jueves, 3 de marzo de 2011

El rey que bailó con la fea

INFOSEL, jueves 3 de marzo, 2011.


(Colin Firth y Helena Bonham-Carter en El discurso del rey). Es de admirar a los hombres y a las mujeres que han superado sus defectos y, por eso, disfrutamos y nos emocionamos ahora que conocimos a uno de estos casos, pues renueva la esperanza de corregir los propios, por aquello de que nadie es perfecto.

Gracias a la intimidad que nos permitió David Seidler, el guionista que ganó un Oscar el domingo pasado, nos cuenta la vida de Jorge VI, rey de Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y último emperador de la India, segundo de los varones de la familia real y personaje principal de El discurso del rey dirigida por Tom Hooper (con otro Oscar), en una historia que nos conmovió.

La ambientación no podía ser mejor, tal como los ingleses lo saben hacer en las obras históricas, y el reparto tiene tres buenos actores: el primero es Colin Firth, Bertie, es decir, el Jorge VI de esta obra (y otro Oscar por mejor actor), quien era tartamudo desde niño, pero, logra superarse gracias a Isabel, su mujer, Helena Bonham-Carter, otra de las buenas actrices del reparto, más conocida en la vida real como la reina Madre, por ser la ídem de la reina Isabel II, coronada en 1952 cuando murió su padre Jorge VI de cáncer en los pulmones.

El tercero en acción es Geoffrey Rush en el papel de Lionel Logue, un australiano que inventa una terapia del lenguaje sui generis —media freudiana— y por eso resulta ser el Demóstenes del siglo XX que finalmente logra resolver la tartamudez del rey y los complejos asociados para que asumiera el poder y pudiera dar los discursos que motivarían a sus súbditos y a las tropas inglesas para que se enfrentaran a Hitler. Nos encanta este personaje: un modesto actor que juega con sus hijos a que adivinen el personaje que interpreta y, así, lo vemos cuando declama:

Ahora, ha terminado el invierno de nuestras diferencias y el glorioso sol (sun) de York nos ilumina —y antes que terminara de decir todo este parlamento, los hijos tenían la respuesta:

Ricardo III, papá, ¡qué chiste!

Conocemos al rey en lo íntimo, así como la terapia de Lionel y las exaltaciones bipolares del primero. Por alguna razón me acordé de ese otro emperador (Yo) Claudio (como es el título que le dio a su novela de Robert Graves), el tartamudo que cojeaba y estaba lleno de tics que nunca intentó corregir y por eso, en contraste con nuestro Jorge VI, libró de ser asesinado: nadie pensaba que podía llegar a ser emperador y a la muerte de Calígula, la guardia pretoriana lo proclama pensando que sería un títere fácil de manejar.

Bertie no pensaba que sería rey de Inglaterra, pero sí intentó corregir sus defectos. Eduardo, el primogénito y consentido de la nana, fue coronado como Eduardo VIII pero sólo matuvo la corona un año (1936) antes de abdicar por Wallis Simpson, una gringa del jet set, quien fue el motivo de armar una crisis constitucional.

La mosca en la sopa fue Churchill (Timothy Spall) mal representado pero, en cambio, tuvimos a este Jorge VI que, aunque le tocó bailar con la fea, desde que asumió el poder como era la Segunda Guerra Mundial, no nos muestran el baile en sí mismo, sino al hombre que fue rey y pudo superar sus defectos para competir con un demonio llamado Hitler, el loco y gran orador del XX que se dirigía sobre un mar de soldados y los convencía para salir a dominar al mundo, con esos discursos que estaban por encima del ruido de las olas, mientras que, en la Gran Bretaña, Jorge VI no podía ni con su alma pero, al final, salimos satisfechos y emocionados viendo cómo pudo superar sus defectos gracias a Lionel.