Renacer como el ave Fénix

El Informador, Tertulia, sábado 16 de octubre, 2010.

(Omar Reygadas, uno de los mineros chilenos). Como todo mundo, nos pasamos esta semana siguiendo la noticia del rescate de los 33 mineros chilenos que vivieron en las tinieblas durante 70 días y sus noches —quién sabe cómo las distinguían— para volver a la superficie de la tierra que era más de lo que podían soñar.

Vemos el operativo, la estrategia de sobrevivencia, el apoyo mundial con tecnologías de todas partes y un plan que consideró lo que fuese necesario para que estos hombres volvieran a la vida y eso es lo más deseable. Una vez más el renacimiento, la resurrección o la segunda oportunidad como la que desarrolló Mahler en su Segunda Sinfonía que nos llegó a fondo.

Volver a ver a su familia, a la mujer —o a las dos mujeres como parece ser que es el caso de uno de los mineros que imagino, no le importa enfrentarlas con tal de salir del hoyo; volver a ver la luz, recibir el golpe del calor que viene del desierto durante el día, saber que hay día y noche y no sólo la obscuridad total, recibir con la camisa al aire el viento que corre por la superficie arenosa y prepararse al frío de la noche, arroparse con la mujer y seguir soñando.

Eso que el resto de la humanidad vivimos todos los días, es para ellos —y para nosotros—, un buen ejemplo, es el paraíso y lo más deseable con todo lo demás que hacemos todos los días: comer y beber un buen vino como el que producen en ese país y celebrar con esos mariscos extraños que saben a yodo puro y que tanto disfrutan los chilenos.

Ese es el paraíso al que van a entrar y es el mismo que nosotros vivimos todos los días, ¿por qué no somos capaces de percibirlos así? Tal vez hemos perdido la capacidad de asombro, esa elemental habilidad para ver las cosas desde otra perspectiva, hoy es hoy y la luz del sol de este otoño está clara y nítida como pocas veces, por eso el Popocatéptl se muestra en todo su esplendor como pocos días al año.

Hoy quiero celebrar con los mineros chilenos disfrutando lo que ellos creían que nunca más lo iban a hacer, quiero sentirme como uno de ellos, como si yo también hubiese salido del hoyo sobre las alas del ave Fénix.

Hoy quiero celebrar con ellos como si yo me hubiese quedado encerrado y de pronto salgo a la superficie, poco a poco, hasta escuchar la gritería y el llanto, recibir el abrazo y el gusto, tener culpa y miedo y todo lo demás que siempre nos rodea en la vida real para gritar con ellos: ¡Viva Chile, mierda!