miércoles, 9 de febrero de 2011

Perder el jardín de los cerezos en flor

Infosel Financiero, Crónica cultural del jueves 10 de febrero, 2011.


(El reparto de El jardín de los cerezos, con los actores de la Compañía Nacional de Teatro). Ninguna otra experiencia artística tiene un efecto tan poderoso sobre el ánimo y la conciencia del ser humano como una buena obra de teatro. Es el mejor simulacro que existe de la vida, el que se le parece más a nosotros, pues está hecho con seres de carne y hueso que, por el tiempo que dura su vida en el escenario, viven de verdad todo aquello que hacen y dicen, y lo viven, si tienen el talento y la destreza debidas, de tal manera, que nos fuerza a los espectadores a vivirlo con ellos, saliendo de nosotros mismos, para ser otros, mágicamente. Es la mejor manera que hemos inventado para saber cómo somos —fue lo que escribió Vargas Llosa después de ver una obra con Vanesa Redgrave en escena.

El jardín de los cerezos es una joya escrita por Antón Chéjov (1860-1905) que ahora podremos ver en escena en el Teatro de las Artes del Centro Nacional de las Artes en Churubusco, una obra dirigida por Luis de Tavira de la Compañía Nacional de Teatro y por eso estamos temerosos de que intente de nuevo convertir su delirio de grandeza en esta obra que es más bien intimista.

Espero podamos vernos reflejados en la viuda Lubova o Gaiev, el parlanchín de su hermano que termina como empleado de banco —o financier, como lo dice en francés—, los dos incapaces de ver la realidad tal como es y sin poder hacer nada frente a la pérdida de la finca con ese jardín —o huerta— de los cerezos de sus abuelos, donde ellos habían pasado su vida desde niños hasta hacía seis años, cuando murió el esposo de Luvoba y, un mes después, se ahogaba en el río su pequeño hijo Grisha de siete años de edad, cuando Lubova decidió irse al extranjero sólo para caer en manos de un cazador de fortunas que la robó, antes de abandonarla. Tal vez, por eso exclama desesperada: ¡Dios mío, no me castigues más!

Veremos los contrastes entre la fidelidad del viejo sirviente y los abusos de los nuevos empleados; dudaremos del comerciante Lopajin, el nuevo rico que trabaja de sol a sol y que termina ganando la finca en la subasta pública sólo para talar los cerezos en flor, el tesoro de la región, para construir unas daschas para el turismo.

Podremos compartir la soledad de Varia, hija adoptiva de Lubova y su ama de llaves: una joven exigente, sin sentido del humor y que se queda soltera. O las ilusiones de los jóvenes Ania, hija de Luvoba y Trofimov, el eterno estudiante y romántico perdido que sueña en un futuro diferente. La obra fue escrita en la Rusia de 1905.

Despunta el alba de un día de mayo. La luz matinal es tenue y por la ventana de la sala se puede ver el jardín de los cerezos en flor. La blancura de sus flores armoniza con la claridad del horizonte que se Ilumina poco a poco. El jardín de los cerezos es una belleza, es el tesoro de la finca y vemos cómo lo pierden todo, como hemos perdido el paraíso de la inocencia.

Chéjov escribió El jardín de los cerezos al final de su vida. Tal vez recordaba la finca en Melijovo —cerca de Moscú—, donde vivió, escribió y atendió a sus pacientes por casi una década, antes de instalarse en Yalta para morir de tuberculosis a los 45 años de edad.

Sin poder evitarlo, escuchamos a Lupajin cuando presume que ahora el jardín de los cerezos es mío... y mañana se oirá otra música: el hacha de Yermolai Lopajin cortando los cerezos, donde pronto se levantarán las dashas. Al mismo tiempo, Luvoba lloraba y Ania la consolaba diciéndole que un día cultivarán un nuevo jardín que será más bonito que el otro y al público nos duele un poco el alma.