Jordi Savall y sus locuras criollas

Día Siete, domingo 10 de octubre, 2010, (No. 528).

Son pocos los que pueden olvidar la música de Monsieur Saint-Colombe en Tous le matins du monde (1991), la película de Alian Corneau (1943-) en donde nos cuenta la vida de dos músicos que vivieron a finales del siglo XVII, un de ellos era un virtuoso de la viola da gamba —instrumento que es y suena como el cello pero que no descansa en el piso, sino que se sostiene entre las piernas—, quien, a la muerte de su esposa, desconsolado, se aisló del mundo para interpretar su música a ver si lograba, como Orfeo, volver a ver a su mujer fallecida un día cualquiera. Ausencia de la que no se pudo recuperar excepto a través de su viola.

En esa misma película escuchamos la música de Marin Marais (1656-1728) —con Gerard Depardieu en ese papel—, discípulo de Saint-Colombe y de Jean-Baptiste Lully quien lo contrató para tocar con la orquesta de la corte de Luis XIV de Francia para ser nombrado en 1679 como Ordinaire de la chambre du roi pour la viole hasta el final de su vida.

Marin Marais se escapaba para escuchar a su maestro Saint-Colombe y, agazapado, envidiaba la música que improvisaba su maestro tan cerca de la perfección porque trataba con los dioses. Los dos músicos contrastaban en la forma y en el fondo y, por eso, cuando escuchamos a Saint-Colombe, nos transporta a un mundo espiritual, en cambio, la música de Marais, era para entretener a la corte, cuya orquesta dirigía Lully con un bastón golpeando el suelo, hasta que un día se dio en un trancazo en uno de los pies y meses después murió por la infección producto de ese golpe.

Saint-Colombe cortejaba a los dioses para que le permitieran volver a ver a su mujer y por eso, interpretaba una música extraña que nos envuelve entre sus olas, como las que iba produciendo en diferentes tonos.

El músico que estaba detrás de la pantalla tocando la viola da gamba era nada menos que Jordi Savall i Bernadet, músico nacido en Barcelona en 1941 que, para estas fechas, se le considera como uno de los grandes de ese instrumento, gran director de orquestas y musicólogo especializado en la música de la Edad Media.

Savall es Saint–Colombe con un mimetismo perfecto y nos imaginamos que, desde el momento que descubrió esa música conservada en un cuaderno de notas con forros de cuero en donde el maestro apuntaba sus ideas para interpretar con su viola da gamba y que jamás publicó porque decía que eran simples improvisaciones de cosas que se le ocurrían en un momento dado y por eso, no las consideraba obras terminadas.

Jordi Savall tuvo la habilidad de ver el mundo a través de ese violagambista del XVII y descubrir lo que sentía, pues la versión que nos ofrece, a propósito de ese personaje, perdura hasta nuestros días. Logró trasmitirnos, en toda su extensión, la pureza de un arte antiguo compuesto por un virtuoso como es esa obra ahora conocida como Tombeau des Regrets o La tumba de los pesares.

Recientemente Jordi Savall ha grabado El nuevo mundo, Folías Criollas en donde ha incluido algunos temas mexicanos como El Fandanguito que, si mal no recuerdan, empieza diciendo así:

Como arroyo cristalino
brota de mi pecho el verso
cuál momento es más divino
cuando estoy contigo, pienso,
cuando yo tus ojos miro
o cuando tus labios beso.


Celebramos el hecho de que haya incluido esta música con todo y su virtuosismo, pues, con esta nueva versión ha llegado hasta las mismas costas de Veracruz, que fue la puerta de entrada para ese encuentro que se dio entre los dos mundos y las dos culturas.

Savall se ha dedicado a recuperar la música medieval como las famosas Cantigas del Alfonso X que, para su fortuna las encontró con todo y la notación musical espléndidamente caligrafiada tal como lo había ordenado ese rey en el siglo XIII en plena Edad Media Baja.

