Saltar los charcos de lluvia

El Informador, Tertulia, sábado 22 de enero, 2011.


Hay que hablar más con los demás, pero hablar de tal manera que la conversación nos alivie, en lugar de que nos lastime —fue una de las tantas cosas que propuso Barack Obama el pasado 11 de enero en la Universidad de Tucson, Arizona, cuando dio uno de los mejores discursos que he escuchado en mucho tiempo y tal vez, un parteaguas en su carrera como líder.

Insistió en la falta de humildad y les propuso aprender a usar la imaginación para ver cómo se tejen nuestras relaciones y cómo podemos construir una mejor Unión; habría que ver hacia dentro —decía—, ser un poco más compasivo —¿o habrá querido decir tolerantes?— con los otros; reconocer nuestra mortalidad y nuestras limitaciones para que nos importe menos el poder y la posición que ocupamos y podamos amar más a nuestros vecinos, compañeros, a la pareja y a los hijos.

Cuando iba a la mitad del discurso, los asistentes —incluido este virtual a través de YouTube—, estábamos emocionados y con los ojos llorosos. El discurso de Obama unió más que otra cosa y, para eso, tocó unas fibras que debería de haber conmovido al más pintado de los Republicanos.

Mencionó a los seis que fallecieron y contó lo que habían hecho en su vida y por qué estaban ahí ese sábado funesto, como si fuera su destino: su repentina muerte nos parte el corazón y lo tenemos hecho pedazos; sin embargo, hay un motivo para sentir consuelo y, con esa idea, le dio la vuelta a la tuerca y habló del heroísmo y la esperanza: los que murieron aquí y los que salvaron sus vidas, me han ayudado a convencerme de que, a pesar de que no es posible detener la maldad del mundo, la manera de tratarnos unos a otros depende de nosotros mismos y, a pesar de todas nuestras imperfecciones, tenemos cierta bondad y decencia; las fuerzas que nos dividen no serán tan poderosas como las que nos unen... Cristina Taylor Green era una niña de nueve años que falleció ese día. Estaba convencida de la democracia y por eso me gustaría que fuese como la imaginó... y que hagamos lo imposible para asegurar que este país esté a la altura de las expectativas de nuestros hijos.

Cuando Cristina nació en el 2001 apareció en el libro Los rostros de la esperanza. A un lado, su padres habían escrito unos buenos deseos para sus vidas: espero que ayudes a los necesitados —decía uno—; espero que saltes los charcos de lluvia —decía otro—, bueno —dijo Obama—, si hay charcos de lluvia en el cielo, espero que Cristina los esté saltando.

Feliz de haber sido testigo y de compartir este discurso.