Creer sospechas y negar verdades

Día Siete, Cuarto de Estudio, domingo 6 de marzo, 2011.


En la primavera de 1509 Erasmo de Rótterdam salía de Italia para visitar por tercera ocasión a sus amigos en Inglaterra. William Blount, Barón de Montjoy le dijo que no podía ser más oportuna su visita, pues todo iba bien, ahora que se había coronado el rey Enrique VIII. Seguro que Erasmo esbozó una sonrisa, pues tal vez intuía lo que tiempo después iba a proponer Lope de Vega cuando dijo que mejor había que creer sospechas y negar verdades.

Erasmo compartía muchas cosas con Tomás Moro quien sería su anfitrión en Londres y, para no ir cabalgando por los caminos papando moscas, imaginó un texto en donde jugaba con el apellido de su amigo y a partir de ese momento imaginaba una sátira que luego escribiría en la casa de su amigo Moro y que sería el Elogio de la Locura en donde el apellido de Moro, venía del griego moría que quería decir locura, estulticia o necedad, juego de palabras con las que partiría esta obra que ha dejado huellas: la Locura sería el personaje central, pues nada más trivial que tratar las cosas serias en broma, así como nada más divertido que tratar los asuntos banales como si no lo fueran y, por eso, el elogio de la Locura lo puso en blanco y negro imaginada como una diosa concebida por la ebriedad y la ignorancia que vagaba por el mundo acompañada del Narcisismo que sabe no hay nada mejor que uno mismo; la Adulación, necesaria para mantener la chamba; el Olvido como el de cada sexenio; la Pereza, ahora conocida como Puta-qué-hueva, cuando tienen que hacer algo que no les interesa; el Placer y la Locura; la Irreflexión de aquellos que tienen la mente estrecha; la Insolencia de los prepotentes y el Sueño profundo, cercano a la muerte con tal de evadir la realidad.

La más firme de las huellas la deja Miguel de Cervantes y Saavedra en Don Quijote de la Mancha, la más grande de las influencia de Erasmo en las obras literarias del siglo XVII y que habría que tratar en otra ocasión.

Entre otras cosas, Erasmo critica las supersticiones y la corrupción de ese siglo y promueve el humanismo que implicaba la tolerancia como práctica fundamental en contra del fanatismo, evitando persecuciones absurdas, represiones y guerras cosas que otros escritores lo tomaron por su cuenta y riesgo.

Siete años después, Tomás Moro escribiría El estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, un libro inspirado en las ideas de su amigo Erasmo que dejó huellas profundas en el México Colonial pues Tata Vasco se había inspirado en esa Utopía que trató de aplicar en la vida de los tarascos que vivían alrededor del lago de Pátzcuaro en Michoacán, para crear un mundo mejor a imagen y semejanza de las propuestas de Moro.

Más cercano fue William Shakespeare, nacido en 1564 quien se enteró cómo fue que Tomás Moro había sido condenado a muerte en 1535 por Enrique VIII, un hecho que afligió mucho a Erasmo, pues había sido su mejor amigo como el que nunca jamás había tenido y después de esta muerte —escribió Erasmo—, parece que yo mismo estaré muerto. Pocos meses después, murió de muerte natural en su cuartito en Basilea.

Pero dejó huellas en varias obras de Shakespeare: las dieciséis líneas manuscritas en defensa de los extranjeros en Londres en Sir Thomas More una escrita por su colega John Fletcher y la parodia de la utopía incluida en La tempestad (1611) en boca nada menos que de Calibán, el salvaje de la Isla cuando trata de calmar a Trínculo y Stefano:

—No tengan miedo; la isla está llena de ruidos, de sonidos y de dulces cánticos que dan placer y no hieren. A veces, el tañido de mil instrumentos acaricia mis oídos y otras veces, son esas voces las que me despiertan de un largo sueño sólo para volver a dormir y soñar cómo las nubes se entreabren y me muestran esas riquezas que están por caer sobre mí; entonces, cuando me despierto lloro por no poder seguir soñando.

