miércoles, 28 de diciembre de 2011

Malabaristas de mentiras y falsedades

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 29 de diciembre, 2011.

Retrato de Isabel I más conocido como La Armada Invencible
Como algunos políticos en campaña, los mitómanos distorsionan la realidad convirtiéndose en malabaristas que lanzan al aire tantas pelotas como las mentiras que nos cuentan para mantener a la historia girando por los aires, queriendo hacernos creer “verdades” de las cuales hay que sospechar como bien proponía Lope de Vega, pero a ellos no les queda otra más que seguir lanzando una tras otra, resultando cada vez más difícil sostenerlas dando de vueltas. De pronto, cae todo por los suelos y nunca más volvemos a confiar en lo que dicen.

Llega un momento en que ya no saben qué fue primero, si la gallina o el huevo y su relato parece que se sostiene con alfileres que apenas aguantan el peso específico de la historia real y el equilibrio entre sus partes, pues son unas narraciones construidas como castillos en la arena o con naipes donde por la vorágine de sus historias, se complica la veracidad, sobre todo, si tratan de justificar las primeras mentiras con el resto de sus historias lanzadas por el aire. De pronto, agotados, se rompe el equilibrio con tantas mentiras y ruedan por el suelo las pelotas que habían lanzado al aire.

La narración se hace compleja, como si fuera al estilo del neobarroco: con todo y sus cupidos regordetes y ángeles de estuco que esconden la pobreza y austeridad de la época —con la crisis del Imperio Español en el XVIII—, provocando que salgan los rayos de la luz iluminando la verdad por su propio peso.

Así sucedió con el texto del malabarista John Orloff con el que Roland Emmerich dirigió el film Anónimo que hace semanas llegó a la cartelera para salir con cierta modestia, como si fuera una obra perdedora por ser el resultado de una serie de mentiras y falsedades increíbles —en el sentido de “que no se pueden creer”—, tratando de levantar un edificio que resulta como el de la Sagrada Familia de Gaudi que empezó siendo uno neogótico y sepa usted en qué termine cuando la acaben.

La película tiene varios defectos: uno, la trama que está construida por rumores y niegan la historia oficial de la Inglaterra del siglo XVI y principios del XVII. Dos, tienen un reparto fallido: Ben Jonson era un grandulón y buscapleitos —existe un retrato— y no un chaparrín y miserable dramaturgo que es el receptor de las obras de teatro del “auténtico” dramaturgo —otra de las pelotas al aire—, obras que son interceptadas —tercera llamada, tercera— por quien aparece como un mal actor, un borrachín de taberna, que es prácticamente analfabeta, como sugiere era William Shakespeare, un vago que, al final, chantajea al verdadero “autor” de las obras —otras pelotas más al aire—, que el malabarista propone que sea Edward de Vere, el conde de Oxford quien, además ser “el” dramaturgo, dicen que fue amante de la reina Isabel y –otra más al aire—, que la embarazó para tener —una más y ya se complica la narración—, un hijo bastardo que sería, nada menos, que el Tercer Conde de Southampton, y, para estas alturas la narración se hace compleja, confusa e inverosímil.

Cuatro, el conde de Essex paga en 1601, antes de su exigua revuelta la puesta en escena de un Ricardo III (el villano por excelencia) —como lo dice este malabarista—, y no, la de Ricardo II (la del rey que abdica y es víctima de sus favoritos), y con esta pelota al aire se caen todas las demás por los suelos, mientras Orloff, orgulloso de inventar ahora sí que “el hilo negro”, asocia al deforme Ricardo III con Thomas Cecil, el enano y jorobado Consejero de la reina, enemigo acérrimo de Essex.

Para hacer las cosas más complicadas, la estructura de la película utiliza el flash back para confundir más la narración y el bastardo crece al lado de Essex y por eso, de pronto, ya no sabemos dónde estamos. Lo único bueno es Vanessa Redgrave en el papel de Isabel I la vieja (ver retrato conocido como La Reina y la Armada Invencible) y, con su actuación que salva por unos dos momentos la película: sin dientes, sin voz, sin ojos, sin nada, como decía Jacques en la comedia del Bardo titulada Como les guste.

No hay que perder más tiempo en ese mundo de mentiras y falsedades lanzadas al aire por un malabarista confuso y pretencioso que intenta hacernos tragar sus historias. La verdad, no vale la pena dedicarle una línea más.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

La cuarta de las estaciones del año

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 22 de diciembre, 2011.

Los ciclos de la vida, como las cuatro estaciones, tienen su propia expresión en la naturaleza pero han sido sublimadas por algunos compositores, como Antonio Vivaldi (1678-1741) o, poéticamente, como T. S. Eliot en La tierra baldía cuando comienza diciendo: Abril es el mes más cruel. Alimenta a los lirios fuera de la tierra muerta, mezclando los recuerdos y los deseos… o, como escribe cada semana, desde hace años, Juan Palomar en el Diario de un espectador, publicado en El Informador de Guadalajara en donde, a pesar del trajinar de la vida, observa en detalle —como si leyéramos entre líneas—, el drama que se da en el jardín de su casa en las Colonias, como ésta que publicó en el mes de agosto cuando la casa se abandona a la lluvia como quien se entrega al abrazo de alguien querido y largamente ausente. Los pasos del agua sobre azoteas y las terrazas van sitiando al ánimo que solamente entonces reencuentra la clave que hace avanzar el año. Viejas palabras para las novísimas ceremonias del verano. En la inminencia de la tormenta, un muchacho vaga sin rumbo por el barrio en calma... o recientemente diciendo que de la pérgola va cayendo la lluvia lenta de las flores de la llamarada: dibujan en el aire sus explosiones anaranjadas, jubilosas…

