La vida, mientras los filósofos declaran

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 3 de septiembre, 2010.


(Puesta en escena de El filósofo declara, foto de Andrea López). El filósofo declara es una obra de Juan Villoro, una parodia de la vida de los intelectuales de otra generación, cuando se daba un especie de toma y daca entre ellos y los funcionarios de gobierno y estos los premiaban siempre y cuando aquellos les embarraran un poco de su prestigio para que el público los asociaran como buenos “amigos del hombre” o en todo caso, se supiera que el Presidente era un hegeliano no ortodoxo, como le convenía a su imagen política.

Es una obra en dos actos puesta en escena en el Teatro Santa Catarina en Coyoacán dirigida por Antonio Castro, con escenografía y vestuario de Mónica Raya y un reparto de primera: Arturo Ríos es El Profesor —a quien le decían "el Pulpo”— un filósofo cuya inteligencia es directamente proporcional a la neurosis todo un Homo ludens, un buen fajador que, por cierto, como se han dado otros casos, se casó con una de sus mejores discípulas, con Clara (Pilar Ixquic Mata), una joven brillante que conocía mejor que él mismo aquello de El ser en sí, obra que recientemente habían publicado con un tiraje de 80 mil ejemplares y un sólo lector: Jacinto (Edgar Parra), estudiante de filosofía en la universidad abierta, chofer, mensajero y mozo por las noches. Un verdadero presocrático, un hombre anterior a la razón —como le decía el Profesor—, que cuando hablaba, desesperado el maestro lo corregía, como lo hizo cuando regresó sin resolver el pago de su derechos de autor, porque decía que "la tinta tenía que haber sido negra, no azul, por eso ocupan otra firma... pero eso está complicado porque... la editorial está hasta lo que viene siendo Circunvalación... y con la calor que hace...”

Pero, el verdadero duelo es el que hay entre Profesor y su colega, el “Pato” Bermúdez (Emilio Echeverría), un maestro bueno para el salto de rana y para saltar de una cama a la otra. Como en Los duelistas de Joseph Conrad, son amigos y enemigos de siempre, el segundo era bueno para la grilla y por lo pronto, es el Presidente de la Academia que, según Clara, más bien pertenece a esa clase de atracciones que da vergüenza tener... es un especie de filósofo de hotel de paso, un hombre que aseguraba que las universidades no son lugares de encuentro sino de representación, escenarios para el ejercicio de la vanidad.

La cuarta en escena es Pilar (Fabiana Perzabal), la sobrina del Profesor recién llegada de la India. Hija de la hermana del profesor, la recuerda en su infancia, cuando se dio una relación con rasgos incestuosos: le había salvado la vida en el desierto... y esa noche —recuerda— durmió como nunca. No soñé. Estaba vacío. Fue mi contacto con lo indecible... Había olvidado esa epifanía... Al día siguiente me despertó una manita. Mi hermana me rozó la cara. Volví al mundo. Esa manita me trajo de vuelta. ¿Por qué lo hizo?

El primer acto es una comedia al ritmo del estado de ánimo del profesor y Clara su esposa que pasa de la exaltación del amor y de la cachondería a la disertación de las telarañas, al regaño y la broma y siempre retando a la inteligencia, como si jugaran ping-pong con la pelota de las ideas —con muchas palabras y poca acción—, pero que nos reímos un buen rato.

El segundo acto es un drama y el cambio de tono les cuesta trabajo a los actores, pues el Profesor pasa a la exaltación del amor y la amistad con su Némesis que, como buena rana de los deportes extremos, vuelve a ejercitar el salto mortal ahora con la sobrina hasta que la pareja de anfitriones declararan que, en realidad, ha sufrido una muerte congruente, una muerte moral o el crimen perfecto, el asesinato filosófico, sin culpables: una muerte por argumentación.