Vivir como si no vivieran, como ladrones

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 5 de noviembre, 2010.


La semana pasada estuvo en la ciudad de México invitados por el Festival Internacional Cervantino el Teatro Alemán de Berlín con la obra Diebe / Ladrones escrita por Dea Loher, nacida en Traunstein, Baviera en 1964, quien estudió filosofía y vivió un tiempo a Brasil para regresar e instalarse en Berlín.

Las expectativas de Diebe / Ladrones fueron rebasadas: es una historia bien escrita, con sentido del humor que va cayendo como lluvia ligera en el verano, mientras los personajes aparecen y desaparecen en una especie de plataforma de la rueda de la fortuna, como si fueran ejemplares de un zoológico humano que nos cuentan sus historias a profundidad —entre la realidad y la fantasía— estos personajes que trotan montados en la soledad, sobre el albardón de la angustia —o la agorafobia y la inmovilidad suicida—, o el amor que a veces se escapa de las manos como un pez en el agua o la senectud aislada del mundanal ruido e instalada en el abandono de quien extraña a quien más quiere y desprecia a quien más lo quiere.

Las historias de estos especimenes se entrecruzan —como atajos cinematográficos— en donde Linda Tomason (Judith Hofmann) nos lleva de la mano entre otras historias que se traslapan —como las olas del mar y del tiempo—, unas con sentido del humor y otras que contrastan con la pesadez de la soledad pero que giran sobre sus propio eje, sorprendiéndonos con pequeños grandes finales. En otras ocasiones nos hace reír a carcajadas, como en esa estación de policía cuando cuentan dos farsas pletóricas de ingenio que caminan de la mano con el absurdo. Dos pequeñas comedias en un acto.

La dirección y escenografía es de Andreas Kriegenburg quien diseñó cuatro plataformas que giran sobre un eje para traer o desaparecer a los personajes, como paletas de un gran molino que ocupa todo el escenario. Cada cuarto de giro es el corte de alguna historia de estos personajes: el padre Tomason retirado, extrañando a su hijo que no sabe está al borde del suicidio y Linda, su hija, mona, cariñosa y cristalina que se preocupa por visitar a su padre y le lleva una flor de regalo, mientras él la insulta diciéndole: ¡cada vez que vienes a verme me deprimo!

Algunas historias son una joya de la fantasía: como la del (hombre) lobo que aparece y provoca los deseos contenidos de otra pareja o como la historia que va tejiendo Linda imaginando los baños termales que un día van a construir en medio del bosque y que les dará trabajo a todos, además de que se hará cuidando la Naturaleza.

Las historias incluyen a un par de adolescentes, una joven que ha sido la hija in Vitro que desconoce al portador del esperma, que ahora se ha embarazado y vive el dilema del aborto; su amiga, una deliciosa pelirroja, nos hace reír cuando nos cuenta cómo la defraudó un tal Rainer Machatschek (Peter Moltzen), quien la explota en medio de un relato absurdo y delicioso y que luego sacude la frágil estructura de Linda, cuando parecía que alguien la iba a acompañar en su vida sin tener que inventar en su mesa esos lugares vacíos con un inexistente marido y un hijo al que veía a los ojos cuando le contaba las terribles historias del lobo que merodeaba por ahí, cerca del bosque. Por un momento le permite a Reiner que (por favor) le toque su piel suave y blanca como la nieve.

Sin duda, Dea Loher es una magnífica escritora que mantiene el balance entre el sentido del humor y lo trágico de la vida y que en esta ocasión necesitó casi cuatro horas para explicarnos la vida de esa gente que vive como si no vivieran, como ladrones.