Con Alfonso X —nos dice Antonio Alatorre en Los 1001 años del Español— se inició lo que ahora conocemos como español y que es el idioma que hablamos. Alfonso X, el Sabio reinó de 1252 a 1284 y fue el parteaguas de nuestro idioma. Dejó a un lado las guerras y conquistas para crear un gran centro de estudios con suficientes copistas que empezaron a publicar todo lo que se pudo en esto que ahora conocemos como el español.

Las Cantigas de Alfonso X, tal como las que Jordi Savall ha recuperado e interpretado, las escuchamos en julio de 1991 cuando estuvimos en Morelia con Eduardo Mata dirigiendo a Lourdes Ambríz y al Cuarteto Latinoamericano que interpretaban una versión del cubano Julián Orbón (1925-1991) como las Tres Cantigas del rey en donde, claramente, nos imaginarnos a un Jordi Savall con su viola de gamba, acompañando la delicada voz de la soprano mientras cantaba en español antiguo aquello que dice:

A creer devemos que todo pecado
Deus pol a sa madre vera perdoado
Por end’ un migrare vos direi mui grande
Que Santa María fez e ela mande
Que mostrat-o possa per mi é non amde
Demandan’a outre que de de recado.


La viola da gamba es un instrumento de finales del siglo XV, hasta las últimas décadas del XVIII. Tiene seis cuerdas, afinadas por cuartas (con una tercera mayor entre las centrales), Es un instrumento que se sostiene entre las piernas —no como el chelo que se apoya en el suelo clavando el puntale—, y es tañido con el arco palma arriba. Está muy cerca de la voz humana, por eso gusta tanto cuando tocan sus graves que nos dan la sensación de sosiego o cuando tocan los agudos que nos provocan una cierta excitación, pero, lo más interesante —dice Jordi Savall—, es poder viajar con Bach, Monteverdi o Marais para que nos lleven a esos lugares en donde no hace falta ninguna otra explicación.

Savall empezó a estudiar música a los seis años de edad en Igualada, cerca de Barcelona. En 1965 acabó sus estudios superiores de música y cello en el Conservatorio de Barcelona para irse a estudiar a Suiza en 1968 donde siguió su formación en la Schola Cantorum Basiliensis donde decidió dedicarse a reivindicar ese instrumento, casi olvidado, como era la viola de gamba.

A partir de entonces, se dedicó obsesivamente a investigar, rescatar y darle su lugar a la música antigua que había sido compuesta en la península Ibérica o en el resto de Europa. De ahí las Cantigas del rey y la música del señor Saint-Colombe.

En 1970, un par de años después, empezó su carrera como intérprete de la viola de gamba y, a esas alturas de su vida, es uno de sus más grandes con ese instrumento. Ha fundado tres grupos musicales: Hespèrion XXI, La Capella Reial de Catalunya (1987) y Le Concert des Nations (1989) y en estos tres conjuntos ha incluido repertorios musicales de la Edad Media y algunas composiciones del siglo XIX, obras que siempre interpreta con el máximo rigor histórico.

Ha tenido mucho éxito como interprete y, por supuesto, le han pedido que participe en otras películas dentro de ese lapso histórico además de Todas las mañanas de mundo del siglo XVII, tal como sucedió en las dos versiones de Juana de Arco dirigida por Jacques Rivette: Jeanne la Pucelle I y II, Las batallas y Las prisiones que se remontan al siglo XV.

Aunque se sabe poco de la música profana de la península ibérica antes del siglo XIII, hay algunos lamentos visigóticos y canciones de la sibila pero el legado más importante, sin duda, es la antología recopilada por el rey de Castilla y León, el rey Alfonso X más conocida como las Cantigas de Santa María con más de 400 canciones, uno de los mayores monumentos de la música medieval.

A Alfonso X le gustaba mucho la música y, por eso, fue mecenas de los trovadores, entre ellos, Guiraut Riquier, que pasó una temporada en la corte de ese rey. Al analizar estas obras, Jordi Savall se pregunta si en las miniaturas que adornan las Cantigas aparecen músicos e instrumentos árabes, ¿no será que esas melodías tienen que ver con los moros? Tal parece que los ritmos y la tendencia —como sucede en las monodias profanas europeas— se derivaron de los moros, como aseguran los expertos en esa materia.

