Dime qué hago Juan, que estoy confusa

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 1 de octubre, 2010


(La señorita Julia (Maricela Peñalosa), fotografía de Roberto Paredes). August Strindberg (1849–1912) fue un especie de paranoico que pensaba era acosado por las mujeres y que fue un sentimiento que luego se transformó en misoginia y plasmó en sus obras, dándoles una fuerza y un dramatismo especial. Era el hijo de Carl Strindberg, comerciante sueco y de su madre, Ulrika Norling que había sido la criada y luego la amante de su padre. A esa realidad familiar en un siglo tan quisquilloso como el siglo XIX, se sumó el autoritarismo de su padre y la religiosidad de su madre que lo marcarían en su formación y le harían pasar una infancia infeliz.

La Señorita Julia (1888) es una de sus obras más famosas que, por fortuna, podemos ver ahora en el teatro de La Gruta del Centro Cultural Helénico los martes a las 20:30 horas, gracias a la energía y la pasión por el teatro de Ximena Sánchez de la Cruz, su productora y del director Sergio López Vigueras, quienes la han vuelto a poner en escena después de haber ganado premios en la UNAM.

Antes de que empiece la obra, vemos cómo las tres cuerda de un triángulo amoroso se van tensando y luego pasamos cincuenta minutos sufriendo de tal manera que, cuando termina la obra —y se ha soltado la flecha—, nos damos cuenta cómo Strindberg construyó esta situación agresiva, plena de soberbia y de amargura que se sobrepone al amor sin poder volver a pisar tierra.

De alguna manera ha expresado —invirtiendo los papeles—, sus fantasías relacionadas con la vida amorosa de sus padres, renovando la crueldad y el absurdo en el teatro, tal como lo hizo en el resto de su obra literaria.

En esta versión, la señorita Julia (Maricela Peñalosa), una joven sádica y al mismo tiempo débil, es la hija de un narco —no de un conde—, que la noche de San Juan decide divertirse con Juan (Rodolfo Blanco) su guarura —actor experimentado, entre otras en Eduardo II de Marlowe—, a ver si encuentra un sentido a su vida después de un noviazgo fallido.

El sadismo se hace presente y la tensión aumenta y en este caso, la señorita Julia se enreda con un don Juan de los guaruras, que siempre la había deseado, como deseaba las manzanas de la huerta donde se escondía para verla y, de alguna manera, es el espejo de Julia y receptor de varias bofetadas secas y sin trucos como las que recibe de las dos mujeres en ciernes: por un lado la señorita Julia y, por el otro, de Cristina (María del Carmen Félix), la cocinera en un papel contenido de primera a quien Juan le ha prometido que pronto se casarían. Los tres lados del triángulo bien afilados.

Strindberg nos quiere mostrar cómo los sueños y las ilusiones se mezclan con la humillación y la violencia en el mundo real pero, en esta versión, los sueños son más bien soluciones para librar el castigo. Por eso, San Francisco es el destino a donde deciden huir con una carga para traficar y, si la libran, poder dedicarse a los bienes raíces y desaparecer de la faz de la finca y del narco-padre.

Agotada, después de una noche muy sacudida, Julia le pide a Juan que dirija el operativo. Los hechos se desatan: Juan le ordena que prepare su maleta y consiga dinero para iniciar la nueva vida; Cristina se hace a un lado; cuando baja Julia con un ratoncito, Juan lo hace pinole y ella, desconcertada frente a la violencia, cambia de actitud y le pide le diga qué hacer, porque ella está confusa. El final no se los cuento para que sean ustedes los que se sorprendan en esta obra de Strindberg bien adaptada, bien actuada y que bien vale la pena ir a ver.