Considerar las penas secretas y los sueños

INFOSEL, jueves 10 de marzo, 2011.


Ha pasado mas de un año y medio desde que el régimen talibán —calificado por la ONU como el más misógino del planeta— fue derrocado por la fuerzas de coalisión después de seis años de dominio. El régimen negaba a las mujeres y a las niñas los derechos civiles básicos: educación, salud, asistencia médica y trabajo. Tenían prohibido consultar a un médico varón y las doctoras no podían trabajar. Tampoco podían salir de sus casas si no estaban acompañadas por un pariente varón. Los talibanes habían prometido paz y seguridad después de dos décadas de guerra y de violencia, pero lo que les dieron es una especie de prisión. El actual gobierno de Hamid Karzai había prometido garantizar sus derechos, pero han descubierto que su esperanza está lejos y que deben de luchar contra un patriarcado de siglos que la guerra sólo ha arraigado. Las pocas mujeres que han logrado empezar o retomar su carrera profesional aunque son voces aisladas en un mundo de hombres, no se rinden.

Por eso viene a cuento la obra de teatro de Daniel Jiménez Cacho incluida en el Festival México después de haber adaptado la novela La piedra de la paciencia del afgano Atiq Rahimi, para convertirle en un monólogo que nos mantendrá a la orilla de la butaca mientras vamos conociendo, azorados, el trasfondo de estas mujeres del Oriente Próximo para entrar a su alma, tal vez, llena de limitaciones —como la nuestra, pero en otro sentido—, pues las consideran propiedad de sus padres, no se pueden ser educadas como los hombres, ni pueden trabajar como en Occidente y son tratadas como si no tuviesen un libre albedrío —como sucede en los Altos de Jalisco o en la sierra Mixteca.

Lo que escuchemos en esta obra, está relacionado con lo que proponía Amos Oz, un periodista y novelista israelí cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias en el 2007 e hizo su discurso La mujer en la ventana, donde nos sugere lo siguiente:

—Si van a viajar a otro país, es posible que vean las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y enclaves históricos. Si la fortuna es favorable, a lo mejor tienen la oportunidad de conversar con algunos habitantes de ese lugar. Luego volverán a su casa con un montón de fotografías y postales. Pero si leen una novela (o ves una obra de teatro, digo), adquieren la entrada a los pasadizos más secretos de ese otro país y de ese otro pueblo: es una invitación a visitar las casas de otras personas para conocer sus estancias más íntimas. Así, cuando veas a una mujer asomada a la ventana, en lugar de darte la vuelta y seguir tu camino, si has leído alguna novela, no sólo la observarás a esa mujer que mira por la ventana, sino que estarás con ella, dentro de su habitación, incluso, dentro de su cabeza. Si has leído una novela (o has visto una obra de teatro), te invitan a entrar y a considerar sus penas secretas, sus alegrías familiares y sus sueños.

Y esto es lo que nos puede pasar después de ver a esta mujer afgana con sus dos hijas y un marido en coma que, finalmente, logra expresar, frente al cuerpo de su marido y con ella misma, todo lo que la fatiga en esta vida, para que podemos comprender el fondo de su alma. Nada mejor que tener una experiencia como la que podemos tener en esta obra para aprender a considerar al otro y, de esa manera, ponernos en su lugar y compartir sus penas, alegrías o sueños y tal vez, descubrir que son parecidos a los nuestros.