Seguramente el cura rosso, como le decían a Vivaldi, hizo lo mismo desde la Plaza de San Marcos en Venecia observando, desde ahí, el paso de las estaciones para luego convertirlas en sus cuatro conciertos, más conocidos como las Cuatro Estaciones, cuatro composiciones donde hay silencios como si fueran pautas de ese drama, tal como las hace Palomar con el punto y seguido o los dos puntos, para darnos ese respiro que aprovechamos para imaginar la lucha de las partes, como se dan en ese jardín construido bajo los principios de Ferdinan Bac, tal como lo podemos comprobar cuando leemos que el largo flujo del tiempo levantó primero una guía tímida y esbelta. Buscando la luz y el aire siguió la enredadera sus instintos acendrados, sus caminos inmemoriales. Sin cesar y sin prisa el jazmín convirtió el paso de los días en una red intrincada de llamados y esperas. Las sucesivas olas de sus flores fueron rompiendo, por todo lo alto, contra la claridad y la tormenta: iguales, de algún modo, a los afanes de las gentes que por aquí han pasado.

Mimetizados, nos asomamos a nuestra terraza, en la frontera misma del invierno, para ver a las dos voluptuosas azaleas que han decidido mostrar su belleza y plenitud mientras otras flores —menos la Nochebuena—, ya han pasado a mejor vida. Las azaleas exuberantes nos enseñan una tras otra su flores, pero, el día menos pensado, decide que aparezcan todas juntas, como un coro rosado.

Vivaldi no se queda atrás y con sus Cuatro estaciones, recordamos aquello que contaba Laco Zepeda cuando era joven y estudiaba en Jalapa, cuando por fin tuvieron un tocadiscos con un disco con Las cuatro estaciones que escucharon todas las noches hasta que un día llegó un profesor invitado de la ciudad de México y lo sentaron —rito perfecto— para que escuchara la primera de las estaciones hasta que, de pronto, se levantó, cambió la velocidad del aparato de las 45 rpm., a las 33 rpm., para aquellos que recuerdan lo que eran los tocadiscos y Laco se dio cuenta que habían escuchado la primavera tan aprisa que pronto llegaba el verano tormentoso.

La luz puede ser la misma, nadie podría jurarlo. Atraviesa los años el Tabachín sembrado apenas ayer y la campana llama a quien ya no está para sentarse a la mesa, escribió Palomar en otra de esas instantáneas que impelen a observar la calidad de la luz en la Ciudad de México, envuelta en la bruma o en Oaxaca, cuando la luz ha recorrido el espacio para llegar virgen a ese valle de lágrimas.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Deberían leer, por lo menos, Las fábulas de Esopo


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 15 de diciembre, 2011.
La fábula del lobo y el perro: la libertad vale más que cualquier cosa.
En el Renacimiento, los humanistas se preocupaban por la educación de sus príncipes, tal le pasaba a Erasmo de Rotterdam (1466-1536) que, influenciado por las ideas de Platón publicadas en su República, escribió sobre este tema compartiendo con el filósofo tanto su poca confianza en el pueblo como en la democracia. Erasmo proponía que el príncipe debía de ser sabio y debía de tener una buena cultura adquirida a través de dos clases de educación: la clásica, en donde el conocimiento de Las fábulas de Esopo les podrían enseñar tantas cosas como saber que, aunque fuera el más fuerte del mundo, nunca debería ser un tirano, ni debería de provocar al enemigo. El otro tipo de educación se refería a la cristiana, en donde el príncipe ideal no sólo debía ser sabio, sino que debía vivir y actuar con unas ideas más cercanas a los evangelios (negocium que es la acción, opuesta al ocium de los que piensan). Por eso proponía que el ejecutivo, el que actuaba, debía estar rodeado de buenos consejeros de gente pensante y con eso, lograrían su meta como era la concordia, es decir la cum-cordia o vivir corazón a corazón, como una manera más humana de ejercer el poder para gobernar en paz.

Esto era más o menos lo que proponía Erasmo en la Querella de la paz en el sentido ambiguo del título, pues sabía del drama político y de la discordia o el altercado que se produce cuando intentan gobernar en paz, en donde los príncipes deberían estar al servicio de los suyos para el bien común, como Erasmo lo proponía y que, tantas veces ese deseo se contraponía a la realidad, como le pasaba a Enrique V que deseaba gobernar en paz cuyas horas fuesen provechosas para quien las trabaja, mientras enfrentaba al ejército de Carlos VI de Francia, allá en los campos de Agincourt.

Maquiavelo (1469-1527), contemporáneo de Erasmo, también se dedicó a aconsejar a los gobernantes y para eso publicó El Príncipe que se puede leer como una manera de quitarle la máscara a los gobernantes para que conociéramos la manera en que lo hacían los Borgia, por ejemplo. Maquiavelo, como Esopo tiene sus moralejas: es mejor ganar la confianza de la gente, que confiar en su fuerza, que vienen como anillo al dedo para los que ostentan el poder.

Años después, William Shakespeare (1564-1616) nos presenta dos casos que contrastan en cuanto a los resultados de la educación que recibieron para ser unos buenos gobernantes: por un lado, está Enrique V, el joven rey que conquistó Francia quien prefirió estudiar en el “universidad de la calle” para conocer a los que serían sus súbditos donde estaba Sir John Falstaff, quien decía ser su padre putativo allá en la taberna La Cabeza de Jabalí en East-Cheap, el Tepito de Londres. En 1413, una vez coronado, el arzobispo de Canterbury se asombra de la transformación del príncipe: era impredecible tal como lo veíamos en su juventud. Apenas su padre exhaló el último suspiro, que el desenfreno, ese que tanto lo mortificaba, moría también y, desde ese mismo momento se le ha despertado la reflexión, como si el ángel de la consideración hubiera descendido para expulsar de su alma el pecado de Adán... Con esa educación, es uno de los reyes más populares de Inglaterra.

