Amor eterno que duró sólo un día

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 3 de diciembre, 2010.


(Roberto Alegna y Marina Poploskaya, como Don Carlo e Isabel de Valois, en la ópera don Carlo de Verdi ahora en el MET). Después de haber leído Dom Karlos, Infant von Spanien, el drama escrito por Schiller, Giuseppe Verdi le pidió a François Joseph Méry y Camille du Locle que le escribieran un libreto para componer la ópera Don Carlo para que se estrenara en París durante la Exposición Universal de 1867. Esta misma ópera, en la versión italiana de 1886, la podremos ver el próximo sábado 11 de diciembre transmitida en vivo y en directo desde el MET de Nueva York a las pantallas HD del Auditorio Nacional en la ciudad de México, del Teatro Diana en Guadalajara o del auditorio Elizondo en Monterrey.

Se abre el telón en el bosque de Fontainebleau: es el invierno de 1558, justo después de haber firmado el tratado de paz entre Francia y España. La princesa Isabel de Valois está perdida en el bosque pero ahí encuentra al joven Carlos, su prometido, para jurarle amor eterno, aunque sólo les duró un día, antes de enterarse que se casaría con Felipe II, rey de España y padre de Carlos, en lugar de hacerlo con quien había soñado.

—¡No! —reclamó—, yo estoy comprometida con su hijo —dijo sin que nadie pudiera hacer algo. Era la fuerza del destino.

Isabel sabía que cuando Carlos había nacido en 1545, su madre, María de Portugal, había muerto en el parto; lo que no sabía es que ese niño había nacido con un desequilibrio mental y una complexión enfermiza. Tampoco sabía que en cuanto pudo conspiró contra su padre y que trataría de acuchillar al Duque de Alba sólo para ser detenido, procesado y encerrado en el Castillo de Arévalo hasta que murió —diez años después que se habían encontrado en el bosque—, de inanición y delirio, el mismo año en que ella también moriría, en el parto de su tercer hijo:

—Y allá arriba, nos veremos en un mundo mejor —cantaban los dos amantes antes de que bajara el telón—, en el porvenir eterno que, para nosotros, ya suena la hora.

La ópera de Verdi considera el contexto histórico del viudo negro que era Felipe II, un fanático que no entiende de la libertad del credo, un poderoso hombre con una soberbia descomunal que reprime sus sentimientos por razones de Estado, un hombre intolerante que se encierra entre los muros de los ritos y los mandamientos producto de ese fanatismo y que termina viejo, podrido, en un charco de pus en su cama de El Escorial, con vista al altar principal para llegar al más allá en línea recta.

Verdi trató de expresar la lucha de la libertad contra la opresión política y religiosa y para eso, incluye a dos poderosos personajes: el rey Felipe II y el Gran Inquisidor, un político y eclesiástico muy influyente en ese siglo.

Durante el XVI España recibía tanto oro y plata del Nuevo Mundo que pudo consolidar su Imperio, convertirse en defensor del cristianismo y construir la Armada Invencible que fue totalmente destruida frente a las costas de Inglaterra y en el Mar del Norte. Un rey que había conseguido la autorización del Papa para ser el monopolio del comercio entre el Viejo y el Nuevo Mundo, con lo que nació la piratería con Sir Francis Drake a la cabeza.

Antes que termine la ópera, Isabel de Valois recuerda el bosque de Fontainbleau y el día que conoció a don Carlo. Por eso, canta frente a la tumba de su suegro Carlos V, enterrado en el monasterio de El Escorial:

—Tú que conociste la vanidad del mundo y que gozas en tu sepulcro del reposo profundo, si aún se llora en el cielo, llora por mi dolor y lleva este llanto al trono del Señor... Ahora, mis pensamientos vuelan a Fontainebleau, donde un día juré amor eterno que sólo duró un día.