miércoles, 15 de diciembre de 2010

De la cuna a la tumba entre las Navidades

El Universal, La Guía del Ocio, viernes 17 de diciembre, 2010.

(El árbol genealógico de los Valderrama). La larga cena de Navidad es una obra de Thornton Wilder (1897-1975) que tradujo, adaptó y ahora dirige Otto Minera (1948-) en el Teatro de la Comedia Wilberto Cantón (José María Velasco 59 en San José Insurgentes) y que estará en escena hasta mediados de enero.

El texto es superficial y repetitivo, pero la obra es entretenida y nos hace recordar las propias experiencias en ese ámbito. Por eso vemos en escena, entre broma y vera, los sucesos en tumbos entre una y otra cena de Navidad entre esas familias que intentan repetir una vieja tradición y que resultan fracasos completos porque están llenas de fantasmas como los que cuelgan del árbol genealógico y que van, desde los abuelos que iniciaron esa costumbre y que seguramente disfrutamos en un momento dado de nuestra vida, hasta nuestros días.

Son los Valderrama que un año deciden cenar en Navidad y está Lucía (Lumi Cavazos) y Rodrigo su esposo, celebrando en su casa nueva de un pueblo en donde cae la nieve y todo el paisaje es blanco, un poco antes de que muera Lola (Marissa Savedra), la madre de Rodrigo.

En realidad lo que han hecho es girar la rueda de la fortuna para empezar a ver nacer y morir a los propios y a los ajenos y recordar su ausencia en cada una de las cenas de Navidad a la que han invitado a otros parientes: al primo Bracamontes (Emilio Guerrero) y luego, a la prima Ercilla (Margarita González), una mujer que despliega su talento como actriz y que llega para quedarse en la casa abandonada de provincia donde los ausentes son cada vez más numerosos, así como para enfrentar a las nuevas generaciones, los celos, las envidias, las herencias y las profesiones tan diferentes a las que quisieran los padres.

Humberto Spíndola, el gran artista de lo efímero, diseñó tanto el vestido del ángel (Aketzali Reséndiz), que aparece en un cuadro plástico espléndido enmarcada entre nubes de un cielo azul en papel de china a la izquierda —según se ve— donde sale de vez en cuando cargando a los recién nacidos. A la siniestra, está la salida, con sus cortinas negras, también de papel de china, como alma en luto para que seamos testigos de los ciclos que se van repitiendo entre cada una de las cenas, ahora con las nuevas generaciones, impotentes de hacer cambio alguno como las olas del mar, que llegan una detrás de la otra desde su nacimiento hasta la muerte en cada una de las cenas de Navidad, hechas primero con regios guajolotes de doble moquillo que crecían por esos rumbos y, al final, con pavos de doble pechuga traídos de Wisconsin.

Recordamos las cenas de Navidad y esa tradición que una vez fue espontánea pero que, después, se convirtió en una velada nostálgica con algunos llantos contenidos por la ausencia de los seres queridos que una vez colgaban de las ramas del árbol genealógico, incapaces de cambiar o improvisar algo nuevo para esa ocasión.

Ahí está el recuerdo del pasado, ese que siempre fue mejor, y el despliegue de las pasiones, las reclamaciones, las conciliaciones y los perdones que benefician tanto al que lo da como al que lo recibe y mientras pasa todo eso, nos entretenemos porque el tiempo viene de atrás y llega al borde, para reencender la esperanza y reafirmar la continuidad de la vida, como dice Otto Minera.

Rosa (Victoria Santaella) es la muchacha y la nana que, sin hablar palabra alguna nos da la medida del tiempo y resulta ser el reloj que marca las horas desde que es una jovencita y la alegría de la casa, hasta terminar arrastrando las babuchas y desaparecer de la escena dejando a su hija, idéntica, en el reciente ciclo de la vida.