jueves, 17 de febrero de 2011

Dos óperas: China y las Furias que nos perseguían

Infosel Financiero, jueves 17 de febrero, 2011.

¿Podremos conectar a Nixon en China de Adams y la Ifigenia en Táuride de Gluck con nuestra realidad? Sería bueno intentarlo ahora que transmitirán las dos óperas en vivo y en directo desde el Metropolitan Opera House de Nueva York a las pantallas del Auditorio Nacional en la ciudad de México, del Teatro Diana en Guadalajara y del Auditorio Luis Elizondo de Monterrey. La primera el sábado 19, con la ópera del californiano John Adams (1947-) que ocupa un lugar especial en la historia de la música contemporánea y, la segunda, el sábado 26, con Plácido Domingo en acción a sus setenta años recién cumplidos (Ver imagen).

El famoso encuentro de dos culturas
Nixon en China la compuso Adams para celebrar el encuentro en 1972 entre Nixon, Pat su esposa y Henry Kissinger cuando viajaron a Pekín para encontrarse con Mao Tse-Tung y Chou en Lai.

Uno empieza a comprender que interesarse por China equivale a interesarse por uno mismo. Por razones muy extrañas que, sin duda, tiene que ver con su inmensidad, su antigüedad, y su grado de desigualdad de civilización, su orgullo, su monstruoso refinamiento, su legendaria crueldad, su roña y sus paradojas más insondables que en cualquier otra parte del mundo... —escribió a Amélie Nothomb en El sabotaje amoroso, sus memorias cuando de niña vivió en un gueto en China. Esto que dice lo asegura porque, entre otras cosas, estaba imposibilitada para moverse libremente.

Pero en 1972 fue la primera vez que un presidente estadounidense visitaba un país comunista asiático en medio de la Guerra Fría y aunque la anécdota es importante, nos resulta extraño imaginarla como una ópera, a pesar de estar catalogada como una de las más importantes de los últimos treinta años.

El sacrificio de Ifigenia
En cambio, Ifigenia en Táuride de Gluck, que está basada en la tragedia de Eurípides, puede ser más acorde para escucharla en una ópera, cuando Agamenón, quien debió haber sacrificado a su hija Ifigenia para que las naves en Áulide pudieran navegar rumbo a Troya, donde el mar riza su agua azul con unas espesas brisas y tal parece que es engañado por la diosa Artemisa, quien la libró del sacrificio para llevarla viva y coleando allá, entre los Tauros, como su sacerdotisa en las orillas del mar Negro, en la península de Crimea.

Orestes, el hermano menor, había vengado la muerte de su padre —como se lo dictaban los dioses—, y por eso había matado a su madre Clitemnestra para luego huir de las Furias, como perras rabiosas, encargadas de aplicar la justicia cuando ésta no se lleva a cabo oficialmente.

Apolo le ordenó que viajara entre los Tauros para tomar la estatua de Artemisa caída del cielo y la trajera a Atenas. Por eso llegó a la Táurica, acompañado de Pílades, su amigo íntimo sin saber que era costumbre en esa región sacrificar a todos los extranjeros que atraparan en manos de Ifigenia.

Pero ella le ofreció liberarlo —sin saber que era su hermano—, si se llevaba una carta a Grecia, cosa que se negó hacer y, a cambio, le ofreció que Pílades llevaría la carta y él fuese sacrificado. Cuando ven de qué se trata la carta, los dos hermanos se reconocen y los tres deciden escapar a Atenas, llevándose la imagen de Artemisa.

Cuando Orestes llega al Peloponeso toma posesión del reino de Micenas —herencia de su padre—, se deshace de Aletes, el hijo de Egisto, hijo del amante de su madre, y logra integrar Argos y Laconia a su territorio. Ifigenia, por su parte, depositó la imagen en el templo de Artemisa y fue adorada como una diosa. Ella salvó a su hermano de las Furias que desde entonces dejaron de perseguirlo y, el presidente Nixon estableció mejores relaciones con la China de Mao Tse-Tung.

Tal parece que se trata de dos casos de la vida real, ¿no creen?