Mahler y su propuesta de viaje

El Universal, La Guía del Ocio, sábado 13 de agosto, 2010.

(Alma Schindler en 1899. Tres años después se casaría con Mahler). La Cuarta Sinfonía de Mahler empieza con unos cascabeles y unas flautas que los acompañan. Por eso, imaginamos que nos está proponiéndonos un viaje como el que vamos a hacer con esta obra diseñada con un primer movimiento en el que sugiere sea contemplativo, sin apurar, seguido de otro más cómodo y sin prisa, y de un tercero tranquilo, hasta llegar al cuarto y último para que éste sea muy cómodo. Con estas características imaginamos el edificio que escucharemos y el material con el que está hecho esta obra —que tanto se parece a los sueños de una juventud pasada—, como la podremos escuchar en la Sala Nezahuacóyotl de la UNAM, bajo la batuta de José Areán, director asociado de la Orquesta Sinfónica de Minería.

Mahler la terminó de componer en agosto de 1900 cuando tenía 40 años de edad y estaba enamorado de la jovencita Alma Schindler. Esta primera versión sufrió cambios durante una década, hasta que terminó como la interpretó en 1911 en Nueva York, unos meses antes de morir.

Las flautas y los cascabeles del inicio nos cautivan de tal manera que no podemos dejar de pensar en ellos por el resto de la obra —y, a cada rato, esperamos volver a escucharlos— como si quisiéramos seguir el viaje o ver pasar a uno de esos caballos que jalan una Berlina, acicateados por el látigo del conductor y que traen ese trote como si regresaran al establo después de haber recorrido extraños territorios.

Lo que se escucha es más bien contemplativo y al ritmo que indica el compositor en donde nos va mostrando el paisaje para que lo acompañemos sin apurarnos demasiado.

El paraíso de la Cuarta Sinfonía es un cielo ilusorio —como escribió Quirino Príncipe—, sólo soñado. La ilusión nos hace pensar que el sol está destinado a no volver a salir o está inmóvil sobre la línea del horizonte. Es un sol de medianoche, es un glacial clima sonoro que permea a la Cuarta en donde hay una larga persistencia o una terca obstinación como el de la vida cuando creemos tiene una finalidad y de pronto, es agredida por la muerte; todo el tiempo tenemos la certeza de que el sol del ártico se hundirá y no volverá a salir al día siguiente o la vida como la última gran ocasión que sólo algunos conocen.

El amor por Alma, una mujer veinte años más joven que el maestro tal vez lo inspiró para volver a vivir una juventud que se ha ido y no amar a tiempo y destarase a tiempo, como aconsejaba el poeta Leduc, sino que, para esas alturas de su vida lo ponían al desnudo enfrentando ese envejecimiento más bien interior.

El primer movimiento parece que está compuesto con música frívola del carnaval o de los cabarets de Viena y por eso los expertos dudan que se trate de música seria. Pero cuando llega el segundo movimiento, sin poder olvidar el buen humor del primero, percibimos una mezcla de sentimientos que van de la alegría, a la tristeza y que termina en un rondó cómodo, con los cantos del cuerno mágico del doncel.

Nadie pudo aceptar que el maestro Mahler estuviese de buen humor y por eso criticaron esta sinfonía calificándola como una pieza más bien escandalosa.

Los cascabeles anuncian el viaje y despiertan el deseo de la aventura que nos excita —como buenos quijotes—, a tensar al arco y soltar la flecha cuando escuchamos que todo está por terminar tal como lo compuso Mahler: sin prisa, como eran, tal vez, sus sentimientos.

Ha pasado un siglo y, como las grandes obras, ha acumulado varios símbolos plenos de significado alrededor del tiempo para que cada quien lo interprete según le ha ido en el viaje de su vida.