En cambio, Hamlet, el príncipe de Dinamarca, siguió al pie de la letra la educación propuesta por Erasmo: fue a la Universidad de Wittenberg a estudiar filosofía y regresa al castillo de Elisnor después de la muerte de su padre, la usurpación del trono por Claudio su tío que además se casó con su madre la viuda del rey Hamlet y, el hijo, tan bien educado, tan buen lector y universitario, fue incapaz de gobernar a pesar de ser un filósofo —como sabemos que duda eso de ser o no ser—, un amante de las artes dramáticas que fue incapaz de tomar las riendas hasta que era demasiado tarde, para entregarle el trono al noruego Fortinbrás. Paradojas de la vida

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Venderle nuestra alma al diablo

INFOSEL, Crónica cultural del jueves 8 de diciembre, 2011.
Jonas Kaufmann, como Dr. Fausto en la ópera de Gounod.

¿Cuál sería el equivalente si hoy en día quisiéramos venderle nuestra alma al diablo? ¿Dejar a la mujer y a los hijos para irse a vivir con la amante? ¿Dejar IBM para trabajar con el demonio de Steve Jobs, y su promesa de cambiar el mundo? ¿Dejar al PAN para irse al PRD, aunque sea para ganar Zacatecas? ¿Abandonar el rancho de Tepa para irse al otro lado, como espalda mojada, para realizar el sueño americano? ¿Dejar Iusacell para contratar a Telcel o viceversa? No lo sé, pero lo que sí sabemos es que María Callas pensó que le había vendido su alma al diablo después de aceptar que la filmaran a los 53 años sobreponiendo su voz cuando estaba en su apogeo. Dejar a las Chivas para irse con el América, ¿sería venderle el alma a Mefistófeles?

¿Le hubiéramos vendido nuestra alma al diablo si éste nos asegura que Helena de Troya nos daría un beso en la boca y, con eso, la inmortalidad? Fausto de Marlowe se pregunta azorado si ¿es este el rostro que impulsó los mil navíos y puso fuego a las altivas torres de Ilión? ¡Dulce Elena, dame un beso y la inmortalidad! —y, después que la besa, al sentir el vacío de la muerte, se arrepiente diciéndole: mi alma se apega a tus labios y escapa de mí. Ven, Elena, ven; devuélvemela. Aquí he de quedarme, que el cielo son tus labios y, si no eres Elena, todo lo demás es polvo.

Tantas cosas que se nos ocurren que puede ser equivalentes a venderle el alma al diablo en nuestros días y que son tan diferentes a lo que se pensaba en otras épocas, por ejemplo, para mi tía Raquel, que vivió y murió en Tepa vestida de negro por guardarle luto a su madre, siempre me pregunté si no pensaba que era como venderle su alma al diablo el día que se hubiera puesto un vestido de colores.

A Fausto no le tembló la mano cuando firmó su pacto con sangre para entregárselo a Mefistófeles en donde quedó especificado de una manera irreversible todo lo que lograría mientras le quedara vida. Digo, irreversible, porque bien que lo sabía Mefistófeles lo que eso significaba: había caído junto con Lucifer, castigados para el resto de la eternidad y de manera “irreversible” para vivir en el infierno, tal como se lo cuenta: ¿tú crees que yo, que vi el rostro de Dios y supe de los gozos eternos del cielo, no me veo atormentado por los mil infiernos al sentirme privado de esa dicha imperecedera? ¡Oh, Fausto!, deja ya de hacer estas preguntas que intimidan a mi espíritu desfallecido.

En la ópera Fausto de Gounod veremos a un Fausto moderno que le ha vendido su alma al diablo y, a cambio, éste le ofrece todos los placeres de la vida: la eterna juventud, la libertad y salvación a través del eterno femenino con la joven Margarita sin importarle haberla destruido y hacer todo eso bajo el control del ángel caído irreversiblemente y por el resto de la eternidad.

Esta leyenda empezó con Faustbuch, el Libro de Fausto traducido al inglés en 1587 donde cuentan las Verdaderas historias de los horrendos y execrables pecados y vicios, y de los muchos portentos y raras aventuras que corrió el doctor Juan Fausto, célebre nigromante y archimago, hasta su espantosa muerte. Para 1674 este era el corpus de Nuremberg escrito por un tal Johannes Nicolaus Pfitzer, en donde relataba la vida escandalosa de ese doctor para ser leída por Goethe, como pudo leer la versión de Marlowe (1592), antes de escribir su propio Dr. Fausto en 1808, que le sirvió a Charles Gounod para componer su ópera que estrenó en 1859 y que este sábado podremos ver, en vivo y en directo desde el MET de Nueva York, en las pantallas HD que hay en México.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El Camaleón que le dio por la política


INFOSEL, Crónica cultural del jueves 1 de diciembre, 2011.

El Camaleón es un lagarto conocido por su capacidad de cambiar de color cuando se siente amenazado o en respuesta a los cambios de temperatura, luz, color y otras alteraciones del medio ambiente. Sin embargo, algunos pueden ver que esos cambios son ficticios y que, finalmente, depende del cristal con el que se mire, podremos verlo tal como es.

