Lascuráin o el poder que corrompe en 45 minutos

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 24 de octubre, 2010.

( Erando González como Lascuráin en la puesta en escena del Teatro de la Paz). Tal parece que en cuarenta y cinco minutos o menos florecen los vicios que se apoderan del hombre cuando asume el poder: la prepotencia, el abuso, la corrupción y, no podía faltar, el acoso sexual. Todos y cada uno de ellos los imaginó Flavio González Mello y los escribió en una tragicomedia del poder —donde nos duele ver ese paulatino cinismo que se va apoderando del político—, como fue el caso —bien documentado— del licenciado Pedro Lascuráin Paredes, que ocupó la presidencia de la República 45 minutos después de la decena trágica en el año de 1913 y que ahora lo recuerda Flavio en esa obra de teatro que ha vuelto al escenario en donde lo efímero del poder —o en todo caso de la vida—, resulta ser tal como lo habíamos escuchado en la voz del Macbeth medieval de la obra de Shakespeare, cuando dice que la vida no es más que una sombra que pasa, un pobre actor que se pavonea y gesticula una hora en el escenario y después, no se le oye más; es un cuento contado por un idiota, pleno de sonido y furia que nada significa.

Basado en un caso de la vida real, esta historia pertenece al ámbito de la Revolución que tanto hemos cacareado durante este año. El licenciando Lascuráin se puso la banda tricolor unos cuantos minutos, tan pocos que nadie más lo ha hecho en la historia de México.

La obra la pueden ver en el Teatro Casa de la Paz (Cozumel 33 de la colonia Roma) y está en escena de jueves a domingo, ahora que el papel de Lascuráin está a cargo de un gran actor como es Erando González (quien adaptó un Ricardo III de Shakespeare, en un monólogo espléndido, como si fuera un sueño) manteniendo así la altura que necesita esta comedia política, con la jiribilla de González Mello, como la tuvo 1821, el año que fuimos imperio.

Lascuráin —apellido del que abundan miles de seres colgados de las ramas de ese árbol genealógico—, nació en la ciudad de México en 1856, estudió leyes y fue director de la Libre durante dieciséis años hasta que la Revolución le hizo justicia: al triunfo del movimiento fue nombrado por Madero como Secretario de Relaciones Exteriores, puesto que ocupó en dos ocasiones: primero en 1912 y después de la decena trágica del mes de febrero de 1913.

Cuando Lascuráin supo que Madero y Pino Suárez corrían peligro, trató de convencerlos para que renunciaran pero no pudo lograrlo: ya que estaban presos en el Palacio Nacional el Congreso decidió aplicar la Constitución de 1857 en donde se establecía que, en ausencia del Presidente, el Gobierno debía de recaer en manos del Secretario de Relaciones Exteriores y, tal como fue planeado por Victoriano Huerta, Lascuráin fue nombrado Presidente interino pero no tuvo tiempo de montar mucho a su caballo, sólo el tiempo suficiente para rendir protesta, nombrar a Huerta como nuevo Secretario de Relaciones quien sustituyó a la brevedad a su compadre Lascuráin, arrebatándole la banda tricolor para que él asumiera legalmente la Presidencia de la República.

Pero Lascuráin gobernó 45 minutos y ese fue el tiempo suficiente para que se demostrara paulatinamente lo podrido que está por dentro un hombre cuando asume el poder. Murió en la ciudad de México en 1952 y lo podemos imaginar a esas alturas, al final de su vida que todavía saboreaba la suave textura de la banda tricolor que por unos instantes la portó para subirse a la escena y gobernar desde sus oficinas del Palacio Nacional, recordando cómo por un momento pretendió apoderarse unos instantes más de la silla presidencial, por aquello del pequeño dictador que tenemos todos adentro y que, en cualquier oportunidad, el poder se encarga de darle vida.