Otras huellas en donde Shakespeare defiende la paz, están en voz de Sir John Falstaff, un caballero venido a menos, cínico, corrupto y buen actor, ingenioso y encantador que decía ser el padre putativo del príncipe Hal —después, Enrique V—, pero que decía lo que pensaba y no lo que tenía que decir y por eso escuchamos cómo se burla del Honor, el gran pretexto para ir a la guerra:

—El honor... ¿nos devuelve una pierna rota o un brazo? ¿Nos quita el dolor de las heridas? ¡No!, entonces, el honor carece de conocimientos quirúrgicos... Entonces, ¿qué es el honor?: una palabra... ¿Entonces el honor es sólo para los que están muertos? ¿No puede vivir entre los vivos? No. ¿Por qué? Porque la calumnia se opone a ello. Así pues, nada quiero de él: el honor no es más que un fúnebre escudo.

En la Nueva España encontramos huellas en la Real y Pontificia Universidad de México fundada en 1554 autorizada por Carlos V, amigo y protector de Erasmo, donde estudió Juan Ruiz de Alarcón antes de viajar a España para convertirse en un dramaturgo excelso y terminar como relator del Consejo de las Indias. Erasmo dice en su Locura que los arremolinados en un especie de laberinto... predicen el futuro consultando las estrellas, prometiendo milagros maravillosos... y Ruiz de Alarcón juega con estas ideas en La verdad sospechosa con unos textos que con razón le llaman la época de oro.

Tristán, el ayudante de Don García, parodia a las mujeres con los signos zodiacales:

—No ignores, pues yo no ignoro,
que un signo el de Virgo es,
y los de cuernos son tres,
Aries, Capricornio y Toro;
y así, sin fiar en ellas,
lleva un presupuesto solo,
y es que el dinero es el polo
de todas estas estrellas.

Hay que creer en lo sospechoso y negar lo verdadero, como Erasmo se dio cuenta cuando se enteró que le habían cortado la cabeza a su amigo Moro, años después de haberlo visto en Londres y el Barón Mountjoy le había asegurado que todo estaba bien. Unos meses después de haberse enterado de la muerte de su amigo, Erasmo de Rótterdam moría en su cuartito en Basilea.

En nuestro tiempo hemos vuelto a disfrutar de La verdad sospechosa, boquiabiertos por esos textos que están llenos de vida, de colores y de olores y que nos permiten buscar más huellas del holandés de Rótterdam en donde las encontremos.

NOTAS VARIAS: este texto es la versión corregida después de haberlo leído en la Cátedra Extraordinaria que dirige José Luis Ibáñez en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, que gira alrededor de la vida y obras de Juan Ruiz de Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz.

Por lo pronto le agrego dos lecturas que aparecieron el domingo pasado 6 de marzo, con dos citas que vienen a cuento con esto de creer sospechas y negar verdades, como las encontré en dos artículos en El País:

La primera: "Hugo (Chávez) y Dani (Ortega) no abandonan a su amigos. No voy a condenar a Gadafi... a mí no me consta que sea un asesino, dijo el presidente de Venezuela. Y, al oír esto me vino a la mente la vieja frase de Georges Orwell: El lenguaje político... está diseñado para que las mentiras suenen a verdades y que el asesinato sea respetable. No; los despistados no son ellos, sino quienes les creen."

Y esta es la segunda: "El escritor, a fuerza de hacer conjeturas, a veces acierta. Ya lo dijo Antonio Machado:
Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa
.

Y aclarado todo esto, espero que lo hayan disfrutado.
¡Ah, sí!, se me olvidaba que la ilustración en este blog es el Londres de 1630, poco más de un siglo después de que Erasmo visitó a su amigo Tomás Moro en 1509 y escribió el Elogio de la Locura.