La fábula de Monterroso El Camaleón que finalmente no sabía de qué color ponerse, como buena obra de arte, sigue vigente pues trata sobre ese animal desde el día que le dio por la política y entró en un desconcierto tal que, una vez que le conocían sus mañas y artimañas los demás animales de la Selva —como la hienas que no sabemos por qué se ríen de todo, como si ya hubieran ganado las elecciones, si sólo comen caca—, decidieron portar lentes de todos los colores para contrarrestar los cambios y no caer en la trampa. Los otros verdes-rojos-y-colorados y los azul-celeste, bien saben aquello de que “árbol que nace torcido, nunca su rama endereza.”

Por eso, los animales de la Selva se prepararon para combatir su ambigüedad e hipocresía, de manera que cuando él estaba morado y, por cualquier circunstancia del momento, necesitaba volverse, digamos azul, sacaban rápidamente un cristal rojo a través del cual lo veían, y para ellos continuaba siendo el mismo Camaleón morado, aunque se condujera como Camaleón azul.

Los analistas de la Selva andan con una buena cantidad de lentes con los que pueden registrar los extraños cambios que observan en estos días. Y son ellos los que nos reportan esos cambios recientes  de uno de los camaleones que lo han declarado candidato para competir el año que entra. Amenazado o por estrategia, se ha cambiado mejor al color de rosa y propone ahora que haya una “Selva amorosa” para sorpresa de los que lo habían visto con colores tan diferentes, como el que un día portó en el pecho una banda tricolor que se colocó por su cuenta y riesgo, y así iba envuelto por toda la Selva asegurando que era el “Camaleón legítimo”, hasta que mejor el resto de los animales, mejor sacaron sus lentes de colores para verlo tal cómo era siempre y recordándole sus promesas de cazar mosquitos con su larga lengua mordaz, hasta que se sintió amenazado por el verde-blanco-y-colorado y despreciando la amenaza del azul-celeste, se ha vuelto color de rosa.

Aquellos que observan su conducta y analizan todo lo que sale de su lengua, saben que se propone convertir la Selva en un sitio amoroso, aunque viva entre los animales de rapiña. El resto de los seres vivientes, incluyendo a los dinosaurios que han revivido después de varias décadas, ahora cargan sus cristales de colores para verlos tal cómo eran de acuerdo a la teoría del artista Albers que plasmó en su Homenaje al cuadrado demostrando la relatividad de cada color según los otros que lo rodean y demostrando que el amarillo —como el Sol—, puede parecernos color de rosa, según esté rodeado o amenazado por el verde-blanco-y-colorado y el azul-celeste, aunque le cueste.

No cabe duda que Monterroso tenía razón cuando apunta que hay que reglamentar lo del Camaleón: a menos que todos estuvieran dispuestos a ser cegados y perdidos definitivamente por los dioses  en donde las fábulas donde hablan los animales vienen a cuento, como aquella de la oveja negra o del rayo que cayó dos veces en el mismo lugar y no pudo hacer el mismo daño que la primera o el cuento más breve de todos: Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, y esto, porque hemos visto cómo en estos días el Camaleón cambia de color y el Dino ha salido de su cascarón.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los ecos de la FIL retumban en Actopan, Hidalgo

El Informador, Tertulia del sábado 26 de noviembre, 2011.



Este sábado se abren las puertas para que el público empiece a recorrer los pasillos del WTC en donde se instala la Feria Internacional del Libro (FIL) que tanto prestigio ha logrado tener con sus seiscientos mil visitantes y sus casi dos mil editoriales para que, durante ocho días, hagan del libro todo un festival, mientras el hormigueo va por los pasillos y las salas en donde ven y escuchan a los autores felices de establecer contacto con sus lectores y viceversa, mientras, las editoriales le echan kilos, mostrando novedades y éxitos.

Los Ecos de la FIL es una idea que complementa a la Feria en donde algunos autores platican con los alumnos de las prepas de la Universidad de Guadalajara, para que conozcan sus obras, aunque autores y obras no sean tan famosas, pero finalmente les vean la cara y saben si con solemnes o tienen sentido del humor.

Esos Ecos que tanto disfruté el año pasado en Guadalajara retumbaron hace una semana en Actopan, Hidalgo en donde platiqué primero con 600 alumnos del turno matutino de la Secundaria General No. 1 Miguel Hidalgo de esa ciudad y, a continuación, con otros 400 jóvenes del turno vespertino.

Sus maestros decidieron que leyeran —como parte de la campaña de lectura para las nuevas generaciones—, las seis Historias de Shakespeare, en la versión novelada y en español moderno que ha publicado la Editorial Santillana el año pasado. Un año después, los ecos de la FIL llenaron al auditorio con gritos de emoción cuando decíamos cómo las buenas obras de teatro sirven de espejo para verse reflejados, por ejemplo, en su soledad —como la de los enamorados como decía Sabines, o en la adolescencia. Cuando les mostré algunas escenas de Romeo y Julieta con Olivia Hussey (1951-) —la Julieta de Zefirelli—, en la escena, cuando amanecen después de su noche de bodas y ella no quisiera que Romeo se fuera, mintiéndole, como mentimos cuando no queremos que se acabe algo, le dice que esa luz no era del día, sino de la luna y que el pájaro que cantaba no era la alondra mañanera, sino el ruiseñor vespertino, entonces, los jóvenes, felices de reconocer esa parte del drama, y la poesía que lo acompaña, enmudecieron cuando Julieta pronto reconoce que sí es de día y se levanta para verla, por un instante, semidesnuda. Los gritos de emoción y las feromonas que pululan cuando han visto los pechos de Julieta, abundantes y juveniles, amenazada por la separación y el dolor de la tragedia, nos hacen desear que fuese otro el final, pero nada hay como la felicidad de estar con estos jóvenes y saber que están leyendo estas obras de Shakespeare como un eco de sí mismos.


