Lleno de vida como el Réquiem de Mozart

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 29 de octubre, 2010.


A la memoria de Alí Chumacero (1918-2010)
(Flores de muertos o Cempasúchil, Tagetes erecta). Este fin de semana la Orquesta Filarmónica de la UNAM va a interpretar en la Sala Nezahuacóyotl el Réquiem de Mozart, una de las grandes obras de este compositor, donde se expresa el deseo del hombre de ser aceptado y por eso pide que le den el reposo eterno: Réquiem aeternam dona eis, Domine — Señor, danos el descanso eterno y que tu eterna luz lo ilumine para ver si logramos ver aquello que nunca los ojos han visto, ni los oídos escuchado, en un concierto que viene a cuento por las costumbres del 1º de noviembre cuando recordamos a los que se han adelantado en el viaje y cuya ausencia nos provoca cierta angustia, tal vez porque nos recuerda nuestro fin propio. Con este concierto podremos digerir eso de pasar nuestra hora por el escenario y llegar hasta el fin de la obra.

No podemos dejar de disfrutar la vida por ser efímera, como no podemos dejar de disfrutar los que nos rodean, aunque nos entristezca que se hayan ido, aunque algo de ellos se queda dentro de nosotros: la sonrisa, una actitud frente a la vida, su inteligencia, su gesto adusto o su nostalgia, como esa que entendí a través de Chéjov, y así, con el Réquiem podremos consolarnos y aprovechar esta interpretación de la muerte para entender o, por lo menos, de aceptar la realidad y caminar —aunque sea dando tumbos— hasta aceptar lo efímero, como lo explica Matthew von Unwerth en Freud’s Réquiem, cuando cuenta aquel día imaginario que Freud, Lou-Andreas Salomé y Rainer María Rilke salen a caminar un día cualquiera en el verano, cuando estaban los tres en Suiza, para que todos pudiesen disfrutar de la belleza de la naturaleza menos el poeta Rilke, que se negaba a hacerlo porque sabía que esa belleza era efímera.

Señor, ten piedad de nosotros —cantan en la obra de Mozart el Kirye eleison— y nosotros recordamos cuando salieron a caminar en el verano y el poeta admiraba la belleza del paisaje sin poder sentir alegría alguna. Estaba preocupado porque la belleza que los rodeaba se acaba y desaparece cuando llega el invierno, como sucede con la belleza humana y con el esplendor de todo lo que el hombre ha creado —como el Réquiem de Mozart—, incapaz de disfrutar algo que hubiese amado pues todo lo que tenía valor, sabía que se quedaría trasquilado por el destino fatal de lo efímero.

Cuando el Réquiem llega a la Ira divina —Dies irae— antes del perdón, nos da pavor escucharlo tal como lo imaginó Mozart, tal como le sucedió a él al final de su vida alucinando al fantasma que le exigía la terminación de esa obra porque el tiempo se acababa. Pero después de la ira, la entrada triunfal.

Saber que todo lo que es hermoso decae —como se define en la entropía—, provoca diferentes impulsos: uno, nos lleva a un especie de abatimiento doloroso y melancolía como la que sentía Rilke; otro, nos impulsa a rebelarnos en contra de la realidad y nos dan ganas de creer que sea posible que todas las maravillas de la Naturaleza, del arte y del amor se desvanezcan un día en la nada, aunque sabemos que es absurdo y presuntuoso creer y, a pesar que lo deseamos con toda el alma, que todas las maravillas deben persistir y escaparse de los poderes de la destrucción.

Paradójicamente resulta que lo efímero hace que aumente más su valor y por eso debemos de disfrutarlo cada vez más. Pronto llega la Lux aeterna con la que termina el Réquiem de Mozart y nosotros salimos rumbo a la casa con todo esto que imaginamos a propósito de nuestro breve viaje por este mundo.