jueves, 18 de noviembre de 2010

La orgía perpetua

El Informador, Tertulia, sábado 20 de noviembre, 2010.


La Feria Internacional del Libro (FIL) en Guadalajara es una actividad que llama la atención a nivel hispanoamericano y que genera una buena fuerza centrífuga que jala mucha agua para ese molino y produce una derrama económica, además de que confirma el prestigio de anfitrión que tiene esa ciudad, ya de por sí iluminada con otras estrellas de diferente magnitud.

Serán nueve días donde la gente podrá conocer a algunos escritores y sus novedades literarias, entre ellas —aunque ya está a la venta—, la reciente novela de Mario Vargas Llosa bajo la luz de su flamante y merecido Nobel de Literatura.

Vargas Llosa estuvo el año pasado en la FIL platicando de su infancia y del día que se sintió como Adán, expulsado del paraíso, desde ese día que se apareció un señor que decía ser su padre para sacarlo del paraíso y acabar con su inocencia.

Ahora, conversará a distancia y lo veremos en la pantalla contando sus peripecias del Nobel o algo relacionado con El sueño del celta, empapada del negro funcionamiento de la justicia durante la época de la explotación del caucho en la Amazonía peruana.

A Vargas Llosa le debo varias cosas, entre otras, el haber podido disfrutar a fondo la obra de Flaubert Madame Bovary después de haber leído La Orgía Perpetua, donde profundiza en la tragedia de la mediocridad y en la trama de esa mujer que lo marcó para toda su vida.

También he podido compartir lo que vivió después de haber visto la obra El año del pensamiento mágico, un monólogo con Vanessa Redgrave como estrella. Lo he podido hacer desde que decidí caminar, flotar y caer en el vacío de las profundidades de las buenas obras de teatro que, en verdad, han tenido efectos poderosos no sólo por haber logrado conectar con nuestro propia historia, sino porque ha fluido la emoción.

Peer Gyant de Ibsen, por ejemplo, cuando éste fantasioso llega con su madre antes de su muerte, cuando sentí cómo explotó el volcán de los sentimientos agazapados de tal manera que afloraron convertidos en una lava húmeda incontenible.

También comparto con Vargas Llosa la comprensión del universo propio o ajeno de la nostalgia que puede dominarnos si sólo pensamos en la otra ciudad donde fuimos felices —el paraíso perdido de su infancia—, sin poder aceptar la realidad de la otra en la que vivimos, como les sucedió a Las Tres Hermanas de Chéjov que, desde una provincia espléndida, sólo pensaban en Moscú.

Vargas Llosa decía que el teatro es la mejor manera para vernos y saber cómo somos y tienen toda la razón. Por eso, este año estaremos celebrando con él sus éxitos en esa otra orgía perpetua, como la que disfrutamos entre los libros.