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Un cerdo sabio, asertivo, directo y sin complejos


INFOSEL, Crónica Cultural, jueves 24 de noviembre, 2011.

Los animales se parecen tanto al hombre que a veces es imposible distinguirlos de éste, apunta K’nyo Mobutu en el epígrafe que inventó Augusto Monterroso en La oveja negra y demás fábulas y que es tan cierto que ahora lo comprobamos al escuchar al cerdo que, aunque su padre tenía fama de semental, acepta que, por muy semental que él haya sido, “si uno es un cerdo común, se es un cerdo común.” Quien diga esto es sabio que, además, tiene las patas bien puestas en su porqueriza en esa que no le gusta dar de vueltas porque, eso de andar en círculos, lo deprime y no deja de ser una conducta repugnante andar por la vida, errando, sin principio, ni fin…, yo prefiero mis diagonales: soy una criatura asertiva, directa y sin complejos.

Desde la antigüedad el hombre hizo hablar a los animales. En el siglo VI a.C. Esopo los hizo hablar y, gracias a sus fábulas, aprendimos del conejo y la tortuga o de la rana que querían ser rey y que luego Monterroso convirtió en La rana que quería ser una rana auténtica, donde escuchamos decir a unos comensales a los que les habían servido unas ancas... que qué buena Rana, que parecía Pollo.

Nunca había escuchado hablar a un cerdo con tanta sabiduría como la que le otorgó Raymond Cousse (1942-1991) en Stratégie pour deux jambons, traducida al español como El cerdo: adaptada por Andrés Lapeña, en una versión y dirección de Antonio Castro y escenografía de Mónica Raya, que podemos ver los sábados o domingos en el Teatro 11 de julio (Dr. Vértiz, casi esq. con Xola).

El cerdo mantiene su discurso caminando sobre el hilo delgado de la filosofía, asegurando que ejerce su libertad y que ésta le produce gran placer, sobre todo cuando camina en diagonal en sus ratos de ocio, que no son pocos, preguntándose la razón que mueve todo y negándose a aceptar que todo sea fruto del azar.

Personificado por Jesús Ochoa, ahora en forma para este papel, muestra sus estados de ánimo y nosotros con la sonrisa a punto de convertirse en risa que contenemos entre la sabiduría y la ironía que el actor maneja como maestro, mientras elabora y recuerda cosas que tienen que ver con la vida, la muerte, el tiempo y el espacio. Nada más, ni menos.

Explica cómo vive y cómo se alimenta y se pregunta si las cosas deben de tener sentido o son producto de una cadena de accidentes. A partir de ese momento, imaginamos respuestas y él nos ve a los ojos, digamos, esbozando una sonrisa maliciosa. Desprecia el exterior del que nos hablará más tarde si el tiempo se lo permite.

Tiene problemas con el porquero que no respeta sus hábitos —su cultura, pues—, y le pone la cubeta de agua al centro impidiendo sus caminatas en diagonal: ¡Cuántas noches no habré pasado sobre mi camastro, llorando por tu culpa, desconsolado por tu miseria moral! Sentía entonces el deseo irresistible de abrazarte y estrechar tu corazón contra el mío!... ¡Qué diferente hubiese sido si lo respetara! Seguro nos entenderíamos como dos marranos en un charco. Sabe que no es una mala persona y que todo es cuestión del destino: a él le tocó ser porquero y a mí cerdo.

La sabiduría del cerdo es casi infinita y, por eso, mientras recorre su chiquero, sabe que el día que llegará el verdugo para llevárselo al matadero. Él estará ahí, en su puesto, con la conciencia tranquila, porque sabe que el triunfo, el verdadero triunfo, no es algo que se consiga de la noche a la mañana.

El mejor simulacro de la vida donde nos vemos retratados en estas verdades dichas asertivamente, en directo y sin rodeos, tal vez como nos gustaría hablar un día de estos.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Ojo por ojo y todos acabarán ciegos: Gandhi


El Informador, Tertulia del sábado 19 de noviembre, 2011.

El minimalismo de Philip Glass (1937-) estuvo de moda en los años ochentas. Sus piezas parecían que no cambiaban la melodía, ni el tono, ni el ritmo, sino de vez en cuando, por eso, dicen que, en uno de sus conciertos, se escuchó desde el segundo piso una voz desesperada que gritaba: ¡Me doy, soy culpable!, como si la música fuese una nueva manera de torturar a los acusados.

Ahora, es decir, hoy sábado a las 12:00 del mediodía en las pantallas del Teatro Diana transmitirán la ópera Satyagraha o la Insistencia por la verdad desde el MET de Nueva York de Glass, compuesta en 1980 en tres actos para orquesta de cuerdas e instrumentos de viento de madera, dos sopranos, dos mezzo-sopranos, dos tenores, un barítono y dos bajos. La trama se basa en la vida de Gandhi, a principios del siglo XX, cuando estuvo en África del Sur y fueron sus años de formación como ese líder que después conoceríamos.

