miércoles, 10 de noviembre de 2010

¿Quién se esconde detrás del velo de la novia?

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 12 de noviembre, 2010.


Son conocidas las sorpresas que podemos tener en el matrimonio, sobretodo, cuando la pareja que conocimos en el noviazgo resulta que nada tiene nada que ver con la que es después de casada y que, extrañamente, se ha convertido en el “enemigo”, como le dicen mis amigos de Guadalajara a sus mujeres, por supuesto, en su ausencia.

Por eso, nos reímos cuando nos cuentan o vemos este tipo de situaciones más o menos exageradas, como sucederá este sábado con Don Pasquale, la ópera bufa de Donizetti que se transmite en directo desde el MET de Nueva York al Auditorio Nacional en la ciudad de México, al Teatro Diana en Guadalajara y al Auditorio Luis Elizondo en Monterrey.

Hace tiempo que la risa dejó de ser esa clara expresión de satisfacción, como la que esbozan los bebés cuando gorgorean su risita después de tomar la leche del pecho —¡y qué presentación!—, cuando sabemos es una risa franca e inocente como no recordamos haberla vuelto a tener porque luego se convierte en un mecanismo de descompresión de la tensión generada por el miedo, la ira, la angustia, el dolor o la frustración y que vacía su contenido justo cuando lo hacemos.

Con don Pasquale nos reímos porque somos testigos de lo que puede suceder cuando ella o él cambia y se transforma —como Dr. Jekyll y Mr. Hyde—, una vez que se han casado, por eso, mejor nos reímos —como si descubriéramos una verdad agazapada tras la fachada de su esposa llamada Sofronia, como si se hubiera sacado la rifa del tigre, tal como nos la podemos sacar cuando nos casamos, como le pasó a don Pasquale.

La gente que no se ríe da la impresión de que está triste o de que está amargada. ¡Ah!, pero aquellos que se ríen, dan cualquier otra impresión porque parece ser que es gente que se toma las cosas a la ligera, que están llenos de vida y saben lo que es el amor, viven sin complejos y están satisfechos como los bebés que gorgorean de pura felicidad.

La lujuria de don Pasquale lo mueve para casarse con una mujer que tanto se le antoja y quiere aprovechar esa boda para matar a dos pájaros de ese tiro: uno, desheredar a su sobrino y dos, entregarse a los placeres que imagina le ofrece el matrimonio.

Pero don Pasquale no contaba con la astucia del doctor Malatesta que convierte el apacible hogar de solterón en un infierno, desde el mismo día que la joven viuda Norina —disfrazada de Sofronia—, se transforma y, de aquella novia coqueta y risueña que era antes de firmar su contrato, aunque era falso de toda falsedad, se convierte en el mismo diablo con todo y cuernos.

Aterrados vemos lo que le sucede en sentido contrario de lo creíamos, pues nadie nos habló de esa posibilidad, ni pensamos que los deseos y la lujuria tuviera uno que pagarlo con creces. Por eso, mejor nos reímos cuando vemos la realidad de don Pasquale y nos asombramos al confirmar cómo es que pueden cambiar las personas y aquello que parecía un día de verano, se convierte en una aterradora tormenta.

De solteras se comportan de una manera pero, cuando se casan —como Sofronia—, cambia de tal manera que logra doblegar al viejo Pasquale que, finalmente, acepta la boda de la viuda con su sobrino que lo vuelve a heredar, tal como era el plan original.

Hemos visto esta ópera en una versión de cámara, con Charles Oppenheim como don Pasquale; ahora, la podemos ver con James Levine a la batuta y Anna Netrebko como Norina-Sofronia, para saber ponerle buena cara al mal tiempo y disfrutar del azar en el matrimonio, en donde a unos les va como en feria y a otros de maravilla.