En toda su carrera Savall ha dirigido orquestas de prestigio y, como ya lo hemos dicho, ha reivindicado la música antigua. Por eso, andando el tiempo, lo han nombrado Officier de l'Ordre des Artes et des Lettres por el Ministerio de Cultura de Francia (1988); en 1990 recibió la Creu de Sant Jordi de la Generalidad de Cataluña; ocho años después, le dieron la Medalla de Oro de las Bellas Artes (1998) del Ministerio de Cultura de España y desde 1999 es Miembro de Honor de la Konzerthaus de Viena. También ha recibido el Premio de Honor de la Fundación Jaume I y Doctor Honoris Causa por la Université Catholique de Louvain (Bélgica). Su discografía llega a más de 120 grabaciones con 50 premios internacionales. Desde 1998 publica sus obras en su propia firma, Alia Vox, una empresa que ha creado para poder satisfacer su visión y grabar las obras que tanto le agradecemos haya recuperado.

En julio de este año, durante la edición de este año del Monaco Dance Forum, en un escenario al aire libre, a espaldas de la ópera de esa ciudad y frente al mar, Alonzo King estrenó Writing ground, un programa en colaboración con músicos, escritores y coreógrafos en donde la divergencia de lo que se escuchaba y se veía se terminó en el momento que se pudo escuchar la enjundiosa y compleja suite musical basada en algunos fragmentos de música antigua —con todo y fanfarrias—, donde volvió a brillar el trabajo de Jordi Savall, que contrastó brutalmente con el resto de la música. De pronto se escuchó algo ligero, con acentos elevados y en ascensión —como se expresa la esperanza, ese deseo que el hombre guarda en el fondo de su alma—, y con esas emociones, pudo trazar lo referentes iconográficos del barroco.

Una vez más el virtuosismo de Savall logra expresar los deseos del hombre y que nos permite imaginarnos se puede evitar el dolor y así, poder enfilarnos, viento en popa, hacia una felicidad que desconocemos.

Con el corazón horadado
y en el vacío de mi mente
mi horizonte se ha nublado
como presagiando la muerte
pues cómo aceptar resignado
el vivir pero no verte.


Como canta El Fandanguito que viene a colación por la versión que prepara Savall con sus locuras criollas de este tan conocido Nuevo Mundo. Arcadi Espada lo entrevistó y por eso nos enteramos que Savall vive por y para la música, al igual que su mujer, la soprano Montserrat Figueras.

—Yo diría que la música —dijo Savall— pone al hombre en contacto con unos fenómenos que no se logra con otras experiencias convencionales.

Jordi Savall tiene dos hijos: Ariana, canta-autora y arpista, y Ferrán, también cantautor e intérprete de la guitarra y de la tiorba barroca (parecido al laúd barroco) y todos viven a las afueras de Barcelona en una especie de taller o templo.

—¿Me preguntas que me da la música en la vida? —le preguntó Espada— Me da esa armonía que contrasta con el caos en el que vivimos; me da paz, emoción y felicidad... y luego nos explica cómo la música y su interpretación lo acerca a la idea de lo divino —como a Saint-Colombe— y cree que es un milagro cuando escuchamos la música en el interior —esa recóndita armonía—, pues el ritmo, el fraseo y su improvisación, toman vida de manera fugaz.

—La música —dice Savall— está antes que las palabras y por eso un niño percibe, por la forma en que se las cantamos, el amor de sus padres aunque no entienda lo que dicen: si le decimos ¡qué feo eres! pero lo hacemos con una voz melodiosa y con cierta ternura, no le importa al niño; en cambio, si le decimos ¡qué bonito eres!, y lo hacemos gritando se espanta y seguramente llora.

La cuestión es saber por qué la música es capaz de producir emociones sin otra explicación. Para disfrutar la música de Bach —dice—, no hacen falta que alguien nos explique nada. Nuestra vivencia musical depende de nuestra sensibilidad, espiritualidad y capacidad para emocionarnos y, no tanto, de los conocimientos abstractos.

Jordi Savall es un virtuoso de la viola da gamba que a sus 70 años ha logrado sublimar la música antigua para darle la dimensión que se merece y, por todo eso, se lo agradecemos.