Gandhi llevó una vida simple, se confeccionaba su ropa y era un aguerrido vegetariano que aseguraba que “el progreso espiritual nos demanda que dejemos de matar y comer a nuestros hermanos, criaturas de Dios, sólo para satisfacer nuestros pervertidos y sensuales apetitos. La supremacía del hombre sobre el animal debería demostrarse no sólo avergonzándonos de la bárbara costumbre de matarlos y devorarlos, sino cuidándolos, protegiéndolos y amándolos. No comer carne constituye, sin duda, una gran ayuda para la evolución y la paz de nuestro espíritu. Un país y una civilización se puede juzgar por la forma en que trata a sus animales.”

Durante esos años, se inspiró en dos obras: la Bhagavad Gita, el texto sagrado hinduista, y en algunos ensayos de Tolstoi (1828-1910) como El reino de Dios está en vosotros, una obra como esas que terminó escribiendo al final de su vida, agotado de haber escrito Guerra y Paz (1864-1869) y la tragedia de Anna Karenina (1873-1877) para entrar en los laberinto del anarquismo cristiano.

Gandhi tradujo la Carta a un hindú de Tolstoi (1908) en respuesta a los nacionalistas indios que apoyaban la violencia y, durante esos años, permaneció en contacto con el ruso hasta el día de su muerte en la última estación allá en el año de 1910.

Con ese ensayo, Tolstoi trataba de entender las doctrinas hindúes, las enseñanzas de Krishná y el creciente nacionalismo indio y no cabe la menor duda que Gandhi se convirtió en un referente en la lucha pacifista con la que logra, finalmente, la independencia de la India.

Esta ópera de Glass es una de las tres basadas en líderes que han cambiado el rumbo. Todo está bien, aunque esperamos no tengamos que gritar: ¡Me doy, soy culpable!


Gloria y esplendor de la Grecia antigua


INFOSEL, Crónica cultural, jueves 17 de noviembre, 2011.


Cuando la luz del amanecer bañó con su tono perlado a la ciudad de Atenas, Pericles se sintió vencido por los sueños de Fidias: creía ver las terrazas y las fuentes, así como los jardines que cubrirían los terrenos de la Acrópolis ascendiendo hasta el enorme templo de Atenea y los demás templos repartidos por la ladera. Las escalinatas blancas, amplias y pulidas, conocerían las hazañas gloriosas de los hombres notables para que vinieran a verlo todo, caminando con asombro por esas columnatas bañadas por el sol, refrescándose con la profusión de fuentes y contemplando la ciudad plateada junto al mar violeta —escribió Taylor Caldwell en Gloria y esplendor, una novela sobre la Grecia de Pericles (495-425 a.C.) que ahora viene a cuento antes que vayamos a ver las obras de la exposición Cuerpo y belleza en la Grecia Antigua que estará en el Museo de Antropología de la ciudad de México para disfrutar del gozo y la belleza, de la pasión y la delicia, del color y la transparencia, como si todo fuese una resonancia vigente para la mente y para el espíritu.

Durante esa época, el hombre quiso verse como los dioses y por eso empezó a esculpir imágenes a su semejanza y en diferentes actitudes o momentos, de tal manera que nos pareciéramos a ellos en sus perfectas proporciones y nos reflejáramos sin defecto alguno o, de ser posible, expresáramos en la mirada los sueños, esa materia de la que estamos compuestos y que los artistas la hicieron visible.

Qué oportunidad la de poder ver reunido en un solo lugar ciento veintidós piezas hechas por esos artistas de la antigüedad que tuvieron la capacidad de crear belleza en su esplendor, a partir de los bloques de mármol frío y duro, plasmando los cuerpos y rostros que hablan del hombre y de sus hazañas como las de Sócrates el filósofo; Protágoras, el sofista; Fidias, el escultor; Zenón y sus paradojas; Anaxágoras y el nous del pensamiento; Herodoto, el historiador y Sófocles, el dramaturgo genial que ahora podremos disfrutar.

Ver a los hombres y mujeres de leyenda en acción como la Ninfa rechazando sonriente al Sátiro o Hércules, el superhombre; o las imágenes de sus dioses, como Hera, la hermana y esposa de Zeus, diosa del matrimonio, fría y distante o la del joven Dionisio, dios del vino y de la primavera. Podremos recordar sus mitos, como el de la Esfinge, guardiana de las tumbas, monstruos que hacían preguntas rebuscadas como esa que se apostó afuera de Tebas mientras cundía la plaga hasta que llegó Edipo para contestarlas y ganar a Yocasta la reina y su corona, así como su cama, sin saber que era su madre, a pesar que haber huido de su destino declarado por el oráculo de Delfos y sin saber que no podía ser otro.

El origen de la civilización a la que ojalá regresemos una vez que nos hartemos de la contemporánea moda asimétrica, de sus edificios torcidos o de esas instalaciones sin ton ni son, como si lo feo y lo oscuro del hombre fuese el sentimiento que domina en estos tiempos, en lugar de la simetría y la belleza de la proporción áurea.

Ahora podremos gozar esas piezas de arte que nos recuerdan las enseñanzas de sus academias en donde pretendían ensanchar el espíritu, ampliar la mente, estimular la percepción y la capacidad de asombro de lo que vemos, de lo que sentimos y de lo que hacemos, para tratar de explicarnos, una vez más, el origen de la cosas y el despertar de las facultades dormidas, para aumentar, de ser posible, la dicha de vivir.

Sófocles lo había dicho: “las maravillas son muchas, pero nada más maravilloso que el hombre” y luego, mientras recorremos los cuerpos y las bellezas en esta exposición, se nos viene encima ese otro eco que, siglos después, expresó el príncipe Hamlet: “¡Qué obra de arte es el hombre! ¡Qué noble la razón y los infinitos dones que posee! ¡Qué expresivo y maravilloso su movimiento, y sus acciones, angelicales! Su inteligencia, semejante a la de un dios! Él es la gloria del mundo y paradigma del reino animal.”

