La primavera y el rapto de Proserpina

En la antigüedad, la entrada de la primavera la explicaban de diferentes maneras. Cuando salían las flores del campo, sin importar la nieve que podía haber todavía y cuando se daban cuenta de que empezaba a atardecer cada día un poco más tarde, sabían que era Ceres, la diosa de la agricultura, quien le daba la bienvenida a su hija Proserpina raptada por Plutón, el dios del inframundo quien vino desde el Hades para llevársela. Bernini captó ese momento y lo esculpió en un mármol de tal manera que sentimos la fuerza y la brutalidad con la que lo hizo (como lo podemos ver en este detalle), en donde parece que le aprieta el muslo y se resiste con desesperación.

Cuando Ceres se enteró del rapto, pidió una cita con Júpiter (Zeus) para suplicarle que le permitiera regresar a su hija a la tierra por lo menos seis meses al año, durante la primavera y el verano, sin importarle que el resto lo pasara allá, en el inframundo y sin mostrar su rostro. Júpiter aceptó la propuesta y Ceres, feliz de la vida, por estas fechas, le prepara su bienvenida, como lo haría una madre que extraña y sabe que va a volver a ver a su hija, poniéndole una alfombra de flores sobre la Tierra para que pueda recorrerla caminando con sus delicados y desnudos pies.

De esa manera da inicio el rito de la primavera pero, en México, más cercano al Ecuador, se expresa de otra manera, por ejemplo, con las Jacarandas en flor, como las que abundan en la ciudad de México —o en Guadalajara—, y que uno puede verlas desde el segundo piso del periférico como si fueran unas motitas azules plumbago entre los techos de las casas o cuando están en fila india por el camellón del Paseo de la Reforma —a la altura de las Lomas de Chapultepec— y muestran, gloriosas, unos airados copetes con los que adornan el paseo como si fuera la obra de Ceres, dándole la bienvenida a su hija que regresa del Hades, pálida y demacrada, para tomar un poco de sol en esta parte de la Tierra.

Decían también que en la primavera la celebraban los griegos porque era señal de que la belleza de Helena había regresado, esta mujer que dicen era hija de Zeus y de Némesis quien, a pesar de huir por el mundo entero, fue perseguida hasta que el dios de dioses se metamorfoseó en cisne para poder unirse con ella en Ramunte, África. Némesis puso un huevo y un pastor se lo llevó a Leda quien la cuidó como si fuese su hija.

Pero en la boda de Tetis y Peleo, se le ocurrió a Éride —la Discordia, esa que nunca falta en estas fiestas—, echar en medio de las diosas una manzana de oro —la manzana de la discordia—, para que fuera de la «más hermosa». Se trataba de un concurso entre Atenea, Hera y Afrodita en donde el joven Paris fue asignado como el juez de la contienda. Por supuesto, cada una de ellas intentó a su manera sobornar a Paris ofreciéndole, además de su protección, algo más, por ejemplo, Afrodita, le entregaría a la mujer más bella del mundo y por eso tiempo sin importar estar casada con Menelao, Paris se la llevó a Troya, donde pasó diez años en medio del sitio. Sí, ese era el rostro que lanzó a las mil naves griegas para destruir las torres de Ilión y los griegos celebraban su regreso con esa alegría que se tiene en esta época, cuando las flores de las jacarandas muestran sus frondas voluptuosas y sabemos que inicia un ciclo lleno de toda clase de buenos deseos.

De una manera o de otra, celebramos la entrada de la primavera con la Luna más grande del año ya sea que la nieve se haya derretido y que salgan, con una fuerza brutal, las mil y una flores que adornan al rostro de la naturaleza.