miércoles, 8 de diciembre de 2010

El tesoro de los sellos, la intimidad y su ocaso

El Univesral, La Guía del Ocio, viernes 10 de diciembre, 2010.


(Penny Black, el primer timbre postal). Nos asomamos por la ventana asombrados de la infinitud de pequeñas imágenes que puede uno conectar con otros universos, con otros tiempos y con otros espacios, antes de disfrutar del continente y del contenido: del continente y los muros blancos y lisos restaurados con delicadeza en tres patios techados por un azul profundo —como el que nunca vemos en estas latitudes— y, de pronto, un muro de adobe, como si alguien se desnudara —sin pena alguna— para contrastar el blanco del blanco.

El contenido son las miles de pequeñas imágenes, como en los fuegos artificiales, pequeñas estrellas que se alumbran antes de caer en la oscuridad, puntos brillantes que parecen que huyen y abandonan su trayectoria sólo para escuchar el canto de una sirena sobre el lomo de un delfín en los sueños de una noche en el verano.

Caminando por la ciudad de Oaxaca nos asomamos al Museo de Filatelia (MUFI, Reforma 504), a espaldas del convento de Santo Domingo para descubrir una las grandes colecciones de timbres postales que va desde la primigenia, la que todo mundo quiere conocer, la Eva de los timbres postales impresa por los ingleses en 1840 conocida como la Penny Black de William Mulready con el perfil de la reina Victoria de Inglaterra para pagar el servicio de mensajería. Después, le siguieron los demás países que decidieron diseñar e imprimir sus propias imágenes y, al mismo tiempo, los coleccionistas que las empezaron a guardar y clasificar con todo y los sobres, que ocultaban el secreto de la carta o el mensaje furtivo, amparada por el sello que garantizaba ese servicio.

Los timbres vistos en conjunto son la historia misma de las naciones y que mandaron hacer retratos de sus personajes ilustres, de sus mujeres, de sus monumentos o reprodujeron obras de arte o ilustraron parte de su flora y de su fauna —como los que luego le sirvieron a Toledo para inspirarse y hacer una colección de insectos—, y construir de esa manera lo que sería la historia postal con esa constelación que, en un momento dado, la conectamos con lo que nos interesa.

Eduardo Barajas Mendoza es el director de este Mueso sorprendente bajo el sol y luz de Oaxaca quien, desde hace más de una década, ha logrado crecer y mantener esas delicadas piezas de museo protegidas y al alcance de la mano para disfrutar de sus historias.

Georges Herpin le llamó filatelia en Le collectionneur de Timbres Poste en París en 1864, que viene de philos, amante y atelia, pagado de antemano y uno piensa que son personajes como los describe Heriberto Yépez en su novela El matasellos, donde mueren algunos de ellos, como van a morir los timbres postales y el servicio que los acompaña, desplazados violentamente por el correo electrónico, las redes sociales y los móviles.

Tal vez lo único que quede un rato más, serán las falsas cartas a Santa en Navidad, porque el resto, boqueando y moribundo está en el ocaso y por eso aumenta su valor y la ambición de tener las más raras de esas especies.

Cuando nos asomamos a esa ventana en Oaxaca, nos quedamos deslumbrados de ver y disfrutar tantas imágenes y retratos de mujeres, héroes de la historia, monumentos y recuerdos como la Olimpíada del 68 o el Mundial del 86 y el deseo de vernos modernos en el México de los cincuentas.

Desde esa ventana también escudriñamos la intimidad del remitente desde varios puntos de vista y diferentes perspectivas y por eso leímos en voz baja algunas de las cartas que escribió Frida Kahlo a su doctorcito, escritas con clara letra Palmer y redonda, sin que le temblara la mano a pesar de imaginarnos el dolor que seguramente estaba sufriendo.