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Los augurios del 11 del 11 del 11

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 10 de noviembre, 2011.

Así son las cosas cuando nos encargamos de darles una manita de gato con esas sustancias que tienen que ver, mal que bien, con lo que le llamamos superstición, es decir, las extrañas creencias contrarias a la razón y que, de pronto, pesan más que cualquier asunto que sea racional y objetivo, por ejemplo, con una fecha tan próxima como la del 11/11/11 para que sea, en sí misma, otra cosa que esa etiqueta que el hombre le ha sobrepuesto al tiempo para que todos podamos estar en la misma línea, pero, que nada tiene que ver con algo más, aunque sea una coincidencia el hecho de que se trate del once de noviembre del año dos mil once. Qué puede haber detrás de un nombre si no es más que una convención, como Julieta se preguntaba si una rosa, aunque se llamara de otra manera, podía seguir siendo una rosa tan perfumada como las que conocemos.

Así, debemos pensar que el calendario hebreo es distinto al nuestro y andan en los años cinco mil setecientos o el de los chinos en donde el 2011 es el año conejo y así, habrá otras comunidades que llevan las cuentas del tiempo a su manera. ¡Ah!, pero los que les encanta ser agoreros o fatalistas o supersticiosos el que mañana sea 11/11/11 les viene como anillo en el dedo para pronosticar algo terrible que puede pasar y sin más, corren la voz, como la corrían los romanos la noche antes del idus de marzo.

Ser supersticioso significa estar sujeto a una serie de cosas, sentimientos, sensaciones, actitudes y comportamientos que, juntos, constituyen un especie de padecimiento que, como su nombre lo indica, viven rodeados de experiencias pendulares que los afectan y que no los dejan ver la realidad tal como es. 

Los gobernantes que se dejan llevar por este tipo de supersticiones se convierten en tiranos que dejan de pisar la tierra como el resto de los hombres y acuden a las supercherías para dominar sus miedos, tiranizando al resto de la población. Sucede que todo lo que tenía un sentido más o menos racional, queda desarmado frente a estos nuevos argumentos (irracionales) que acaban con el conocimiento racional de la filosofía o la piedad o con las leyes que nos gobiernan, para establecer una monarquía absoluta en la mente del hombre.

Es impresionante saber que, las batallas que tenía que dar Julio César para conquistar las Galias dependía de los augurios de los sacerdotes, según cuenta Thornton Wilder en Los idus de marzo: tenía que hacer trampa, salir al bosque por la noche y traer gusanos, cortarlos en pedacitos y sembrarlos en los campos donde las aves sagradas que observaban los sacerdote pronosticaban sus agüeros si veían que comieran, como glotones esa mañana para que fuese la señal propicia y César pudiera atacar Colonia. O todo lo que se decían había sucedido la noche anterior del idus. Seguro que cuando se entera del asesinato en el Capitolio, Calpurnia ha de haber dicho: “Ya ven, si yo se los decía.”

La superstición desestabiliza la vida política y trae consigo la confusión y esa obsesión de los agoreros desnuda a la persona de sus poderes, anulando su capacidad para cambiar las cosas, negando los remedios del exterior de manera objetiva y práctica. La pasión que domina a los supersticiosos, dicen, es el miedo y estrictamente, lo convierten en una especie de terror.

De modo que el 11/11/11 por repetirse, auguran que va a suceder cualquier cosa extraordinaria y como nunca dan su brazo a torcer, cualquier inundación a las que hay en este momento (antes del 11/11/11) se debe a la maldición de la fecha y no hay nada más que agregar que el clásico, “¡ya ves!, te lo dije.”

Así que tome nota de lo que suceda este viernes porque, como decía Plutarco, “la superstición es el resultado de un miedo excesivo y torturante a los dioses” y por eso vemos cómo sufren, porque no pueden pisar raya, ni pasar debajo de una escalera, ni tirar la sal, porque ¡dios mío!, la que les espera: “el hombre que le tiene miedo a los dioses, también le tiene miedo a todas las cosas: a la tierra, al mar, al aire, el cielo, a la oscuridad, a la luz, al silencio y hasta a sus propios sueños”, como dice Plutarco. 

miércoles, 2 de noviembre de 2011

De las lunas, la de octubre

El Informador, Tertulia, sábado 5 de noviembre, 2011.

«De las lunas, la de octubre es más hermosa», como dice la canción pero, en realidad, no sé por qué durante este mes se iluminó el cielo tapatío como hacía tiempo no lo hacía con esa clase de ánimo.

A la Luna la hemos visto gorda y roja como si quisiera presumirle al Sol que ella también tiene su propio fulgor —aunque sea reflejo, ella cree que es otra cosa— y, de pronto, muestra su rubor antes de palidecer y, palideciendo, brille en los estanques o rebote en las cumbres nevadas antes de verla colgada como una perla mientras recorre su ámbito celeste.

Perla blanca que brilló este mes porque el viento le despejó las brumas que el resto del año se estancan, sin que nadie se atreva a soplarles para hacerlas a un lado y, por eso, todo lo que ilumina parece que está más cerca como acercó al volcán Popocatépetl y a su bella durmiente al lado, mientras iba a Puebla de los Ángeles, viéndoles su fachada que da al oriente, blanca en las cumbres —canas al aire—, con nieve tempranera y un cielo tan claro que parecía estaban encima. Se antojaba quedarse en algún hotel por ahí, me dicen que en Nepantla —bajo la sombra de Sor Juana— o en San Martín Texmelucan, en alguna terraza que diera a ese paisaje para sentarnos con una buena tilma de lana pura y que uno de los dos volviera a contar un cuento de esos que ya conocemos pero que lo hiciéramos en voz baja, para poder admirar el paisaje y, al atardecer, escuchar el horizonte de perros.

