jueves, 19 de agosto de 2010

Niños y perros al jardín

El Informador, Tertulia, sábado 21 de agosto, 2010.


Hay una relación entre los grados de libertad de una sociedad —por pequeña que sea— y su capacidad de diálogo, de disentimiento y de tolerancia en las diferencias, es decir, entre saber escuchar y que las relaciones sean a través de un diálogo, o el monólogo unidireccional.

Digo históricamente, porque en tiempos de don Porfirio no había posibilidad de disentir, menos, interrumpirlo en sus discursos. Los viejos decían que los niños y los perros debían estar en el jardín y ese era el protocolo que aplicaban en sus casas. La siguiente generación, los jóvenes pedían permiso para hablar y, en todo caso, el que tenía valor, podía contradecir al padre de familia.

El sistema dictatorial, monolítico y unidireccional —muy aburridos, por cierto— producían tal clase de tensión que sólo se podía desahogar con una revolución.

El origen del conocimiento en Occidente es a través del diálogo. Tal vez porque así entendemos mejor las cosas. Sócrates les decía a quien estuviera a su lado, como le dijo a Eutifrón, que él creía que se valía discutir ya fuesen hombres o dioses —si es que los dioses discuten— y se valía discrepar sobre los hechos y hay que esperar que unos afirmaran si algo ha sido hecho con justicia y, otros, injustamente. Entonces, Eutifrón le contestaba si estaba o no de acuerdo y así Platón fue armando sus Diálogos, recopilando de esta manera el pensamiento y la enseñanza de filosófica del Occidente.

Ahora medimos el grado de salud de una familia o de una sociedad, por su tolerancia a las diferencias como la que puede haber entre un partido de la oposición y el gobierno en el poder. Cuando se da este diálogo, la conversación es más divertida y adquiere vida, como deberían ser las clases en la escuela, pues resulta más enriquecedor cuando uno trata de aclarar las diferencias que pueden haber de tal manera que unos escuchen lo que otros dudan y que, con el tiempo, se asiente un especie de consenso de mayor utilidad para la misma sociedad.

Ahora en las familias se opina y, si alguien no está de acuerdo lo dicen abiertamente sin que el padre se enfurezca ni lo mande al jardín con los perros. Desde el núcleo social familiar crece el deseo del diálogo hasta llegar a las Naciones Unidas donde así es como se ventilan las diferencias.

Somos testigos de la tensión que se crea en aquellos países donde no hay diálogo y sólo se escuchan largos monólogos —y los que opinen diferente, se quedan con la boca cerrada—, como sucede en Cuba, Nicaragua, Ecuador y Venezuela, donde sólo escuchamos monólogos floridos en un tono de verdad absoluta, tan, pero tan aburridos, que desesperan.