divertida y generosa cuando se le antojaba serlo.

Mahler compuso en la Quinta Sinfonía y ese movimiento admirable como es el adagietto que algunos dicen pudo ser un retrato de Alma y yo pienso que sí es posible que lo fuera, seguramente mientras la veía dormidita al amanecer. No lo sé, pero lo que sí estoy seguro es que este fin de semana la Orquesta Sinfónica de Minería cierra esta temporada inolvidable en un Concierto de Gala y esta Sinfonía como obra principal.