Y después de verlo todo un fin de semana, después de respirarlo, después de soñarlo, después de tratar de volver a verlo con los ojos cerrados —imposible—, recordar a sus majestades como imaginamos que son los dioses mudos que observan a los que todavía podemos ser observados, para descubrir lo que está detrás de las cosas y de los sueños.

Dos Majestades que se acercan cuando sale la Luna en octubre: juguetona, sonriente, coqueta en cuarto creciente, aminorando la oscuridad de la noche hasta hacerla rebotar en la tercera orilla de nuestros pensamientos, cuando se refleje en la nieve.

La de octubre es más hermosa porque ha sido acariciada por los vientos otoñales que dejan calvos los follajes que, en otro tiempo, abundaron pero que, ahora, dejan se filtren los rayos solares que llegan de esa elíptica que apenas calienta.

Nunca más he vuelto a ver a la Luna tan roja como una vez la vi en el Lago de Chapala recostados en la arena, temblando, mientras salía como bola de fuego que nunca más hemos vuelto a ver más que en sueños.

Las obligadas libaciones el día de los muertos

INFOSEL, Crónica cultural, jueves 3 de noviembre, 2011.

Aquiles venda el brazo de su amigo Patroclo.
Todo empezó por saber un poco más sobre los sueños y tratar de conectarlos con los ritos y las ceremonias del día de los muertos a pesar que, a estas alturas, éstos se han transformado en baile de disfraces, zombis y calaveritas como las que piden los niños para «su Halloween», y ha dejado de ser esa oportunidad para reflexionar un poco sobre la muerte —y sobre la vida—, tal como lo hacían en la antigüedad. Fue a los griegos a los que se les ocurrió hacer algo con tal de que los muertos los dejaran en paz y el origen de esas ideas primarias las puede uno ver una vez que salimos del laberinto de ideas y conectamos la invención de la psique y la inmortalidad del alma con los ritos de los muertos tan parecidos entre diferentes culturas como si fuesen unos vasos comunicantes.

Con la lectura de Erwin Rohde y su Psique. La idea del alma y la inmortalidad entre los griegos (FCE, México 2006) pude confirmar algunas de cosas sobre este asunto y ayer, miércoles, 2 de noviembre, día de los muertos y por eso pasaron por mi casa («cate de mi corazón»), cientos de familias que visitaban las tumbas de sus muertos en el modesto cementerio de Tlalpan. Al verlos pasar con sus flores, pensaba en aquellos que también llevaban comida y vino, como lo hizo Electra en Las Coéforas, las portadoras de las libaciones de Esquilo que le indicaban a esta joven que en tanto fuera vertiendo las libaciones, rezara palabras piadosas a favor de los que le han sido fieles y fue lo que hizo ese día que visitó la tumba de su padre Agamenón para que recibiese de la tierra lo que le ofrecía. Luego se encontraría a su hermano Orestes que había llegado para vengarse de su madre.

La idea de que una ceremonia en donde había derramamiento de sangre, ofrendas del vino y quema de cadáveres de hombres y animales, podría aplacar la psique de los muertos y que de esta manera aquietaran su furia, surgió en esos pueblos de manera espontánea. Nadie llegó del más allá para dar instrucción alguna.

Cuando alguien soñaba con alguno de sus muertos y éstos se aparecían como fantasmas —por la culpa de aquello que deseamos en vida—, no pensaban que esas imágenes estaban en nosotros, sino que se inventaron un lugar donde podrían estar después de muertos y a ese lugar le llamaron el Hades. Pronto empezaron los ritos para apaciguarlos y las cremaciones hechas en piras donde trepaban a sus héroes con todo y armas y así como el humo ascendía por los cielos, pensaban que se desprendía el alma o la imagen de ellos mismos —como nuestro reflejo en el agua—, «para que no retornara jamás entre los vivos», excepto en los sueños.

Por eso, el miedo venía junto con pegado y sentían temor por los «espíritus» que se habían convertido en algo temible y cada vez más poderoso. De ahí el origen de los homenajes funerarios como el que ofreció Aquiles a la muerte de Patroclo quien había sido muerto por Héctor el troyano. Mientras Aquiles le organizaba un festín en su honor, su madre le daba de beber néctar y ambrosía a Patroclo para evitar que su cadáver se corrompiera hasta que se le apareció el muerto —en sueños— para suplicarle que por favor quemara su cadáver lo antes posible. Por eso ordenó construir una pira funeraria, se cortó un mechón de sus cabellos y mandó sacrificar bueyes, corderos, perros, caballos y doce jóvenes nobles troyanos para que el humo de Patroclo se elevara por los cielos. Después, Aquiles fue derrotado por la flecha de Paris pero, una vez vencidos los troyanos, Políxena, una de las hijas de los reyes de Troya, fue sacrificada en la pira fúnebre al lado del héroe.

Las apariciones en los sueños le sirvieron al hombre para elaborar eso que ahora conocemos como la inmortalidad del alma: si aparece en los sueños su imagen (psique), es que ha salido del Hades mientras estamos inconscientes, sin que haya sido destruida como el resto del cuerpo. Las almas no piensan, ni saben nada del más allá pero, gracias al fuego, se separaba del mundo de los vivos. Con estos ritos, buscaban apaciguar a la psique y que ojalá se quedara para siempre en las profundidades del Hades.