miércoles, 18 de agosto de 2010

Sublimar la ausencia de María Serrano

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 20 de agosto, 2010.


Hace años que conozco a Hugo X. Velásquez, un ceramista por excelencia que se ha dedicado toda su vida a explorar ese universo. En marzo de 1983 publiqué el libro escrito por María Luisa Puga como La cerámica de Hugo X. Velásquez. Cuando rinde el horno. En esa época, Hugo nos platicaba sus experiencias en Shigaraki, Japón en 1978, donde quedó deslumbrado con ese pueblo de ceramistas. Desde entonces, entendí el halo alrededor de los maestros de cerámica y el respeto por su oficio.

Estas historias convergen con una que me ha conmovido y que, por eso, deseo contarles: Alfredo Márquez ha sublimado la ausencia de María Serrano (-2010), ceramista y compañera y lo ha hecho de tal manera que, sin dejar de mirarla, pudo acompañarla lo más posible en su regreso.

Alfredo y María vivieron en Japón donde ella trabajó con su maestro y Hiro Ajiki, artista-ceramista de objetos y tazas (chawanes) para la ceremonia del té. María se convirtió en una maestra del té, parte integral de su vida —como escribió Alfredo.

En ese tiempo, el maestro les pidió que, cuando muriera, esparcieran sus cenizas por San Cristóbal o las integraran a unos chawanes —las vasijas de cerámica que se usan en la ceremonia del té y que se integran con la armonía, la pureza, su integración con la naturaleza, el respeto y la paz, como elementos explícitos de esa ceremonia.

Cuando María estaba en México le avisaron que había fallecido su maestro. A esas fechas, le habían declarado a María un cáncer terminal que no le permitió ir a Japón para cumplir los deseos de su maestro: El lunes 25 de enero de 2010 comienza la sexta y última semana de radioterapia —cuenta Alfredo—. Están Hiro (Ajiki) y Tatsue en casa, Aurora (Suárez) se rompió el brazo y, en dos semanas estarán listos los chawanes para ser vidriados y horneados.

Como buenos Samurais, se reunieron en la noche para tomar té, cenar y beber sake, como lo hacían esos guerreros antes de la batalla porque sabían que alguno de ellos podía morir al día siguiente, como le sucedió a María durante la sesión de radioterapia, cuando le sobrevino un paro cardiaco con el que, afortunadamente, se acabó pronto, sin prolongarle el dolor o sufrimiento... ‘ya no puedo más’ —dijo— y me estrechó la mano —como lo escribió Alfredo.

Después de leer esto en el catálogo, cuando vemos las dieciséis piezas torneadas por Hiro en el taller de Hugo y Aurora, vidriadas por ellos dos y por Alfredo —con el permiso de los ceramistas, se nos atasca la garganta: las piezas están a la vista en la Casa Luis Barragán.

Los Chawanes de María Serrano está formada por esas dieciséis piezas de cerámica donde sirven el té, además de las fotografías de Patricio Márquez Domenge quien documentó el proceso en el taller de Hugo; el catálogo lo diseñó su hermano Rodrigo y con esto, los dos han acompañado a su padre en su duelo por María Serrano.

Es una historia de amor y de dolor por la ausencia de María que, a su vez, honraba la ausencia de su maestro, pero, más que otra cosa, creo que Alfredo ha sublimado su duelo con los cuatro elementos con los que estamos hechos —además de los sueños—, los mismos con los que se trabaja la cerámica cuando rinde el horno: tierra, agua, aire y fuego.

En esta exposición se respira el mismo espíritu que se da en la ceremonia del té y parece que Alfredo hizo lo mismo que dijo María esa noche en su casa cuando salieron a despedir a los invitados, sin dejar de mirarlos para acompañarlos lo más posible en su salvo regreso.

Ahora Alfredo lo hace con esta exposición: despide a María así, para verla lo más posible en su salvo regreso.