Grigori como zar y Juanito como delegado

El Informador, Tertulia, sábado 23 de octubre, 2010.

(Boris Godunov en la puesta en escena del MET de Nueva York). Por alguna razón, tratando de digerir la ópera Boris Godunov de Modesto Mussorgski que es un poco densa pero la más famosa de este compositor que se transmite este sábado en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas del Teatro Diana de Guadalajara y del Auditorio Nacional en la ciudad de México, asocié parte de la trama en las brumas de una fantasía en donde imaginé que Gregori, quien resultó ser un falso zarevich, logra el poder apoyado por Marina Mnishek quien, a su vez, deseaba recibir los beneficios como zarina, usurpando el poder desde su palacio en Sandomir. Rafael Acosta el famoso Juanito de la banda sobre la frente, lo hizo en Iztapalapa (delegación de la ciudad de México) asumiendo el poder sólo para pasarle la estafeta a Clara Brugada Molina desde su palacio en Santa Martha Acatitla.

Los dos se aprovecharon la anarquía que había en su momento y cada uno en los territorios: Juanito, en la brava delegación Iztapalapa —sede de los comercios de las partes robadas de los coches— y Grigori, en la Rusia zarista de finales del XVI, cuando padecían del dominio del Boris Godunov como zar, acusado de darle muerte a su hijo Dimitri y de perseguir a los boyardos (terratenientes) y a los jesuitas.

Grigori se hace pasar por el zarevich Dimitri y organizan una falsa y milagrosa resurrección. Juanito acepta el trato con AMLO para ganar las elecciones y, de esta manera, tanto Juanito, como Grigori, que eran dos perfectos desconocidos, se convierten, uno en candidato sustituible y, el otro, en un falso zarevich.

Rodeado de un coro como en la ópera, cuando Juanito recibió el poder cantó el Himno Nacional a capella acompañado del coro de vecinos de la Santa Martha Acatitla Sur. Grigori, una vez en el poder, fue recibido por un coro de vagabundos que le cantaban a la esperanza, coros rusos que emocionan mientras él caminaba con la corona sobre su cabeza dándoles nuevas esperanzas y liberando a los jesuitas y al boyardo antes de regresar a Moscú seguido por una multitud.

Juanito es delgado por unos cuantos días antes de pasarle la estafeta a Clara Brugada, gracias a AMLO; Grigori simula ser Dimitri, apoyado por el monje Pimen —el LO de la Rusia zarista—, quien jura que ese joven revivió de milagro con tal de que siga la función.

Juanito dio el grito de Independencia —en la esquina de Luis García y Carlos Canales—, gritando: ¡Viva México, viva Iztapalapa!, seguido de un niño que gritó ¡Viva mi abuelita! Al final de Boris Godunov se queda el idiota del pueblo lamentándose del amargo destino.